jueves, 12 de diciembre de 2019

Mutismo selectivo

Román Pérez Burin des Roziers

Son muchos y variados los motivos por los que los padres hacen una consulta psicológica por su hijo, por su hija. Pero una característica frecuente y común es que ya vengan con un diagnóstico hecho por profesionales de diversa índole (maestros, psicólogos escolares, pedagogos, logopedas, médicos), o por los propios padres. Más que de un diagnóstico se trata de una etiqueta diagnóstica, una clasificación en la que se ha colocado al niño y que se supone que le define.


También resulta llamativo que sean etiquetas psiquiátricas provenientes del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (el DSM de la Asociación Psiquiátrica Americana ) o de su versión internacional, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), aunque quienes las adjudiquen no sean ni psiquiatras ni psicólogos. Como su nombre indica, son clasificaciones y se fundamentan en la estadística, que poco tienen en cuenta los aspectos subjetivos en particular ni los aspectos clínicos en general.


Donde en otra época la consulta psicológica solía comenzar por una pregunta sobre lo que le pasa al niño, por un no saber de lo que pasa, ahora se parte de un aparente saber y de una aparente certeza de lo que tiene el niño. Se supone que la etiqueta dice lo que el niño tiene (un trastorno), o -lo que aún es más contundente- lo que el niño es (un enfermo). Pero nada de ello responde a la pregunta de qué le pasa al niño, del contexto histórico y vincular en el que se produce, ni de sus causas.


Curiosamente para muchos padres estas etiquetas resultan tranquilizadoras; lo que tiene el niño ya tiene un nombre y por lo general un supuesto origen biológico (genético, neurológico, etc.) que releva a los padres de cualquier responsabilidad.


Recientemente, un logopeda me hace saber que me ha derivado a un niño con un mutismo selectivo (incapacidad de hablar o responder a otros en una situación social, cuando sí que lo puede hacer en casa y en el entorno familiar). Así, el logopeda deriva un caso al psicólogo clínico con un diagnóstico psiquiátrico ya realizado, cosa que no deja de ser una paradoja. A pesar de ello, hay que valorar el hecho de que reconozca en este síntoma una problemática psicológica que requiere un abordaje psicoterapéutico, cosa que no es muy frecuente.


Hay algunas áreas que son muy propensas a que los niños manifiesten allí sus síntomas, como son la de los aprendizajes y la del lenguaje. Pero que un niño haga síntoma en el lenguaje no significa que sea un problema del lenguaje. A ello hay que sumarle el hecho de que se suela tomar al síntoma como si fuese el problema o el conflicto de fondo. Ambas cosas están en la base de que muchos niños con problemáticas psíquicas sean tratados exclusivamente desde la pedagogía o la logopedia. El mutismo selectivo es el síntoma, y lo que hay que descubrir y que tratar es la conflictiva psíquica que lo causa. Lo que le pasa al niño es justamente eso que no puede decir más que en su síntoma.


Haciendo un símil, parece que haya un mutismo selectivo generalizado entre los profesionales que no permita hablar más allá de las etiquetas clasificadoras. No deja de ser llamativo que profesionales de tan diversos campos como la pedagogía, la logopedia y el ámbito social definan al niño y “se entiendan” a partir de categorías psiquiátricas. Esto facilita que haya sobreentendidos y simplificaciones que poco acercan al complejo mundo infantil y que poco ayudan a orientar a los padres.


La cuestión no radica en clasificar a los niños por alguna característica o problemática, sino en que cada profesional pueda decir lo que ve, lo que comprende y lo que se pregunta sobre lo que le pasa al niño en su entorno. Y como siempre -pero quizás hoy más que nunca- que este saber propio de cada profesión aplicado a la particularidad del caso sirva también para un diálogo y una reflexión entre los diferentes profesionales que participan en la vida del niño y de su familia. El niño no es un cúmulo de partes o parcelas que funcionan autónomamente, sino un ser en el que todos estos aspectos interaccionan dinámicamente. Desde ninguna profesión en exclusiva se puede tener una visión panorámica del niño y de la familia. Cada ámbito profesional tiene una posibilidades y unas limitaciones, y tan fundamental es hablar desde el saber específico de nuestra profesión como escuchar a los otros profesionales hablar de aquello que ignoramos.


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