Por las bravas aguas del Noguera desciende el oro, el bronce y la plata

José Luis Meneses

Hace cincuenta años, mi amigo Aleix, me invitó a visitar su pueblo. Le conocí en el instituto donde cursábamos el preuniversitario y, antes de que cantase el gallo, entablamos una amistad que ha ido evolucionando con los años como el cauce del río Noguera Pallaresa. Él, es de Sort, localidad que en aquellos años yo ubicaba donde Cristo perdió la alpargata. Claro que, en aquel entonces y con los años que teníamos, lo que tiraba era Barcelona o la Costa Brava donde florecía “la movida”, intelectual y carnal, sobre todo a partir de primavera. Pero la primavera pasaba y también los largos veranos que colmaban todos los anhelos juveniles, se volvía a la rutina con las velas arriadas y la relajación de los miembros. Fue en ese contexto, que mi amigo me propuso viajar a su pueblo.


1. Sort, 1970

Sort, 1970. Fotografía: J.L. Meneses


Eran fechas navideñas, la nieve cubría las montañas y los tejados de los pueblos del Pallars Sobirà. Llegar a Sort era toda una experiencia que podía durar casi el día entero. El coche, después de atravesar los numerosos pueblos que se apiñaban en torno a la gran ciudad de Barcelona, se abría paso por estrechas carreteras en las que te adormilabas a la sombra de los camiones Pegaso, sobre todo, en el puerto del Bruc. La parada en la Panadella era casi obligada, te permitía desentumecer las piernas y comer algo para reemprender el largo viaje en condiciones adecuadas. Por delante, quedaba la mitad del camino, pero el doble de horas. Había que transitar por carreteras nacionales, comarcales y locales estrechas, atravesar pueblos y aldeas, subir los 1100 metros del puerto de Comiols capaz de fulminar la correa de un Seat 600, hasta llegar al Desfiladero de Collegats, la frontera natural que da acceso al Pallars Sobirá. Ya estamos, te decías. Pues no, solo habías llegado al último tramo. Hoy, los veinticinco kilómetros hasta llegar a Sort los puedes recorrer en media hora, gracias a los cinco túneles construidos; en aquellos años, sin los túneles del Borrell, natural de Pobla de Segur y hoy flamante ministro de exteriores de la Unión Europea, había que transitar por una estrecha carretera con infinitas curvas que acababa demorando la llegada hasta un par de horas si había vómitos de por medio. En mi caso, me recuperaba pronto porque la Carmeta, la madre de Aleix, me daba buen cobijo y mejor afecto. Resumiendo, si salías de Barcelona a nueve de la mañana, podías llegar a Sort a la hora de merendar. Pero, parafraseando a Enrique IV, el Pallars Sobirà bien vale una misa.


2. Rio Noguera Pallaresa

Río Noguera Pallaresa. Fotografía: J.L. Meneses


El Pallars Sobirà era un lugar perdido en las altas montañas de los Pirineos. Llegar, como hemos comentado, requería paciencia y tiempo. Se podían contar con los dedos de una mano los que escogían este destino como lugar para pasar el fin de semana, incluso los períodos vacacionales y se podían contar con los dedos de la otra, las veces que los jóvenes del Pallars que estudiaban en la ciudad regresaban a sus casas como no fuese en vacaciones. Hoy, sin temor a equivocarnos, podemos decir que la estrategia de nuestro Señor con el Pallars Sobirà fue acertada al situarlo lejos y complicar su acceso, sin duda, quería proteger y preservar este lugar a imagen y semejanza del Paraíso de las hordas vandálicas que invadieron otros lugares modificándolos a su antojo. Pero nuestro Señor, generoso y compasivo, también concedió al hombre el libre albedrío y es la mano pecadora de ese hombre que se asoma y se esconde según le convenga la que pone en peligro, día sí y otro también, este bendito entorno natural. Bien podrían meterse algunos esa mano por dónde les quepa.


3. Nacimiento Noguera

Nacimiento del río Noguera Pallaresa, Pla de Beret. Fotografía: J.L. Meneses


El río Noguera Pallaresa y su hermano el Garona, nacieron hace millones de años del vientre de las fértiles tierras del Alto Pirineo, a unos mil novecientos metros de altitud, concretamente en el Pla de Beret, en la comarca pirenaica del Valle de Aran. Apenas unos pocos metros separan sus cunas. El Garona, nada más nacer, parte hacia el norte, hacia Francia para ir a desembocar, después de algo más de quinientos kilómetros, en el estuario de Burdeos, en el mar Atlántico. El Noguera Pallaresa, sobre el que versa este artículo, se resiste a perder la excelente climatología de nuestro país y tras una apacible infancia y encendida juventud por tierras del Pallars Sobirà, se sube a lomos del Segre para llegar al Ebro y desde allí al mar, nuestro mar Mediterráneo, azul de Algeciras a Estambul, como canta Serrat y me recuerda mi hermano Jesús, Dios le tenga en su Gloria.


