​Adolescentes, no todo es imagen

Román Pérez Burin des Roziers

La cuestión de la imagen siempre ha sido de vital interés para el adolescente. Tener una imagen propia le preocupa y le ocupa. La manera de vestir, de llevar el pelo, los complementos que incorpora, todos ellos son elementos que constituyen la imagen, que va mucho más allá del aspecto. Es una imagen personal, tan personal como que tiene relación con la identidad; es una imagen que dice algo del ser, de quien es, de quien querría ser, de con que grupos musicales o movimientos culturales se identifica. Esta imagen que habla y que dice cosas de sí a los otros -incluso dice más de lo que el sujeto sabe- requiere de la mirada del otro, requiere ser mirado por otros. Es una forma de lenguaje que se centra en la imagen, la mirada, y la exhibición.


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Esto no es ninguna novedad para los padres de adolescentes del siglo XXI. No tienen más que recurrir a su propia historia, que conectar con su adolescencia para recordar la relevancia que tenía la cuestión de la imagen (o a veces de la anti-imagen, la imagen del que pasa de la imagen). Las repetidas pasadas por el espejo, el tiempo dedicado al peinado, a la combinación de la ropa, a la selección de los complementos; los padres pueden identificarse con sus hijos adolescentes en esta ocupación-preocupación-dedicación a la propia imagen. Pueden reconocerse en ello, encontrar una familiaridad, algo compartido (aunque diferido en el tiempo) con su hijo, con su hija. No es que a los adultos no les importe su imagen, pero ella tiene otra significación en su vida, menos trascendental, menos radical, más relativa. Del adulto se puede esperar que vaya más allá de la imagen, que el proceso de reconocimiento de su ser, de su identidad, se fundamente en aspectos simbólicos, en aspectos más ligados a su historia, al lenguaje, a las palabras. No puedo dejar de agregar que también entre los adultos la hiperpotencia de las imágenes va a más, de la mano de las tendencias de la época actual del culto al cuerpo y del mandato social de ser feliz.


El adolescente del siglo XXI nació en un mundo digital, rodeado de dispositivos electrónicos y familiarizado con las redes sociales. En el pasaje por la educación secundaria obligatoria ha incorporado la infotecnología en los procesos de enseñanza-aprendizaje y forman parte de su formación personal. Utilizan plataformas educativas, sitios Web que comparten profesores, alumnos y padres, con las herramientas de comunicación y de diversos tipos que forman parte de ello. El ordenador portátil es una herramienta básica.


También las relaciones sociales del adolescente tienen una dimensión digital, tanto en las relaciones de uno a uno como en los grupos y las redes sociales. Una dimensión que responde a su deseo y a su interés. El adolescente construye una identidad digital, tiene una presencia virtual y participa activamente en las redes. En ellas la imagen tiene un papel preponderante; fotos y vídeos toman valor de lenguaje. Explican y comunican a través de las imágenes que enseñan y que miran. Tener muchos amigos y contactos, ser seguidor y tener seguidores, dar y recibir 'likes' tiene para ellos casi tanta trascendencia como su vida social 'off-line'. En este campo los padres no pueden contar con la referencia de su experiencia como adolescentes, lo cual no ayuda a la comprensión de este fenómeno y produce una cierta perplejidad a la hora de ejercer las funciones parentales. Y no se trata de si lo de antes era mejor o peor, sino que se trata de una diferencia irreductible.


Todo ello ha comportado un enriquecimiento en la vida del adolescente; le abre posibilidades y oportunidades a nivel de lo social y de la comunicación, del entretenimiento y de la cultura. Pero como acostumbra a pasar con las adquisiciones y los cambios, también se paga un precio. La omnipresencia de la imagen y su preponderancia va ligada a una disminución de lo presencial, de la presencia física, y también a una disminución en la potencia de la palabra.


Más allá de la imagen, los encuentros presenciales con otras personas y el lenguaje es lo que permite al adolescente ir construyendo su identidad, su ser. "Quien soy yo? Quien quiero ser? Qué deseo para mi vida?". Las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas que para las generaciones anteriores. Preguntas a las que la imagen no puede responder.

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