domingo, 28 de noviembre de 2021

Tana Toraja: “La muerte no es el final del camino” (Segunda parte)

José Luis Meneses

Esta es la segunda parte del artículo que publiqué hace aproximadamente quince días con el título “La muerte no es el final del camino - I”. Si en la primera hice una aproximación al entorno y a la vida de los torajas, en esta, lo haré sobre sus creencias sobre la muerte y su relación con los muertos. En ninguna otra parte del mundo se practican ceremonias y rituales funerarios como los de la región de Tana Toraja, un paraíso perdido entre montañas al sur de la isla de Sulawesi, una de las más de 17.00O que tiene Indonesia. Lo que no acabo de entender es cómo se encontraron en ese laberinto portugueses, españoles, neerlandeses y británicos en sus aventuras colonizadoras. Lo que sí me resulta familiar porque no es la única vez que sucede, es que además de proveerse de las codiciadas especies “clavo”, “nuez moscada” o lo que se terciara, para no perder la costumbre conquistadora se liaran a mamporrazos con los nativos por aquello de que «la tinta con sangre entra» Como no es correcto irse sin pagar, la moneda con la que los aguerridos conquistadores acostumbraban a hacerlo era con clases de religión. Algo hemos progresado al sustituir las clases y los mamporrazos por el dólar o por las criptomonedas actuales. De todas formas, las clases siempre dejan huellas, también en los torajas.


Edificaciones funerarias. Tana Toraja, Isla de Sulawesi. Fotografía: J.L. Meneses

Edificaciones funerarias. Tana Toraja, Isla de Sulawesi. Fotografía: J.L. Meneses


Los torajas, habitantes de las tierras altas de Tana Toraja, combinan principios religiosos animistas (todo lo que nos rodea tiene alma) y sincréticos (mezcla de creencias de diferentes religiones), con las creencias de sus antepasados sobre el ser y el devenir del cuerpo y del alma. Para ellos, la persona no muere con el último hálito, enferma (makala) y poco a poco se deteriora hasta morir (tomate). Es entonces cuando su alma, liberada, alcanzará la Puya, el lugar en el que habitan los espíritus. La cultura de la muerte de los torajas ha motivado a muchos de aquellos viajeros que buscan, en lo diferente, el motivo que justifica su viaje. Como decía mi padre y me lo recuerda con cierta frecuencia, «cada cual se labra su propia ventura (felicidad)» En base a esto, me parecen bien todo tipo de viajes y los motivos para hacerlos, eso sí, sin mamporrazos por medio y que cada cual aguante su vela.


Mezcla de creencias y tradiciones. Fotografía: J.L. Meneses

Mezcla de creencias y tradiciones. Fotografía: J.L. Meneses


En casi la totalidad de los pueblos del mundo, no tardamos más de una semana en dar sepultura o incinerar al muerto. Cuando el último aliento acaricia los labios, nos despedimos con todo respeto y cerramos, a cal y canto, el lugar que albergará el cuerpo que no volveremos a ver. “Era su hora”, “ya está en el cielo”, «le echaremos en falta»…, solemos decir entre otras condolencias a los familiares. También, los acompañamos en su sentimiento y nos vestimos con respetuoso negro o con discretos colores y, con o sin ceremonia religiosa, caminamos tras el féretro hasta el cementerio. En la lápida del sacrosanto sepulcro escribimos su nombre, la fecha de nacimiento, la de defunción y quizás una frase con cuatro palabras que resuma algo que le significó en su vida. Los torajas no entenderían este proceder y probablemente, con su razón, nos criticarían diciendo “¡qué rápido se sacan el muerto de encima!”. Nosotros, solemos utilizar esta expresión cuando alguien quiere librarse de algo y no precisamente de sus seres queridos. Todo es cuestión de cultura, de tradiciones y ninguna es mejor o más adecuada que la otra, hasta que se demuestre lo contrario.


Entre tanto, lo mejor y lo más adecuado es respetar las tradiciones de este mundo multicultural en el que nos encontramos, sean cuales sean y resulten lo chocante que nos resulten. No hay buenas o malas tradiciones, ni mejores o peores, sino diferentes maneras de ver y entender la vida en cualquiera de sus fases, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. La diversidad enriquece, a los seres humanos, a la naturaleza y el entorno, mientras que la homogeneidad, la uniformidad, empobrece el viaje a través de la vida. Estoy convencido de que cuando Joan Baez canta su, «gracias a la vida que me ha dado tanto», se está refiriendo a la diversidad, a todas las cosas diferentes que la vida nos ofrece, empiece cuando empiece, termine donde termine y provenga de donde provenga. La diversidad en las opiniones enriquece el concepto de vida, con la homogeneidad nuestro intelecto pierde su libertad, se empobrece y hasta llega a aborregarse.