4. Montgarri

Montgarri, Valle de Arán. Fotografía: J.L. Meneses


El primeros pasos del Noguera Pallaresa transcurren por el Pla de Beret, precioso cuando se viste de blanco los meses de invierno e impresionante cuando la primavera y el otoño pintan de colores todo el entorno. Allí, se encuentra el pueblo de Montgarri con su flamante monasterio construido en siglo XI que dio cobijo, escucho rezos y en el que se celebraron ceremonias hasta que los vecinos abandonaron el pueblo. Como ha sucedido en otros muchos lugares, culpan a la climatología del abandono y me pregunto, si la climatología era tan mala, porqué se instalaron y vivieron allí durante siglos. No será que les abandonaron a su suerte después de ponerles ante sus narices una radio y un televisor para que se enterasen de lo bien que se vivía en otros sitios. Nadie deja su tierra si en ella recibe los servicios esenciales. Últimamente escucho en la verborrea de los actuales políticos motivar a la gente a regresar a los pueblos que abandonaron. Ahora, les conviene que pastemos fuera de las ciudades, vamos, que sus políticas cortoplacistas, necesarias para mantenerse en la poltrona, les impidieron ver más allá de sus narices. O quizás, sea por del valor de los votos, vete tú a saber, porque por cuestiones de control y manipulación no puede ser, ya que con las modernas tecnologías saben cuándo y dónde nos compramos los últimos zapatos o árbol del monte en el que en ocasiones orinamos.


5. Pallars Sobira

Alto Aneu, Pallars Sobirà. Fotografía: J.L. Meneses


Siguiendo el curso del río pronto queda atrás el Valle de Aran y se entra en el Pallars Sobirà. El Noguera Pallaresa crece rápido y los torrentes que bajan entre las laderas de las altas montañas como el de Llançanes, Cireres, Porquèr o Gavècs, entre otros, incrementan su caudal y su anchura. El ganado pace plácidamente a orillas del río escuchando las infinitas tonalidades de la música del agua, los agudos cuando el río brama o los graves cuando se relaja y mientras, por las altas montañas campa el oso pardo, ciervos, corzos, gamos, jabalís… en paz y armonía con la naturaleza.


Hemos recorrido algo más de diecisiete kilómetros por caminos de tierra sin perder de vista el río y nos encontramos con un puente románico del siglo XII que nos recuerda que estamos cerca de la localidad de Alós de Isil, el primer pueblo habitado del Pallars Sobirà y en el que se encuentra la Iglesia de Sant Lliser, también de inicios del siglo XII. A poca distancia, el río nos lleva a Isil y en su orilla, la iglesia románica parroquial de Sant Joan de Isil que, como otras de la misma época, forma parte del patrimonio cultural de la comarca.


6. Sant Joan d'Isil

Sant Joan de Isil, Pallars Sobirà. Fotografía: J.L. Meneses


Con los pies por delante, dejándote llevar por la corriente y después de pasar un puente románico, encuentras a tu izquierda el pueblo de Borén, la iglesia de San Martín y su agradable embalse engalanado con vivos reflejos que cambian de posición, color y textura del anochecer al alba. A pocos kilómetros está Isabarre, Esterri d’Àneu y la mollera de Escalarre, en la que según la información que reza en la torre-observatorio, juguetean al escondite por el agua y entre cañizos la trucha, el piscardo, la culebra viperina… hasta la polla de agua o gallineta, entreteniendo al arrendajo, a la urraca, al pito verde… que les contemplan desde el aire.


Algo más abajo, siempre hacia el sur, la Guingueta d’Àneu y sus espectaculares vistas al embalse de la Torrassa en el que, sus tranquilas aguas y el entorno paradisíaco procuran al corazón del visitante una buena dosis del sosiego necesario para reencontrarse con uno mismo y para invitarle a orientar sus acciones hacia la paz, la convivencia, la armonía de cuerpo y alma con la naturaleza y para ayudarnos a hacernos merecedores de nuestra existencia. Si procurasen a las personas espacios como este y no el hacinamiento de las ciudades, no serían necesarios polvos angelicales para contemplar las estrellas, aunque, en ocasiones, ni espacios como este sirven para dejar los polvos y los lodos.


