Petra, “La Ciudad Rosa”

José Luis Meneses

Muchos siglos antes de que Indiana Jones atravesase, en la Última Cruzada (1989), el desfiladero de Siq hasta llegar a “El Tesoro”, hubo un pueblo, el Nabateo, que se estableció en esas tierras que hoy forman parte del Reino Hachemita de Jordania.  Los orígenes de este pueblo se remontan a aquellos tiempos en los que Abraham, que se carteaba con su esclava Agra, tuvo un hijo al que puso por nombre Ismael. Los Nabateos eran ismaelitas, árabes que se establecieron en la ciudad de Petra, “la Ciudad Rosa” que lució esplendorosa como la Macarena en la “Madrugá de Sevilla”, algunos siglos antes del nacimiento de Cristo. Su esplendor se debe a la importante actividad comercial auspiciada por el tráfico de caravanas entre oriente y occidente. Los fuertes impuestos exigidos para transitar por sus tierras convirtieron a Petra en una ciudad floreciente.  
 

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Mapa de Jordania y del entorno. Figura: J.L. Meneses

 

Hoy, el Reino Hachemita de Jordania vive en paz y en armonía con los vecinos que le rodean: Siria, Israel, Egipto Iraq y Arabia Saudita, sorprendentemente con ausencia de terrorismo, una economía saneada y un nivel de calidad de vida aceptable. Una fuente importante de sus ingresos proviene del turismo, igual que en nuestro país, y gran parte de los viajeros acuden hasta allí es para visitar la emblemática ciudad de Petra. El viaje se completa con otros muchos lugares de Jordania: el desierto de Wadi Run (el de Lawrence de Arabia), los castillos de Kerak y Chobak, la ciudad romana de Jerash, la capital Aman, o el Mar Muerto, en el que no te hundes ni con los 46 libros del Antiguo Testamento sobre tu estómago. A todo esto, hay que añadirle la amabilidad del pueblo jordano y la seguridad a donde quiera que vayas. Por otro lado, Jordania en un destino idóneo para incrementar nuestra cultura y domesticar nuestra actitud intolerante hacia los que no son como nosotros, no hablan como nosotros, no se visten como nosotros, no rezan lo que nosotros, ni se limpian el culo de la misma manera… ¡Bendita diversidad!, y benditos los viajes si sirven para combatir la xenofobia y el racismo sea cual sea la bandera con la que se presente. 

 

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Callejón de Zajal, Aman. Fotografía: J.L. Meneses

 

Como el tema del artículo es la ciudad de Petra, dejaremos para otro momento los lugares mencionados y especialmente la capital Aman, la que uno no puede dejar visitar si viaja al país. Como puede verse en la foto, lo clásico convive lo moderno, se cultiva el arte y la cultura, la educación y la tolerancia religiosa. Sus atractivos son muchos y variados: la Ciudadela con su templo de Hércules y sus impresionantes vistas de toda la ciudad; el teatro romano, el más grande del mundo, con capacidad para seis mil personas y tan empinado que hasta produce vértigo; las mezquitas de Al-Husseini o la del Rey Abdalá; o callejear por sus barrios, mercados, restaurantes y puestos en los que tomar un típico plato de hummus, falafel o el pan de pita que te ayuda a mantener la línea. Aman es la ciudad a la que llegan la mayoría de los viajeros, ya sea por avión desde cualquier país del mundo; por tierra, principalmente a través de la frontera con Israel y de Jerusalén, la ciudad universal. En lo que a mi concierne, llegue a Amán sin proponérmelo, desde Adís Abeba, Etiopía, después de que en el aeropuerto de Jeddah, en Arabia Saudita,  nos permitiesen salir para visitar la Meca.