Mujeres torajas en una ceremonia funeraria. Fotografía: J.L. Meneses

Mujeres torajas en una ceremonia funeraria. Fotografía: J.L. Meneses


La cultura toraja, se niega a sacarse el muerto de encima, todo lo contrario, quieren que el muerto permanezca conviviendo con ellos hasta la celebración de un funeral que suele tardar meses, incluso años. Con este entendimiento de que cuando mueren se van en parte, pero no del todo, los torajas se imponen una serie obligaciones con el fallecido, pare ellos enfermo, similares a las que tenían en vida. Subrayo la palabra “enfermo”, “makala” en toroja, porque es así como denominan al fallecido antes de estar “muerto”, “tomate” en toroja, que sucederá después de celebrar el funeral. Si la vida es de por sí larga, el estado de “enfermedad” para los torajas puede durar años, cuantos más mejor y, por lo tanto, convivirán y se cuidarán del familiar como lo hacían en vida.


Cuando cae “enfermo” tras su último aliento, lo embalsaman, le visten con su mejor ropa y con todos los complementos que solía llevar en vida: gafas, reloj, peinetas, collares…, ocupará un lugar en la vivienda, frecuentemente donde estuvo siempre, hasta que llegue el día del funeral que, como hemos comentado puede tardar bastante tiempo en llevarse a cabo. La familia, adultos y niños, se relacionan con él como si estuviese vivo, le hablan, le acarician, le cantan, mantienen su mejor aspecto y le ofrecen agua, comida, incluso cigarrillos si el difunto o difunta tenía esa costumbre. Algo parecido a lo que nosotros hacemos con nuestros abuelos vidos: «Adiós, abuelo, me voy a trabajar; ¿necesitas que te ayude?; ¿quieres algo?; cuéntame un cuento, abuelo; te quiero abuelita…» Los nuestros responden, quizás siempre lo mismo, los familiares fallecidos de los torajas les hablan desde su memoria.


Balcones y tumbas de Lemo, Tana Toraja. Fotografía: J.L. Meneses

Balcones y tumbas de Lemo, Tana Toraja. Fotografía: J.L. Meneses


Durante el tiempo que el difunto permanece en casa, los torajas también preparan el lugar que albergará su cuerpo después del funeral. El descanso eterno no será bajo tierra, sino en cuevas hechas en las rocas, que no se cerrarán a cal y canto, en pequeños tongkonans (forma típica de las viviendas torajas) o en ataúdes suspendidos en paredes de granito. Los difuntos compartirán ese espacio con figuras de madera, “tau tau”, que procurarán que se parezcan lo más posible al fallecido y permanecerán visibles en balcones y huecos delante de sus tumbas. Los tau tau pueden ser más o menos grandes y mejor acabados en función del artesano y del precio. Estas sepulturas, balcones y figuras, pueden verse en varios lugares de la región de Tana Toraja, siendo las más conocidas y visitadas las de Lemo, Londa o las de Tampang Allo, a las que se puede llegar fácilmente desde la localidad de Rantepao. Se pude contratar un guía todo el día por unos cincuenta euros o alquilar una moto. Dependiendo del tiempo que se disponga lo recomendable es un guía, ya que están al corriente de dónde se celebran funerales y saben muy bien cómo llegar a los lugares mencionados. Por otro lado, viajar en moto te permite explorar, visitar más lugares, permanecer en ellos el tiempo que quieras y sale mucho más barato.


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Tumbas de bebés en Kaburan Bayi Kambira. Fotografía: J.L. Meneses


Hace algunos años no se seguía el mismo proceso con todos los fallecidos cuando se trataba de bebés, me refiero a la convivencia con el difunto y a su aplazada sepultura. En Kaburan Bayi Kambira, a unos veinte kilómetros de Rantepao, puede verse un ejemplo de tumbas de bebés en el ancho tronco de los árboles. En ellos depositaban, y utilizo el pasado porque en la actualidad ha dejado de hacerse, a las criaturas en las que que aún no habían aparecido los dientes en sus tiernas encías (aproximadamente entre los cinco y los ocho meses). Los torajas, hacían un hueco en el árbol, envolvían su cuerpecito en una sábana y sellaban la entrada con hojas de palma. La explicación que dan los torajas es que el bebe no puede alcanzar la Puya por sus propios medios y que de la mano del árbol crecen y llegan al lugar donde habitan los espíritus. He visto en los templos de Angkor en Camboya como los árboles abrazan y acogen piedras en su crecimiento, cómo no iban a abrazar y acoger bebés. Por otro lado, el árbol es el símbolo de la vida, sus raíces nos recuerdan de dónde venimos; su troco simboliza la vida y es allí donde descansan los bebés torajas fallecidos; y las ramas, los diferentes caminos para llegar al cielo. Qué mejor lugar de reposo para tan pequeñas criaturas. 


