Katmandú, Nepal

“Caballos de Viento”

José Luis Meneses

El 25 de abril de 2015, hace exactamente seis años, un terremoto de intensidad 7,8 de la escala sismológica de Richter, sacudió Nepal y dejó sin vida a más de cuatro mil personas y más de ocho mil heridos. Tan solo faltaban unas décimas para que fuese catalogado de épico, lo que hubiera supuesto daños y víctimas en una zona más amplia. El epicentro del terremoto se situó a pocos kilómetros de la capital de Nepal, Katmandú y de la montaña más alta del mundo, el Everest, que, según explican los expertos en sismología aumentó su altura a consecuencia de la energía liberada, equivalente a trescientas bombas atómicas como la de Hiroshima. ¡Madre del amor hermoso!


Una semana antes, mi avión despegaba del aeropuerto de Katmandú y a través de la ventanilla mis ojos se despedían de una ciudad y de un país que días después sufriría los efectos de una sacudida que dejó los corazones helados y la arquitectura newari hecha añicos por los suelos. Ante tales hechos, solo cabe hincar las rodillas en tierra, juntar las manos y enviar al Supremo Hacedor caballos de viento (plegarias budistas) de todos los colores para que, como escribí en mi libro de aventuras “Caballos de Viento”, «reconsidere su enojo y vuelva a dejar las cosas como estaban».


La vida está llena de infinitas experiencias, sin ellas, no hay vida: no late el corazón ni tiemblan las piernas; no hay un me dijo y un te diré; no hay un ayer y un mañana coexistiendo en armonía en las cuerdas de un pentagrama conformado por notas, blancas y negras, que generan sonrisas y lágrimas dejando nuestros frágiles cuerpos de cristal a las puertas del desequilibrio.


1. Caballos de Viento

Caballos de Viento. Estupa de Boudhanath, Katmandú. Fotografía: J.L.Meneses


Nepal, estaba en la lista de mis sueños. Tantas veces había anidado la palabra en mi boca que, tan solo colgando unos cuantos caballos de viento en el patio de casa, mis plegarias fueron atendidas. Salí, con mal pie, desde el aeropuerto del Prat en Barcelona: el pasaporte estaba algo descosido y me fulminaron en el cheking: «no, no puede embarcar» Menos mal que en la comisaría del aeropuerto, loado sea el Santísimo, me hicieron un nuevo en un santiamén, es decir, demasiado rápido y a veces las precipitaciones no son buenas. Pongo los pies en el aeropuerto de Katmandú y me recibe la desdicha: entrego el pasaporte…, la máquina lo rechaza…, timbre y dos militares me llevan en andas a una salita… «speak arab», me piden con insistencia. Pasé la noche en vela, imaginando cómo serían las cárceles nepalíes y las imágenes que afloraban a mi mente eran las de la película “El expreso de medianoche”, en la que Billy Hayes es detenido en el aeropuerto de Estambul y condenado a 30 años de prisión por la tonta ocurrencia de adherir a su cuerpo unas cuantas tabletas de chocolate, sin leche. Resumiendo, a la mañana siguiente, después de una noche oscura y lúcido amanecer, acabé en la calle con mis pertenencias, recuperada la sonrisa y una tarjeta del Jefe de Inmigración de Nepal con sus disculpas y que mostré hasta al entrar en los lavabos, por si acaso.


2. Barrio de Thamel

Barrio de Thamel, Katmandú. Fotografía: J.L.Meneses


Me alojé en el sencillo Hotel Amaryllis por el módico precio de 10€ al día con desayuno incluido. Después de la noche que pasé despierto y de mi viaje virtual a la Alcatraz turca. La estancia me resultó más que agradable y no solo por el mullido colchón, que también, sino porque su ubicación era la ideal para acceder al corazón de Katmandú: el barrio de Thamel. En él, se encuentra el complejo Hanuman Dhoka, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad por sus singulares edificios típicos de una arquitectura, la newari, fruto de un acto de amor entre las culturas hinduista y budista. Pero, si singular es su arquitectura, más singular es que dos sociedades con tradiciones culturales distintas convivan en armonía en el reino de este mundo.


Paz y armonía son las sensaciones que tienes cuando paseas sin prisas por las calles del barrio de Thamel. Los variopintos transeúntes circulan o permanecen estacionados bajo un cielo de enmarañados cables de electricidad, sin que el quehacer de uno altere el del otro. El lunar bindi en las mujeres o tilaha en los hombres, de carbón o de sándalo, anida entre los ojos recordándoles la importancia de mirar hacia su interior, hacia el corazón, hacia Dios. Al igual que los caballos de viento, lucen diferentes colores que van desde la pureza espiritual del blanco a la soltería del negro, pasando por la grandeza, alegría y vitalidad de los rojos, la luz, la confianza y la felicidad de los amarillos, la sabiduría del azul o la suerte del verde. 


