Botswana, Zambia, Namibia y Zimbabwe

Localizado el punto “G” en el África Austral

José Luis Meneses

Caminado por las Vernedas estos días de confinamiento por imperativo legal y viendo

bajar las aguas bravas del Noguera Pallaresa me pregunté, qué sabemos y hacemos en favor de

la concordia después siglos de convivencia entre seres “inteligentes”. Para no dejar la respuesta en blanco, sentencié: «dejamos las decisiones en boca de todos, creyendo que existe una inteligencia colectiva que todo lo resolverá, ¡qué error!», y proseguí: «como consecuencia de ello, nos entregamos con fervor patriótico a aquellos que creemos en posesión de la verdad y comulgamos con ellos en todo lo que dicen y hacen, menospreciando nuestras capacidades individuales y nuestra libertad». Mientras daba vueltas a lo dicho vi desfilar, en mi imaginario particular, corderos conducidos por pastores de pacotilla que acotan caminos, campos y destinos prometiendo patria, paz, salud y bienestar.


0 u00c1frica Austral Punto G (1)



Tras el quijatazo de Caín a Abel, el “sálvese quien pueda” está a la orden del día

compartiendo espacio y tiempo con el “te vas a enterar” y como si tal, seguimos caminando y

escribiendo el curriculum vitae de la humanidad. Nos sentimos seguros, educados, sabiondos, buenas personas, pero, en veintiocho mil años de existencia sobre la faz de la tierra, no hemos aprendido lo fundamental: a vivir la vida en paz y en armonía, con nosotros y con los demás. Prueba de ello, son las decenas de miles de “niños soldado” en África; las “brigadas del placer” ofreciendo niñas en Corea del Norte; los asesinatos, las perversiones, la drogadicción o el “hijo de puta”, entre otras lindeces, por no respetar un paso cebra. Solo en la Segunda Guerra Mundial murieron más de ochenta millones de personas y me digo, para que perder el tiempo con datos de la Segunda Guerra Púnica (doscientos años antes de Cristo) si “solo” murieron trescientos mil. ¡Menudo curriculum! me digo, y esto que es el abreviado y sin fotografía.


No me sorprende que el lector se pregunte a estas alturas a qué viene esta parrafada.

Lo entiendo, porque yo me preguntaba por qué el recuerdo de mi viaje al África Austral se

entrometía en mis cavilaciones sin vela para ese entierro. Me senté sobre una piedra pulida por las crecidas del rio y en ese estado de duermevela que me ayuda a meditar (tengo que aclarar, aunque parezca paradójico, que el “duerme” me alumbra más que el “vela”), me entregué a las palabras fusionadas con imágenes que abordaban mi mente: concordia, empatía … Sentí como mi alma abandonaba el cuerpo y me vi de nuevo viajando a África. Sin moverme del diván, afloraron experiencias, emociones…, tocaba puerto y las lágrimas jugueteaban en mi memoria…, acariciaba la calma…, me abrigaba el sosiego…, las palabras alcanzaban mis dedos…, empezaba a escribir lo que ahora os cuento.


1 Cataratas Victoria (1)

Cataratas Victotia


Llegué a Livingston, en Zambia, desde Johannesburgo en Sudáfrica, la ciudad en la que vivió Mandela, con ganas de tranquilidad después de una movida que no se la deseo ni a mi peor enemigo. Quería visitar las Cataratas Victoria y las localidades cercanas de las regiones colindantes de Hwange y Mashonolandia, aunque solo sea por la musicalidad de sus nombres en habla bantú. Era el mes de abril y las lluvias de los suaves inviernos habían ensanchado el cauce de uno de los ríos más largos de África, el Zambeze, frontera natural entre Zambia y Zimbabwe. Una fractura en la meseta hace que sus aguas se precipiten en picado más de cien metros, que se desintegren impidiendo ver el fondo y que se transformen en una nube que alcanza el cielo, antes de caer como el maná que Yahvé envió al pueblo hebreo en el desierto. Dejé que las gotas me abrazaran, que se confundieran con mis suspiros y sentí como sus moléculas penetraban por todos los poros de mi piel. No me sorprende que la Unesco declarase esta maravilla Patrimonio de La Humanidad, ni que mi cerebro se empeñase, en aquel paseo junto al Noguera Pallaresa, en rescatarme de las deprimentes elucubraciones en las que andaba metido.


