“Viaje al sur del Yangtsé” por la “ruta del té y del caballo”

Recuerdo que un sacerdote portugués que residía en Macao, el padre Texeira, me decía que cuando sus compatriotas llegaron a aquel punto del sudeste asiático y se encontraron con los chinos “los bárbaros no eran ellos, lo éramos nosotros”. La conclusión es que los europeos debemos viajar a China con humildad, tratando de aprehender todo lo que sus gentes y sus paisajes nos ofrecen y conscientes de que debemos limitarnos en nuestro periplo, forzosamente breve, a conocer una mínima parte de aquel inmenso país.


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Marta Torres Santo Domingo es filóloga, historiadora y bibliotecaria, tres condiciones que hacen de ella una viajera excepcional muy diferente del turista al uso. Por de pronto y sabiendo que en el viaje que había proyectado no podía abarcar todo el país, escogió una zona determinada, la que pertenecía la antigua “Ruta del té y del caballo” que discurre por el sur de China y que le llevó por las provincias de Yunán, Ghizou, Guanxí y finalizó en la de Cantón/Guangzhou para recalar finalmente en la ciudad autónoma de Hong Kong. Aquella singladura, llena de experiencias inolvidables, la ha relatado en el libro “Viaje al sur del Yangtsé” (Laertes)


Recordemos que el Yangtsé es el tercer cauce fluvial del mundo, tras el Amazonas y el Nilo y la ruta citada, “una antigua red de caminos comerciales que unía las regiones productoras de té del sur de China con el Tibet”. Al Tíbet (“una elevada meseta rodada montañas más altas de la tierra”) llegaba la preciada planta de China y la intercambiaba por equinos, aunque también se comerciaba con sal, seda y porcelana en una relación que tuvo inevitables y profundas influencias culturales, espirituales y religiosas, puesta seriamente en peligro durante la malhadada “revolución cultural”, que destruyó más de 6.000 monasterios.


Torres, que es una persona sensible, advirtió que “en China hay una ausencia material del pasado que puede resultar desconcertante para los viajeros occidentales. Debido a que la arquitectura china se vale de materiales frágiles y perecederos, fundamentalmente madera y ladrillo, incorpora lo que Leys denomina una «obsolescencia integrada», es decir, se sabe que durará relativamente poco y exigirá una reconstrucción frecuente. Por ello, para los chinos el pasado no habita en los monumentos históricos, sino en las personas”. En consecuencia y aunque en su obra hay descripciones detalladas de pueblos y ciudades, así como de monumentos y viviendas tradicionales (muchos de ellos reconstruidos y, por ende, no originales), dedica una muy especial atención a las numerosas etnias locales, a sus tradiciones y formas de vida, a sus respectivas lenguas y -recordemos su condición de bibliotecaria- a su literatura:


“A lo largo de nuestro periplo -dice- hemos visitado diferentes pueblos y, a pesar de que es imposible un conocimiento profundo de cada uno de ellos en un viaje de pocas semanas, sí podíamos captar como todos han desarrollado algún elemento que sobresale y los individualiza de manera especial. Los que tienen una larga historia, una cultura más desarrollada y, especialmente, han practicado la escritura desde hace siglos, como los tibetanos, son más fáciles de reconocer, pues han dejado a través de la literatura muestras de su historia, sus mitos, sus héroes o sus libros sagrados. También es posible sabre más de los naxis mediante sus libros pictográficos. Por no hablar de las señas de identidad tan profundas que ha impregnado sus respectivas religiones, budismo e islam, en los tibetanos o los hui. Otros han plasmado su espíritu y su concepción del mundo a través de la arquitectura, los bordados o la joyería de plata, como los bai o lo miao. ¿Y los dong? Los dong, un pueblo sin escritura, ha desarrollado su cultura a través de un profundo sentido de comunidad que se hace visible en varios elementos que no tienen paragón con sus vecinos, (como) lugares para reunirse… y conjuntos de música vocal polifónica”. Pero esta espléndida diversidad ancestral está en peligro por intenso proceso de aculturación realizado por la etnia mayoritaria en aras de la “unidad nacional”, al punto que “la desaparición de las minorías absorbidas por la etnia han dominante es un hecho real en China”.


La autora siguió su recorrido pertrechada de una excelente preparación documental, puesto que había conocido y leído muchos de las memorias y relatos de viajeros que la precedieron, lo que le da pie para enriquecer el texto con numerosas y oportunas citas y añadir un apéndice bibliográfico comentado con autores españoles -entre ellos la exótica y apasionante Marcela de Juan- y extranjeros. Todo lo cual le permite intercalar apuntes sobre numerosos temas que contextualizan el sentido de lo que ve, como sus referencias al confucianismo, las sociedades matriarcales, el concubinato, el té, las nefastas consecuencias de la ya citada revolución cultural, o el paso de los hippies en los años sesenta del siglo pasado. Y, como en todo viaje, no faltaron las anécdotas, tales la obsesión de los turistas chinos -puesto que en esta zona es mayoritario el turismo doméstico- por fotografiarse con los viajeros españoles, o el hallazgo, en algún punto de su recorrido, de vino español (parece que como consecuencia del intenso proceso de introducción de los productores hispanos en ese gigantesco mercado) 

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