Arusha, norte de Tanzania.

Ngorongoro: cuna de la humanidad y arca de Noe

José Luis Meneses

Si te preguntas sobre el origen de la humanidad en alguno de esos momentos que dejas de atormentarte con las noticias del Covid, con las enrevesadas elecciones y con cualquier otro tejemaneje político, este artículo puede ayudarte a desconectar y a evitar que tus neuronas, hartas de tanto hartazgo, cortocircuiten y te dejen tan catatónico como a Mc Murphy en la película «Alguien voló sobre el nido de cuco» . Ir a visitar la tierra de nuestros antepasados es algo que uno no puede dejar fuera de su agenda, aunque solo sea para reflexionar sobre de dónde venimos, cómo estábamos, cómo estamos y si hay algo en lo que debamos cambiar. Es para troncharse cuando oigo hablar al “homo arius” de la pureza de la raza, para acorazarse frente a las artimañas del “homo espabilatus” y para ponerse a llorar viendo cómo se deja manipular el “homo corderus”. Si no lo arregla el Imedio, deberíamos subir a las pateras y regresar al lugar de donde vinimos para volver a empezar, porque si nos hemos olvidado de la cuna en la que nacimos, destrozamos la casa en la que vivimos y acrecentamos el nivel de canibalismo, acabaremos consiguiendo lo que cinco glaciaciones no lograron en cinco millones de años: acabar con el planeta y con quienes lo habitan.


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Área del Ngorongoro. Arusha, Tanzania. Figura: J. L. Meneses


Viajé al Área de Conservación del Ngorongoro desde la ciudad costera de Dar es-Salaam en una pequeña avioneta, un medio habitual para desplazarse por un país que dobla la superficie del nuestro y que no dispone de las infraestructuras para moverse con facilidad. Arusha, capital de la región, se encuentra en el norte de Tanzania, a unos seiscientos cincuenta kilómetros y desde allí, es relativamente fácil visitar el área del Ngorongoro, el Parque Nacional Tarangire, el del lago Manyara, el de Arusha o el del Kilimanjaro, todos ellos en un radio no superior a los doscientos kilómetros. Una estancia de entre diez y quince días te permite visitarlos y disfrutarlos con tranquilidad y si tienes la posibilidad de viajar en primavera, como fue mi caso, además de poco turismo disfrutarás de una temperatura agradable y de unos colores que embriagan los sentidos. Créeme si te digo, que puedes planificar tu viaje y realizar todas esas visitas por tu cuenta y que no necesitas esas agencias con precios desorbitados. Encontrar y llegar a un acuerdo con un chofer es sencillo, te lo agradecerá, y si además estableces una buena relación se esforzará en que las excursiones sean tranquilas, provechosas, personalizadas e inolvidables. Por otro lado, recuerda que desciendes de exploradores, de descubridores y, de que, en esta vida, como dice el refrán: «Quien no se arriesga no pasa la mar».


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Cráter del Ngorongoro. Fotografía: J. L. Meneses


El área del Ngorongoro, declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1979, es un espacio protegido de unos nueve mil kilómetros cuadrados en el que encontrarás, rodeados de unos paisajes con una flora variadísima, descendientes de los pasajeros del arca de Noe campando por sus fueros y el lugar en el que el mono se hizo hombre, o mujer, no se me vaya a enfadar la ministra. Hace más de tres millones y medio de años que nuestro pariente, el “homo habilis” dejó huellas de su existencia en la garganta de Olduvai a pocos kilómetros del cráter del Ngorongoro. Fueron la doctora Mary Leakey y su marido los que, allá por los años treinta, iniciaron trabajos de investigación sobre la evolución de la especie humana en la zona. Años más tarde, encontraron el cráneo y restos fosilizados de cuatro individuos, junto a huellas que indican que se desplazaban sobre sus pies y utensilios de piedra elaborados para cortar o defenderse de los depredadores. Si los cambios climáticos hicieron bajar a los monos de los árboles para buscar alimentos, la necesidad de sentirse seguros dio lugar a la aparición de las primeras conductas hábiles para resolver los problemas cuando ponían sus pies sobre tierra. Fue esa capacidad de realizar con éxito una tarea con las manos la que les hizo humanos. Con el paso de los años afianza la posición vertical, se desplaza con mayor facilidad y perfecciona los instrumentos utilizados por su antecesor, convirtiéndose en el “homo erectus”: explorador, descubridor, cazador…. De herbívoro pasa a carroñero y posteriormente a carnívoro y, como consecuencia de una alimentación más completa, el tamaño de su cerebro aumenta dando lugar a la aparición de conductas inteligentes, las del “homo sapiens”.