2 Rio Zambeze (1)

Río Zambeze


Leonardo Da Vinci escribió: "El agua, es la fuerza motriz de toda la naturaleza" y es cierto porque mis piernas, vitalizadas, decidieron volver a Livingston caminando. Pasé la frontera por Mosi-Oa-Tunya (“nube de humo” para los indígenas), tras atravesar el puente de las Cataratas Victoria, no sin antes gozar de las impresionantes vistas y de la copa de champan que me ofrecieron unos ingleses, que viajaban en un tren turístico que ofrecía parada y copa en mitad del puente para contemplar la espectacular puesta de sol. Para ceñirme a los hechos acontecidos aclararé que, de los diecisiete kilómetros que tenía por delante solo caminé cuatro, porque al pasar la frontera un amable zambiano se ofreció a llevarme en su camioneta hasta el albergue. En realidad, más que “amable” era un “empresario amable”, porque a mitad de camino me ofreció los servicios de su hermana, eso me dijo, que iba adecuadamente acicalada en el asiento trasero. Ahí lo dejo, como “caldo de cultivo” para mentes avezadas o por si se tercia organizar una apuesta.


En el albergue que me hospedaba, cerca del centro de la acogedora localidad de Livingston (nombre acuñado por los colonos británicos para recordar a un hombre que, entre otras honradeces, lucho contra la esclavitud), conocí a un chofer zambiano, esta vez sin hermana, que me llevaría al rio Kwando, un lugar en el que los seres vivos que lo habitan hacen caso omiso a los tratados fronterizos entre Namibia, Zambia, Botswana y Zimbabwe. Atravesamos la frontera de Zambia hacia Botswana por Kazungula, en la confluencia de los caudalosos ríos Zambeze y Kwando. Fue emocionante sentir que, en un punto concreto bajo el casco de la barca, coincidían por un instante los territorios de cuatro países y pensé, en la imposibilidad de pintar fronteras sobre la piel del agua. Me puse en pie en la proa de la embarcación, como Kate Winslet en el “Titanic”, extendí los brazos en cruz y dejé que el templado viento de Botswana acariciara mi frente, que mis cabellos se despeinasen despidiéndose de Zambia, que el sol naciente, al este de Zimbabwe, se posara sobre la palma de mi mano derecha y que, en la izquierda, que miraba al oeste de Namibia, luciera el anochecer más hermoso del mundo. En ese instante sentí la placidez que el hombre se merece, mientras caían dulces lágrimas por los cauces de mi rostro para mezclarse con las tranquilas aguas que fluían bajo mis pies. Me estremecí contemplando ese quinto elemento que Aristóteles llamó “Éter”, el Cielo.


3 Rio Kwando (1)

Río Kwando


Tras el estremecimiento llegó el embeleso. No lo busqué, lo encontré navegando por el rio Kwando, frontera natural entre Namibia y Botswana. Un grupo de elefantes paseaba sin prisas por la orilla meciendo sus trompas, sacudiendo la tierra de los manojos de hierba que llevaban a sus bocas. Había orden y concierto, valores y pautas de comportamiento aprendidas de sus ancestros y trasmitidas de generación en generación sin ser tachados por ello de “fachas”. Un par de elefantes adultos abría y cerraba la comitiva; los pequeñuelos jugueteaban y se escondían a la sombra de sus madres; todos esperaban entretenidos en la orilla a que el de mayor edad, decidiese cuál era el mejor momento para atravesar el rio. ¡Qué espectáculo!, verlos pasar en paz y en armonía de un país a otro, sin visa ni pasaportes, con lo puesto, con sus seres queridos, con lo necesario, que es más que lo suficiente. Y, por si no me hubiera quedado satisfecho o no hubiera atendido a la clase magistral de convivencia que me estaban dando, volvieron a salir al estrado para deleitarme con su presencia, acompañados de hipopótamos, jirafas, búfalos, facoceros, antílopes, rinocerontes, cebras, hienas, impalas…, todos diferentes, todos hermanados. Pensé que Dios estaba reuniéndolos para embarcarlos, como hizo Noé y salvarlos, una vez más, de la mediocridad que los “humanos” cultivamos sobre la tierra.


Quizás, querido lector, el título te habrá sorprendido si la mojigatería que anida en nuestro cerebro te ha hecho pensar en una parte íntima y escondida de nuestro cuerpo. Mi intención con el mismo no era poner sobre la mesa menudencias que solo merecen la “g” minúscula, sino centrar la atención en aquellas que merecen la gran “G”, la que lucen palabras como “Generosidad”, “Grandeza”, “Gloria”, “Goce”, “Globalización”, en lo cultural, lo político, lo económico y en todos aquellos valores que deberían convertirnos en mejores seres humanos para vivir en paz y en armonía como hacen otros seres vivos “no inteligentes”.


Una muestra de lo comentado está en las fotos y video que acompaño.




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