​¿Y esto cómo se lo explico al niño?

Román Pérez Burin des Roziers

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Es esta una pregunta que todo padre y toda madre se ha hecho en algún momento. Revela la intensión de explicar algo que los padres consideran que el niño debe saber o que tiene el derecho de saber.


A veces es una manera de decir lo contrario, de hacer notar que es imposible hacerlo, como una forma de impotencia ante semejante tarea. Pero cuando se trata de una pregunta sincera, de una interrogación dirigida a sí mismo o a la pareja, suele ser el inicio de una reflexión sobre una cuestión que no es evidente. En esta época en la que la vanalización abunda, que unos padres den trascendencia a una situación compleja es algo que hay que resaltar y valorar. Porque la pregunta parte del reconocimiento de que eso que se quiere explicar tiene trascendencia para la vida del niño.


Esta pregunta suele producirse ante situaciones de la realidad personal, familiar o del entorno social que afectan o interesan al niño, que tienen una relevancia, y que la tienen para el adulto que la ha de explicar y para el niño que la ha de escuchar. El mismo hecho de tener una conversación sobre cuestiones trascendentes con un niño ya conlleva una complejidad.


Explicar no quiere decir dar información, sino hacer saber a otro. En este contexto lo definiremos como una forma de transmisión de saber que va ligado a sentimientos y vivencias.


Con frecuencia lo que se quiere explicar es algo de lo que el niño ya tiene alguna información o alguna intuición. 


Cuando los padres explican, cuando hablan sobre el hecho o la circunstancia, lo hacen desde su propia lectura, desde su interpretación subjetiva. No solo le ponen al niño en conocimiento sino que le están transmitiendo elementos de referencia para su interpretación y comprensión. El mismo acto de la conversación transmite el deseo de los padres de hacerle partícipe, de tenerle en cuenta como sujeto con derecho a saber y con capacidad para comprender.


La pregunta de cómo explicar muchas veces es debida a la naturaleza de eso que se pretende explicar, como son circunstancias de la vida que son dolorosas, que implican perdidas o cambios que tienen una afectación sobre uno mismo y sobre seres queridos. “Cómo de decimos que nos vamos a separar?” “¿Cómo le decimos de la muerte del abuelo?” Para los padres tener que transmitir cuestiones que van a generar un impacto subjetivo en el hijo no es tarea fácil ni grata. Saben que le producirá dolor, tristeza, frustración, malestar, disgusto u otras formas de afectación. Es una función que los padres han de realizar a pesar del costo personal que supone, una obligación dolorosa a cumplir, pero también necesaria como parte del cuidado al hijo. Por eso no es extraño que se sienta tentaciones de evitar decirlo, sea para intentar protegerse del dolor que genera al padre o la madre, sea para proteger (sobreproteger en realidad) al hijo de una afectación. Pero no son las palabras las que provocan el dolor sino las situaciones. 


Las palabras no son el problema sino un recurso, un instrumento para comprender y para asimilar situaciones de la vida.


En esta época en que vivimos se suman otras circunstancias y hechos que vienen de la sociedad, sucesos conmovedores que de una forma u otra acaban llegando al conocimiento de los niños. En la época de la comunicación es muy difícil que los niños no reciban informaciones de todo tipo, pero sobre todo imágenes explícitas. Sucesos muy impactantes, imágenes crudas, duras, elocuentes, que se difunden por medios y redes hasta llegar a los niños. Sucesos e imágenes cargadas de violencia y agresividad que marcan un antes y un después en la cosmovisión del niño. ¿Como explicar a un niño aquello para lo que el adulto no encuentra explicación?


Más que de una explicación acabada que responda las preguntas fundamentales y permita su comprensión, se trata de dirigirse al niño para poner palabras a lo que sucede, para compartir con él la desazón que produce, las preguntas que despierta pero que no tienen respuesta. Más que de una cuestión racional y argumental, se trata de ir a lo básico, a su significación simbólica y emocional, a reconocer en palabras eso que se ve en las imágenes. Los niños suelen hacer preguntas y comentarios que son el mejor pie para iniciar una conversación. Es la ocasión para que los padres muestren su disposición a hablar con ellos y de ello, para poner el acento en la trascendencia que tiene. Conversaciones a retomar y a continuar en otros momentos, aunque a veces sea en forma de un recordatorio puntual, de alguna asociación que hace el niño o el padre.


Un aspecto fundamental es la adecuación a la edad y a las características personales del niño. Es fundamental para que pueda asimilar y comprender, pero también para protegerle, para poner un límite sobre lo que no le corresponde saber. Por ejemplo, en el caso de la manada habrá que poner el acento en lo agresivo más que en los aspectos sexuales, que no forman parte de las experiencias infantiles. Hablar del abuso, de la intimidación, de la importancia de respetar al otro cuando dice que no, y llevarlo al terreno de las experiencias cotidianas del niño, sean reales o supuestas. El conocimiento que los padres tienen de su hijo ha de servir para adecuar las formas y el fondo de la conversación a las características personales del niño.


Que el niño pueda contar con la palabra y la escucha de sus padres es un recurso que le servirá durante la infancia, y también en la adolescencia. Un recurso que le ayudará a poder elaborar y procesar aspectos complejos de la vida, a poder asimilarlos, a apropiarse de sus vivencias, a encontrar contención y acompañamiento. Al ir construyendo estos espacios de palabra en el vínculo con sus hijos a lo largo de la infancia, los padres están sentando las bases para su continuidad en la habitualmente más virulenta adolescencia.

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