3. Sadhus

Sadhus promocionando “Caballos de Viento”. Fotografía: J.L.Meneses


La ostentación no brilla en los escaparates de los comercios en los que el género se encuentra apilado como los años de su milenaria cultura. Telas de infinitos colores y texturas, comparten vía pública con las prótesis dentales de aquellos que se dicen: «para qué llevármela»; dentistas y zapateros dan servicio en las mismas aceras mientras el incienso quema en los modestos altares callejeros repletos de velas y oraciones; apostados en plazas y esquinas, sadhus, con sus rostros decorados, sus largas barbas blancas y ataviados con túnicas rojo nepalí o ambarinas, ayudan a conseguir un buen Karma con o sin limosna; y, cuando tus piernas cansadas te canten «no puedo más y aquí me quedo» como hace Aute con “Palabras para Julia” de Goytisolo, alguno de los carros, serigrafiados con variados y coloridos dibujos, adornados con flores y tirados por bicicletas, te llevarán de regreso al recogimiento necesario para estar en forma a la mañana siguiente.


4. Complejo Hanuman Dhoka

Templos del complejo Hanuman Dhoka en la Plaza Durbar. Fotografía. L.L.Meneses


 El complejo arquitectónico Hanuman Dhoka, se encuentra en la Plaza Durbar, en el casco antiguo de la ciudad. Su construcción se inició con la dinastía de los Licchaci, a partir del siglo IV d.C. y fue ampliada siglos más tarde por los Malla y Shah, que reinaron en el Valle de Katmandú. Sus habitantes, los newar, procedentes de la India, del Tíbet y Myanmar, desarrollaron una cultura propia que abarcaba el arte, la arquitectura, la literatura, la agricultura, el idioma, la política, la religión, el comercio o la gastronomía, de la que hoy se sienten orgullosos.


El complejo ocupa un espacio de alrededor de cincuenta mil metros cuadrados en los que se ubican, además del Palacio Real, varias plazas, patios y una cincuentena de templos con formas de pirámides que fueron duramente castigados por el terremoto de 2015. Algunos de los templos más visitados son el Kasthamandap, una de las pagodas más grandes de Nepal construida con la madera de un solo árbol; el de Taleju, Mahendreswara, Kotilingeswara Mahadev, Jagannath, o el Basantapur, de nueve pisos, construido durante la dinastía Shah y un largo etcétera. Cada uno de ellos es merecedor del capítulo de un libro y de un sentido recuerdo que permanecerá en la mente del viajero que reposó su mirada en ellos antes del seísmo.


5. Palacio Real

Palacio Real. Fotografía: J.L.Meneses


Al Palacio Real se entra por la Puerta de Hanuman en la plaza Durbar, es la puerta principal precedida por la estatua de Hanuman (dios mono) que permanece inmóvil bajo palio, vestida de rojo y adornada con collares de flores. Dos leones, uno a cada lado de la puerta, custodiaban la entrada. Sobre ellos, el dios Shiva y su esposa Parvati. Tras cruzar la puerta encuentras la plaza Nasal Chowk, en la que se celebran las coronaciones de los reyes Malla y Shah y sus descendientes hasta la del rey Gyanendra, que regentó el país desde el año 2001 hasta el 2008 (año internacional de la patata, según la FAO, o de la rata según los chinos) en el que el Parlamento de Nepal abolió la monarquía y estableció la república. En el interior del recinto se encuentra el Sisha Baithak, la cámara de audiencias; Templo Panch Mukhi Hanuman, con sus techos circulares y solo accesible a los monjes; el Museo Tribhuvan en el que, entre otros enseres, se encuentra el pájaro de peluche favorito del rey Tribhuvan; las plazas Lohan Chowk con sus cuatro edificios rojos; Mul Chowk para prácticas religiosas; o, la de Mohankali Chowk, con una puerta que da acceso a los aposentos reales.


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Jatamansinos rezando. Fotografía: J.L.Meneses


En la plaza Durbar siempre queda algo por visitar, un detalle arquitectónico en el que fijarse, una ceremonia religiosa que llama tu atención, el ir y venir de los jatamansinos, o, simplemente, distraerse y relajarse contemplando las infinitas palomas revoloteando por los tejados. Las plazas y las calles están llenas de vida, sencilla, a veces demasiado y todo ello hace que el dolor por el terremoto que arrancó de cuajo tanta grandeza permanezca en el recuerdo del viajero.


Pero, bajo el cielo de Katmandú y sus alrededores hay mucho más que ver, qué sentir y mucho más sobre lo que escribir: el Jardín de los Sueños; la pagoda de Boudhanat; la localidad y templo de Pashupatinath; o el complejo de Swayambhunath, también conocido por el templo de los monos. Y, si toda esa oferta no te parece suficiente, Nepal te invita a visitar muchos más lugares como Bhaktapur y sus numerosas pagodas; Lumbini, lugar de peregrinaje y donde nació Buda; navegar en canoa por el Rapti River en el Parque Nacional de Chitwan y bañarte con los elefantes; viajar hasta Pokara para pasear por su tranquilo lago Phewa mientras contemplas los Anapurnas al alba, o subirte en una avioneta para posar tu ojos sobre la cima del Everest cuando la edad ya no te permite poner los pies. Alimentar tu alma con tanta maravilla no te quitará el apetito, al contrario, te invitará a degustar la comida típica nepalí como el Dal Bhat: arroz, verduras, lentejas y especies; el Thentthuk, sopa de fideos; o, las papillas Tsampa, típicas de las localidades cercanas al Himalaya.


Hoy he vuelto a poner caballos de viento en los balcones de casa para que, más pronto que tarde, Nepal vuelva a mostrar su sonrisa amable y su maravillosa cultura.





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