martes, 10 de diciembre de 2019

​Porque te lo digo yo

Román Pérez Burin des Roziers

Padres e hijos


Atrás quedan los tiempos en los que los padres ordenaban y mandaban sin dar explicaciones, incluso un gesto era suficiente para que el niño se diera por aludido. Las consecuencias de no hacerlo eran el castigo físico y otras formas de castigo. Esto es una evidencia y no una expresión nostálgica. Los padres de hoy en día no están en esta tesitura, aunque a veces se pueda colar algún anhelo de autoritarismo, de ser obedecidos sin rechistar.


Los padres del siglo XXI tienden a dar todo tipo de explicaciones a sus hijos, cosa que es muy conveniente y necesaria, pero no suficiente para que hagan caso. Parece que la expectativa parental es que la claridad y la excelencia de los razonamientos hagan que los hijos respondan en consecuencia. Curiosamente, la poca efectividad no suele llevar al desánimo sino a la insistencia, a repetir y a repetir los mismos argumentos, con la consiguiente subida de tono y de la crispación. Con frecuencia el efecto es el contra-razonamiento del niño, que también tiene sus argumentos, con lo que la discusión está servida.


No deja de ser sorprendente la naturalidad con la que algunos padres hablan de la cantidad de veces que repiten las órdenes. “Se lo digo 20 veces: lávate los dientes, pon la mesa, haz los deberes...”. Suele haber muy poca consciencia de que esto más que hablar del niño dice mucho más de sus padres. “Siempre pasa lo mismo”, apostilla que tampoco trae el reconocimiento de que ellos también siempre hacen lo mismo. Esto no son matemáticas, pero la regla es que detrás de un niño que siempre hace lo mismo, hay unos padres que hacen siempre lo mismo.


En términos generales, si los niños no hacen caso no será porque no oyen, porque no han comprendido o porque no sepan lo que tienen que hacer. En eso no se diferencian mucho de los adultos. Más bien se trata de que no tienen ganas de hacerlo, que prefieren hacer otra cosa, que no quieren hacer el esfuerzo, que les resulta aburrido y un largo etcétera.


El sometimiento de los hijos por la fuerza al mandato parental ya no ocupa un lugar preponderante en los ideales de los padres. No quieren ser temidos por sus hijos sino ser amados y tener un vínculo de proximidad, de cercanía y de mutua comprensión. Esto también es una evidencia, dicha sin ninguna nostalgia de los tiempos en los que el respeto a los padres estaba más fundado en el temor y la amenaza que en el amor y el reconocimiento.


Pero entonces, ¿con qué fuerzas cuentan los padres para cuidar, gobernar y criar a sus hijos? Sigmund Freud en un ensayo de hace casi 100 años se hacía una pregunta similar, y concluía que tenía que haber alguna amenaza en juego. Decía que la principal amenaza para un niño es la pérdida del amor de sus padres. En el contexto actual da la impresión de que se han invertido las tornas, que los que temen y no pueden soportar las manifestaciones poco amorosas de sus hijos son los padres. La dificultad para soportar la frustración que pueden provocar en el hijo, ser el blanco de la rabia y la agresividad de él (en palabras y actitudes, que es muy distinto de la agresión física), o de su tristeza, socava la fortaleza parental. Esto parece guardar relación con la tendencia a consultarle al niño por lo que quiere y a buscar su aprobación en cuestiones que son responsabilidad de los padres.


La fuerza de los padres radica en la responsabilidad que adquieren cuando tienen un hijo, con todo lo que ello tiene de amor. Para poder cuidar y criar a sus hijos los padres han de llevar el gobierno, con la autoridad que les da el peso de la responsabilidad que tienen sobre ellos. Gobernar es una tarea solitaria. Aunque hayan otros que intervengan y que opinen, aunque se delegue en maestros, psicólogos, familiares, al final los padres están solos en su responsabilidad última.


Buscar que el hijo comprenda los motivos y las finalidades de los mandatos parentales es enriquecedor para la relación y para el niño, es un facilitador para el cumplimiento pero no suele ser suficiente. Desde luego es importante que el niño incorpore y asimile lo que le dicen y le exigen sus padres, pero esto no será así por la excelencia de los argumentos, por la pura vía de la racionalidad. Incorporar y asimilar es una forma de hacerlo propio, de ser partícipe del ordenamiento familiar, y esto comporta una serie de emociones y de significaciones simbólicas que tendrá que procesar.


Al final, de lo que se trata es de conseguir la aceptación del hijo: que esto es así, que aquello no se puede hacer, tanto si te gusta como si no, tanto si lo entiendes como si no. Si en otros tiempos el “Porque te lo digo yo que soy tu padre o tu madre” era la única argumentación, ahora quizás sea la última, pero no deja de ser el fundamento de la responsabilidad y de la autoridad parental. 

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