7. Embalse de la Torrasa

Embalse de la Torrassa. Fotografía: J.L. Meneses


Reemprendiendo el viaje hacia el sur llegamos a Llavorsí y allí, se produce el encuentro con el Noguera de Cardós que llega con las aguas del Noguera de Vallferrera. Tras los pertinentes saludos, parte crecido, envalentonado, retando a los amantes de los deportes de aguas bravas a lanzarse con sus barcas, durante un recorrido de lago más de treinta kilómetros, hasta algo más allá de la localidad de Sort. Hace más de cincuenta años que esta actividad lúdica y deportiva se lleva a cabo en el Noguera Pallaresa en la que hombre y agua se baten de igual a igual, con nobleza, con respeto, sin contaminar ni alterar el entorno. Este río es conocido y apreciado por kayakistas de todo el mundo y en él, se han celebrado importantes campeonatos y lo vuelven a hacer este año: el 57 Rally Internacional, la 1ª Copa de España de Estilo Libre, la Copa Catalana de Eslalom JJPP, la Copa de España de Eslalom JJPP y el Campeonato de España Eslalom Olímpico.


Pero, al margen de las competiciones, también es un río muy apreciado por los amigos de las actividades de ocio y de aventura. Varias empresas dan facilidades con su infraestructura y equipaciones para realizar todo tipo de actividades como rafting, hidrospeed, barranquismo, canoa, ponting o pasear a caballo junto a la orilla. La experiencia adquirida por las empresas de la comarca durante años, posibilitan una oferta de calidad y permite que tanto niños como adultos puedan realizar las actividades de manera segura. 


8. Ocioy deporte

Deporte y ocio en el río Noguera Pallaresa. Fotografía: J.L. Meneses


Antes de abandonar el Pallars Sobirà, el Noguera Pallaresa sigue dando vida y alegría, desde hace millones de años a los afortunados pobladores del sur de esta singular comarca. El clima se ha moderado y también la altura de valles y montañas. Las aguas fluyen hacia el sur con su bravura templada y es posible ver a las truchas autóctonas, salvajes y fuertes, transitar río arriba y no solo para desovar, sino también por su deseo de permanecer en el Pallars. Tampoco con este artículo abandonaremos estas tierras. Volveremos a dejar que la corriente nos lleve, hacia el sur, hasta las localidades de Montardit, Baro, a la ermita románica de Nuestra Señora de Arboló, pasaremos por el puente que desde el siglo XI permitió la convivencia entre los habitantes de Gerri y los monjes del Monasterio de Santa María de Gerri construido a principios del año 800.


Llegamos al tramo final del río y como no queremos queremos abandonar la comarca, no hay mejor lugar en el que apearse que en el desfiladero de Collegats. Mi apeadero preferido, a largo de los cinco kilómetros del estrecho desfiladero, es La Argenteria. Sentado sobre un mojón de la antigua carretera puedes observar como el agua, que durante siglos ha caído por las paredes de roca calcárea, ha ido modelando paso a paso y gota a gota la pared que, según cuentan, inspiró a Gaudí en el momento de definir la fachada del singular edificio de la Pedrera en Barcelona.


Como las truchas, me resisto a abandonar el Pallars Sobirà. Regreso río arriba y mientras lo hago, permitirme os deje un nuevo video que certifica lo que escribo y que en esta ocasión, sin que sirva de precedente, me despida de vosotros con un poema que escribí sobre el Noguera Pallaresa hace un par de años.


Sort, julio de 2019


Se acabó el festejo,

estrellas de pólvora y fuego

compiten por alcanzar el cielo

entre el ocaso y el alba.


Olor, a hierba segada

a música en el espejo

de las aguas de un río que brama

entre montañas que contemplan

la procesión de las horas

en el pliegue de sus faldas.


Por las bravas aguas del Noguera

desciende el oro, el bronce y la plata

a la sombra de banderas que flamean

vientos de norte mecen sus alas.


Entre las casas de piedra y pizarra

los vecinos cantan y bailan

al son de tambores y flautas

compartiendo en armonía

las cuerdas del pentagrama.


A corazón abierto

los cuerpos se abrazan

a la sombra de las llamas

y las sonrisas florecen

sobre los campos del alma.


Calores de julio

noches templadas

tatuadas en la cara de la aurora

mil imágenes y palabras 

de un pueblo

de un río

y de una gente

que unidos cabalgan…

cuando cabalgan.





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