 

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Teatro romano y plaza Hashemite, Aman. Fotografía: J.L. Meneses

 

La ciudad de Petra, según una encuesta realizada por la New Open World Corporation y en la que participaron más de 90 millones de votantes, se encuentra entre las siete maravillas del mundo, nada menos que en segundo lugar y como no puede ser de otra manera ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Coincido plenamente con el lugar que ocupa en esta encuesta, pero en mi opinión, la Gran Muralla China no debería ocupar el primer lugar, sino el patio de azulejos árabes de Santiago 13 en el antiguo barrio de “La Tacita de Plata”. En fin, estoy convencido de que cada viajero coloca en el primer lugar aquel que, por uno u otro motivo, le recuerda y siente algo especial. A partir de ahí, valgan los votos, los vetos y los botarates, porque como decía Campoamor «en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira» Claro que, en el caso de Petra, impacta, sea cual sea el color del cristal con que la mires.

 

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Desfiladero de Siq, Petra. Fotografía J.L. Meneses

 

Petra, además de ser el nombre de mi abuela, es el que le pusieron a esta antigua ciudad, entre el Mar Muerto y el Mar Rojo, en la que se asentaron los nabateos allá por el siglo VI antes de Cristo.  Significa “Piedra” y también se la conoce como “La Ciudad Rosa” por el color de la piedra rosada que la envuelve y con la que construyeron y ornamentaron los diferentes y singulares edificios. A la ciudad se llega atravesando el desfiladero de Siq de algo más de un kilómetro de largo, un ancho aproximado de tres metros y una altura que casi roza los cien. Si Indiana Jones, en su búsqueda del Santo Grial, lo recorrió a caballo y deprisa cuando los nazis iban pisándole los talones, yo recomendaría hacerlo a pie, como hicieron los nabateos, para poder detenerte a mirar los restos del antiguo arco de entrada, las tallas en las paredes, los templos,  tumbas o las canalizaciones del agua que abastecieron a los nabateos durante siglos. Al final del desfiladero de Siq se encuentra la joya de Petra, Al-Kkasneh.

 

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Al-Kkasneh,  “El Tesoro”. Fotografía: J.L. Meneses

 

Madre del Amor Hermoso cómo se te pone el cuerpo cuando aparece ante tus ojos el mausoleo de Al-Kkasneh (Tesoro del Faraón) conocido como “El Tesoro”. Se muestra poco a poco, un auténtico estriptis artístico entre las rosadas y altas paredes del desfiladero de Siq. Es, como si se abriese un telón y apareciese ante tus ojos el sumun de la capacidad creativa del ser humano. La piel luce radiante, se templa adquiriendo un color saludable, rosado, y la imaginación se aviva permitiéndote ver al rey nabateo Aretas IV depositando sus bienes más preciados en el interior. No hay quien pase por la plaza de los encuentros sin detenerse, sea de día o de noche, ante la fachada, de algo más de 40 metros de alto por otros tantos de ancho, tallada sobre la roca rosada. Doce columnas, seis arriba y seis abajo, embellecen y dan profundidad al mausoleo en el que aparecen diferentes relieves con figuras, adornos y una glorieta en la parte superior que pone de manifiesto las influencias del arte helénico.

 

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Cauce del río Wadi Musa. Fotografía: J.L. Meneses

 

Petra se extiende a lo largo del cauce del río Wadi Musa, normalmente seco. Fue desviado por los nabateos para proteger la ciudad de las fuertes lluvias que hacían crecer el río al pasar por el desfiladero de Siq. Las casas, templos y tumbas se distribuían en terrazas de diferentes alturas a una y otra parte de la órbita del río. Dejando atrás el “Tesoro” se entra en la calle de las Fachadas y caminando en dirección a Al-Deir, “El Monasterio”, a unos 2,5 km hay una serie de edificaciones que permiten hacerse una idea de la importancia que tuvo esta ciudad que contó con una población de casi 20.000 habitantes. En “La Ciudad Rosa”, hay más de treinta edificaciones importantes que pueden verse en unas diez horas de recorrido, lo que hace conveniente dedicar un mínimo dos días. Lo primero que te sorprende antes de entrar del desfiladero de Siq, al que uno se lanza como un kamikaze después de haber soltado en la taquilla unos 60€, son los bloques cuadrados de Djinn y la Tumba de los Obeliscos.