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Funeral toraja. Fotografía: J.L. Meneses


 Los funerales no se celebran hasta que los familiares han reunido suficiente dinero para realizarlos con la pompa que el fallecido merece. No son cantidades pequeñas, me refiero que pueden ser miles de euros según la clase social o el nivel económico del difunto y no será funeral digno si no se pone el máximo empeño en su organización. Construyen casetas para alojar y dar de comer a los familiares, amigos y otros invitados, a veces, para un solo funeral. Tienen la forma típica de barco, tongkonan, y se decoran con todo tipo de detalles; llevan o compran decenas de cerdos y también búfalos de agua, incluso los más valorados de color blanquecino con los ojos azules que, como solemos decir, cuestan un riñón; contratan músicos y prepararán todo aquello que es necesario para atender a los asistentes los días que dure la ceremonia. Durante la celebración sacrifican animales, se canta, se desfila y se presentan los respetos al difunto de todas las formas posibles. Con el vídeo que acompaño puede uno hacerse una idea de la magnitud e importancia que dan los torajas a las ceremonias fúnebres. Estar allí presenciándolo en directo y con todos los sentidos dispuestos, no tiene parangón, aunque lo pretenda con las imágenes tomadas.


Funeral toraja. Fotografía: J.L. Meneses

Funeral toraja. Fotografía: J.L. Meneses


El artículo quedaría incompleto si no escribiese, aunque sea brevemente, sobre el impactante ritual Ma’nene, “limpiar a los muertos”, que los torajas llevan a cabo en las tierras altas de Sulawesi. Se celebra cada tres años y consiste en desenterrar al familiar y convivir con él algunos días. Aunque a nosotros nos resulte extraño para ellos es una alegría, una manera más de expresarle su respeto y su afecto. Aprovechan este encuentro para adecentarles: limpiarles, cambiarles la ropa, volverles a colocar sus objetos personales y pasearles por la localidad para compartir con los vecinos el reencuentro y para que vuelvan a formar parte de la comunidad. En esta ocasión, obviaré incorporar imágenes ya pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Por otro lado, en dos ocasiones que he incorporado imágenes de las costumbres de este lugar o de las que se llevan a cabo en ciudad nepalí de Pashupatinath, “la ciudad de los muertos”, he recibido comunicados de restricciones en su divulgación por parte de algunas redes sociales y no las han levantado ni aun justificando su importancia al formar parte del patrimonio cultural de la humanidad. Eso sí, permiten gilipolleces y otras mandangas las 24 horas del día, incluso las que se ventilan en sede parlamentaria.


Para finalizar, quiero señalar que la muerte forma parte de la vida y que, aunque haya diferentes modos de verla, recibirla y entenderla según la personalidad de cada uno, hay un denominador común que compartimos todos los seres humanos sea cual sea la cultura a la que pertenezcamos y es, que la muerte no es el final del camino. De una u otra manera nuestros seres queridos permanecen en nosotros, habitan en nuestra memoria, seguimos amándolos, respetándolos, comunicándonos como quizás antes no lo habíamos hecho y ellos, como siempre, siguen ayudándonos a seguir transitando por la vida con sus comentarios y recomendaciones. Si queremos, podemos seguir conviviendo con ellos, yo lo hago, “desentierro” a mis seres queridos con más frecuencia que los torajas y para ilustrarlo, sin que sirva de precedente, aunque si procede puedo volver a hacerlo, finalizo este artículo con dos ejemplos de convivencia post mortem, deseada, intensa, emotiva, profunda… El primer reencuentro, es una foto de mi padre que abro en la pantalla de mi ordenador porque me parece más real. El otro reencuentro, es mediante una carta que le envío a mi madre. Tengo la impresión de que la imagen que acompaño y la poesía con la que finalizo el artículo no serán objeto de restricciones, aunque si lo son, no pasa nada que no deba pasar.


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Videollamada con mi padre, Ángel (1916-2002). Fotografía: J.L. Meneses 


Carta a Carmen, mi madre

(1916-2008)


Viví en tu vientre

pequeño, tenue, silencioso y cálido

el tiempo suficiente para conocer el cielo.

Tu corazón me hablaba con dulzura

cuando me mecías con tu baile

en la cuna de tus entrañas.


Un viento cálido me llevó a la luz

y navegué por el túnel del mundo

dejando atrás para siempre el paraíso.

Una fría tarde de noviembre

te fuiste con las hojas del otoño

y te llevaste de la mano el cielo

al que nunca podré volver.


Me has dejado el recuerdo

para que se bañe en sonrisas y lágrimas

mientras mi corazón late

un año más, un día más.

Sé, que no nos encontraremos

al final del camino

pero… ¡fue tan hermoso!

Hace muchos años

conocí la felicidad absoluta

estaba en un rincón de tu cuerpo.


Para ti madre y para mí

de nuevo, solo somos uno.

Estamos como estábamos.


Poesía de J.L. Meneses publicada en su libro “Imágenes y palabras” 


Si nos fijamos en las “formas”, las diferencias entre la cultura de los torajas y la nuestra son abismales. Si nos centramos en el “fondo”, las similitudes son enormes. Y ahora sí, finalizo como empecé: la muerte, no es el final del camino.






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