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Garganta de Olduvai. Fotografía: J. L. Meneses


El cráter del Ngorongoro, de unos doscientos cincuenta kilómetros cuadrados de extensión y con paredes de más de quinientos metros de altura, se formó después de explosionar hace tres millones de años. En su interior se encuentran bosques, lagos y pantanos, zonas de pasto y tierras áridas por las que puedes moverte y observar de cerca a animales de todas las especies: leones, elefantes, búfalos, rinocerontes, hipopótamos, cebras, gacelas…, buitres y águilas, además de otras aves junto al precioso lago Magady. Las jirafas, al no encontrar suficientes hojas de acacias, su comida favorita, conviven con otros animales en los parques próximos como el de Tarangire o el de Arusha. En el vídeo elaborado para este nuevo artículo pueden verse algunas de las especies mencionadas, así como la diversidad de árboles y un sinfín de flores silvestres que, sobre todo en primavera, configuran un paisaje paradisíaco para deleite de los sentidos. El cráter del Ngorongoro es el Arca de Noe, más de treinta mil animales de diferentes especies conviven en paz y armonía entre ellos y con los pastores masái. Los únicos que alteran el orden son los cazadores furtivos que, aprovechando la oscuridad de la noche se introducen en estos parques para proveerse de pieles, cuernos, colmillos y de todo aquello que pueden vender en los mercados en los que el “homo sapiens” se hace el tonto y mira hacia otro lado. Recientemente el gobierno tanzano ha puesto en marcha un programa para proteger a los elefantes y poder actuar en tiempo real contra los cazadores furtivos. Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, cada año son abatidos en África unos veinte mil elefantes para extirparles los colmillos.


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Parque Nacional de Tarangire. Fotografía: J. L. Meneses


Como mencioné anteriormente, diez o quince días te permiten visitar otros lugares sin largos desplazamientos. Los kilómetros, no son lo mismo cuando se conduce sobre el asfalto que por carreteras o caminos de tierra y en ocasiones encharcados y embarrados. Algunos lugares son de difícil acceso para según qué edad, como al cráter Oi Doinyo Lengai, un volcán activo que los masáis llaman “la montaña de Dios”, pero la mayoría es un caminar perfectamente asumible y vale la pena pues las imágenes anidarán en tu cerebro dándote gloria a perpetuidad. Otra de esas maravillas es el cráter del Olmoti, a tres mil metros de altura, donde los masáis suelen llevar a pastar los rebaños; el Empakai con su profundo lago en el cráter, a cincuenta kilómetros del Ngorongoro, al que solo se puede acceder a pie y con un guía armado como en el parque de Arusha; y por descontado, el lago Natrón, donde se reúnen miles de flamencos y al que solo puedes acceder acompañado por un guía masái. Sus aguas rojizas y con un alto contenido en sodio y sal, hacen que los animales que mueren allí queden petrificados.


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Poblado masái. Fotografía: J. L. Meneses


En ese entorno y en sus proximidades habitan los masáis junto a los animales que hemos mencionado. El pueblo masái es originario de la antigua Nubia, en el Valle del Nilo, y se establen en el norte de Tanzania hace alrededor de cinco siglos. Era un pueblo guerrero, pero el tiempo y las circunstancias les ha convertido en pastores. Están autorizados por el gobierno a vivir en el área del Ngorongoro, son unos cincuenta mil, aunque también hay otros muchos que abandonan el área y viven en Arusha y otras localidades desempeñando diferentes oficios. El poblado masái tiene forma circular y las chozas que lo conforman están hechas de barro y estiércol. Un cercado exterior formado con acacias de grandes espinas les protege de los animales salvajes. Su organización es jerárquica, siendo los hombres mayores los que conjuntamente lideran el grupo. Son polígamos y pueden casarse con cuantas mujeres quieran siempre que tengan ganado para mantenerlas. Las mujeres se preocupan de los hijos hasta que al entrar en la adolescencia superan la prueba de la caza del león, aunque hoy en día debido a la normativa de área solo pueden simular la caza. Pasada esta edad se dedican al pastoreo y se les puede ver conduciendo ganado, muchos de ellos provistos de una afilada lanza, por el área del Ngorongoro.


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Masáis. Fotografía: J. L. Meneses


Más de millón y medio de turistas visitan al año Tanzania y el dinero que aportan sirve, en parte, para financiar la conservación de esta área única en el mundo. Desgraciadamente el coronavirus ha hecho cerrar fronteras, restringir visados, establecer cuarentenas además de otras restricciones, afectando de manera severa a la industria turística. Muchas empresas han desaparecido, en otras ha disminuido significativamente la actividad, se ha generado paro y como consecuencia de ello, una población que ya es pobre ha incrementado su nivel pobreza. Por si esto fuera poco, en el caso de Tanzania y en general en toda África, los expertos temen que los animales amenazados por los cazadores furtivos y en peligro de extinción puedan convertirse, al disminuir el turismo y la vigilancia, en víctimas colaterales de la pandemia.


Dicho esto, quiero despedirme con una visión optimista del futuro porque, a pesar de que el día de la marmota viene a visitarnos cada vez que suena el despertador, el ser humano ha ido superando dificultades a lo largo de toda su existencia y adaptándose a las nuevas circunstancias por más difíciles y complicadas que hayan sido. Estoy convencido de que después de esta tetraplejia espástica postparto provocada por el “homo virus malignus”, volverá a salir el sol y habrá un renacer de los valores, de la cultura y el conocimiento que posibilitará seguir caminando desde la eternidad hasta la eternidad.


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