 

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Tumba de los Obeliscos. Fotografía: J.L. Meneses

 

«Sin prisas, pero sin pausas», como recomendaba Séneca, centrando la atención donde tu cuerpo se encuentra y sin necesidad de subirte a un camello que te lleve a donde el camellero le apetezca o le interese, puedes irte deleitando, como lo hizo Burckhardt allá por el 1800 cuando descubrió la ciudad de Petra deshabitada, abandonada y olvidada a causa de los terremotos y de la consiguiente pérdida de poder. «Caminando por la calle yo te vi y un día me enamoré de ti» cantan los Gipsy Kings y canté yo al pasear por la calle de las Fachadas y al contemplar templos y tumbas de todas las dimensiones que nos hacen pensar en la importancia de los que allí fueron enterrados: la tumba de Urna fue una tumba real del rey nabateo Malco II; la tumba del Palacio con sus elementos simétricos; la tumba Corintia de estilo helenístico como “el Tesoro”, o las pequeñas tumbas asentadas en pequeñas superficies escalonadas que te encuentras hasta llegar al Teatro, excavado en la roca por los nabateos, ampliado por los romanos y en el que dicen que cabían sentados miles de espectadores. 

 

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Tumba de la Urna. Fotografía: J.L. Meneses

 

Así como las Columnas de Hércules indicaban a los navegantes del Mediterráneo que en el estrecho de Gibraltar se acababa el mundo, los nabateos y después los romanos, trazaron una vía que partiendo del Teatro llevaba hasta el templo de Qasr al-Bint, santuario de Dushara, el principal dios nabateo. La llamaron la Calle Columnada, como no podía llamarse de otra manera después de la hilera de columnas que acompañaban y acompañan al visitante por el centro de la ciudad. Los romanos pavimentaron la calle con losas y a uno y otro lado hubo edificios públicos, templos, jardines y puestos donde los mercaderes de oriente y occidente comerciaban con sus productos. Al final de la calle, se encuentra la Puerta los Temenos y el Gran Templo, de más de siete mil metros cuadrados de extensión, rodeado de columnas y más enfocado a la recepción de magnates que a ponerse de rodillas.

 

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Calle Columnada: Fotografía: J.L. Meneses

 

Por un camino de algo más de kilómetro y medio y una pendiente considerable que se salva gracias a los muchos escalones que hay en el recorrido, se llega a otro de los edificios importantes de Petra, Ad Deir, conocido con el nombre de “el Monasterio”.  Si el edificio es impresionante, las vistas desde lo alto a las montañas circundantes y al Wadi Araba no se quedan atrás. El edificio de algo más de cuarenta metros de ancho por otros tantos de alto se parece mucho a la de la del Kkasneh,  “El Tesoro” por sus dos plantas, las columnas y la estructura circular central coronada con un techo cónico que embellece toda la edificación. Fue un templo dedicado al rey nabateo Obodas I y en su interior y en la plaza que le precede se celebraron importantes servicios religiosos.

 

 

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Al Deir, «Monasterio». Fotografía: J.L. Meneses

 

Antes de coger los portantes es interesante hacer una visita al moderno museo en el que se explica la historia de Petra, de los nabateos, sus tumbas, templos y los recientes descubrimientos, porque Petra como nuestro cerebro todavía esconde muchos misterios. El museo fue inaugurado por el príncipe heredero Hussein de Jordania en el año 2019. Algunas imágenes del mismo las he incorporado al video que acompaña a este nuevo artículo sobre viajes. Como comenté al principio, en otro momento volveré a escribir sobre Jordania porque, aunque “La Ciudad Rosa” sea la joya de la corona, el resto del país se merece toda nuestra atención.

 

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