Los ecos de 2001 (III): el muñeco de madera que creía ser un niño o los límites de la inteligencia artificial

Pablo Rodríguez Canfranc
Economista

2001 a space odyssey


Para celebrar los 50 años de la película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio me gustaría analizar a través de una serie de artículos algunos conceptos y elementos del film y su vigencia o relación con este mundo de la primera mitad del siglo XXI. En concreto, temas como las visiones de entonces del futuro tecnológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y su relación con el ser humano, el transhumanismo o la búsqueda de vida extraterrestre.


En 1968 Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke imaginaron cómo podría llegar a ser la inteligencia artificial en el siglo XXI. Su vaticinio adquiere la forma del ordenador HAL 9000 en la película 2001, una máquina que dirige la misión Discovery en su viaje hacia Júpiter y que muestra rasgos excesivamente humanos, como comentábamos en la entrega anterior de esta serie de artículos.

La novela que resultó del guion ya muestra el entonces revolucionario concepto de máquinas que aprenden, lo que hoy conocemos comoaprendizaje automático omachine learning. También se intuye otro elemento de rabiosa actualidad tecnológica en nuestra época, como son las redes neuronales artificiales, pues la inteligencia de HAL está dispuesta en distintas capas superpuestas de circuitos.


La humanización de HAL 9000 en el guion le hace desarrollar una especie de sentimiento de orgullo y soberbia, sabiéndose superior en inteligencia a los humanos que le acompañan en el viaje (“es un hecho inalterable que soy incapaz de equivocarme”, afirma en una escena). El no poder aceptar que su diagnóstico de una avería en la nave Discoveryes erróneo le llevará en última instancia a asesinar a los humanos de la tripulación, hasta que el astronauta Bowman consigue apagarle, lo que simbólicamente es equivalente a matarle.


El guion de Stanley Kubrick parte de la idea de que la inteligencia artificial muy avanzada acabará por desarrollar emociones, como le contaba el realizador a Joseph Gelmis en una entrevista realizada en 1969 y publicada en el libro The Film Director as Superstar (1970):

«La idea de ordenadores neuróticos no es rara – la mayoría de los más avanzados teóricos informáticos piensa que una vez que tienes un ordenador que es más inteligente que el ser humano y capaz de aprender de la experiencia, es inevitable que desarrolle el equivalente a un espectro de reacciones emocionales – miedo, amor, odio, envidia, etc. Una máquina así podría acabar por ser tan incomprensible como un ser humano y podía, por supuesto, sufrir una crisis nerviosa — como le pasa a HAL en el film».


No obstante, esta personificación de HAL que hace Kubrick sigue quedando, incluso hoy en día, en el campo de la ciencia ficción. Lo más que podemos llegar a hacer con un sistema de inteligencia artificial es enseñarle a simular características humanas, como la empatía, pero de ahí a que realmente “sienta” hay un abismo insalvable. La novela de Arthur C. Clarke da una explicación mucho más realista sobre el comportamiento de HAL 9000: solamente respondía a una programación que los astronautas desconocían y, cuando la conducta de éstos choca con las directrices que le han introducido, les asesina para no incumplir las órdenes recibidas.

Existe un intenso debate actualmente sobre los límites de la inteligencia artificial. Frente a la visión de la ciencia ficción clásica sobre máquinas que llegarán a dominar el mundo, son numerosos los expertos que plantean que un ordenador siempre necesitará el apoyo humano para ofrecer resultados óptimos.


El profesor de psicología cognitiva de la Universidad de Nueva York Gary Marcus afirma que el aprendizaje profundo de los ordenadores llegará a enfrentarse a un muro que resultará insalvable, detrás del cual habrá problemas que el reconocimiento de patrones no podrá resolver. Marcus define con rasgos negativos la forma de aprender de la inteligencia artificial: para él resulta avariciosa, frágil, opaca y superficial. Avariciosa, porque demanda ingentes cantidades de datos para aprender; frágil, porque cuando se prueba en escenarios distintos de los ejemplos utilizados en su entrenamiento, generalmente se colapsa; opaca, porque acaba convirtiéndose en una caja negra que no sabemos cómo elabora sus diagnósticos; y finalmente, superficial, porque no posee sentido común sobre el mundo o la psicología humana.


Por su parte, el profesor Michael Scriven de la Universidad de Berkeley ya negó hace mucho que un robot pudiese equipararse al ser humano. Para él, no son más que máquinas que hacen lo que les decimos. A primera vista, realizan las tareas igual que los humanos y pueden simular nuestro comportamiento, pero una mirada de cerca nos revela que los humanos tenemos consciencia, mientras que los ordenadores no son más que objetos inanimados.Aunque un algoritmo de inteligencia artificial pueda hacer exactamente lo que hace una persona, nunca se le puede tachar de consciente. Jamás hará nada creativo o imprevisible, solamente arrojará el producto de su programación, una vez que haya sido alimentado con datos.


Por lo tanto, nunca llegaremos a ver máquinas susceptibles y orgullosas como HAL 9000, que, como Pinocho, no son más que muñecos de madera que se creen que son un niño. 

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