Provincia de Misiones, Argentina

En tierras de los guaraníes

José Luis Meneses

El artículo sobre las tierras de los guaraníes a las que pude llegar con Cabeza de Vaca, gaditano de pura cepa, si hubiese nacido cuatrocientos años antes, voy a publicarlo en dos partes. En la primera, hago referencia a los que fueron, son y serán los primeros pobladores desde el siglo V y sobre el entorno paradisíaco en el que vivieron, la selva de Iryapú; en la segunda, de aquí a unos quince días si el viento sigue soplando a mi favor, lo haré sobre las cataratas de Iguazú, las más impactantes del planeta y una de las siete maravillas de este mundo. Espero, que este viaje sin movernos del sofá, entre otras razones por culpa del “cabronavirus-19/variante 0micron-21”, sirva de distracción para aquellos que, parapetados tras la mascarilla, no soportan tanto recogimiento y profieren improperios quien sabe contra quién y porqué, eso sí, con ese tono y talante tan ibérico que nos caracteriza.


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Tierras guaraníes. Imagen: J.L. Meneses


Cuatrocientos años después de la expedición de Cabeza de Vaca, llegué en autobús a la provincia de Misiones procedente de Buenos Aires. Quince horas de viaje y casi 1300 km, le ponen a uno “demente” o “defresa” en función del algoritmo utilizado. Mejor que perderse en cálculos matemáticos, en esta como en otras cuestiones, es focalizar la atención en todo aquello que sucede tras el cristal que nuestra nariz empaña al melancolizarnos con lo que vemos a lo largo del trayecto. Anclados al pezón de la naturaleza que desfila ante nuestros ojos amamantando nuestra pasión viajera, las horas, pasan como el viento huracanado mientras absorbemos las imágenes y emociones que quedarán ancladas a “puerto memoria”. Si sientes lo que estás viendo, podrás volver una y otra vez al lugar donde estuviste porque perdurará en ti hasta el fin de tus días. Sin sentimientos, el viaje por esta larga y tortuosa vida es una gorrinada más que no justifica el tiempo que dedicamos a estar erectos paseando por un mar de intrascendentes sonrisas y lágrimas. 


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Tres Fronteras. Fotografía: J.L. Meneses


Si viajas allí, en autobús o con cualquier otro medio, te apearás en Puerto Iguazú, una localidad de algo más de 40.000 habitantes mestizos situada en la confluencia de tres países: Argentina, Brasil y Paraguay. Pertenece a la provincia de Misiones y se encuentra en el nordeste del país, en la confluencia de los ríos Iguazú y Panamá.


En Puerto Iguazú, hay varias opciones de alojamiento, para todos los gustos y para todos los bolsillos. “Cabañas Luces de la Selva” es una buena opción ya que se encuentra cerca de la ciudad a la que puedes llegar caminando en tan solo quince minutos; también, del hito “Tres Fronteras”, desde donde puedes ver la confluencia de los ríos Iguazú y Panamá; está a menos de 15 km, de las cataratas de Iguazú, obra maestra del Creador; y, a tiro de piedra, la selva Iryapú, en la que se encuentra la reserva de los primeros pobladores: los guaraníes. Además, está bien de precio, 30€/noche, eso sí, comodidades las justas comparadas con las que ofrece el hotel “Gran Meliá Iguazú” que puede salirte la broma por 900€/ noche, pero bueno, con desayuno incluido y supongo que alguna cosilla más.


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Selva Iryapú. Fotografía: J.L. Meneses


La selva Iryapú, como todas las selvas del planeta, son espacios naturales que nos permiten disfrutar de la belleza, la armonía, el silencio, el aire puro, encontrarse con uno mismo y perderse en las reflexiones que sobre ella nos hacemos como consecuencia de acciones irresponsables. Caminar por sus entrañas procura una experiencia única llena de sensaciones y emociones imposibles de olvidar. La lluvia y la humedad hacen que la vegetación sea abundante, variada y que el predominante verde resplandezca más que una patena. Con cada paso, un encuentro: con las grandes hojas del ambay sobre las que descansa el rocío de la madrugada y con las que los guaraníes elaboran infusiones y ungüentos que alivian las enfermedades respiratorias; las güembé, con ambos sexos en sus flores engendrando las carnosas y comestibles bayas; las vistosas barba de chivo, con sus propiedades antinflamatorias entre otras; y el cupay, el timbó o las palmeras pindo con su dulce fruto comestible, entre otras plantas. Los guaraníes, tienen la farmacia más grande del mundo en casa y ésta, como una madre compasiva y generosa, procura todo aquello, y algo más, de lo que el ser humano necesita para ir tirando por los reinos de este mundo. 


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Poblado guaraní. Fotografía: J.L. Meneses


Allí, en la selva Iryapú, entre árboles y plantas de todos los tamaños, con propiedades infinitas, sobre un suelo rojizo como la sangre y rodeados por animales como los tucanes, vencejos, coatíes, mariposas…, vivían y viven los guaraníes desde el siglo V. Por aquel entonces, andaban en cueros como los animales y las plantas, practicaban el nomadismo, cultivaban las tierras, utilizaban su propia lengua y convivían según sus normas y creencias religiosas. Vivían en la inmensa selva, en la que hoy viven sus descendientes ya vestidos o casi, junto a ríos caudalosos y afluentes que no tenían más nombre que “aguas”, sin fronteras ni banderas y con los conocimientos necesarios para sobrevivir en un entorno natural. Vivieron así durante más de diez siglos hasta que los intrépidos y aventureros europeos, españoles y portugueses, empezaron a zigzaguear como espermatozoides por esas tierras del sur de las américas en busca de un lugar donde izar su bandera y plantar un “pino”. Algunos de ellos, ya sea porque les perdieran el respeto o para impregnarse de sus virtudes, pasaron por la barbacoa antes de hincarles el diente.


Guaraníes. Fotografía: J.L. Meneses

Guaraníes. Fotografía: J.L. Meneses


En el siglo XVI, concretamente en 1542, nuestro insigne e hidalgo compatriota y aventurero Cabeza de Vaca llegó a esas tierras en su segundo viaje a las américas. A los indígenas les cayó bien y le llevaron a las cataratas de Iguazú, “grandes aguas” en idioma guaraní, y a su poblado en la selva de Iryapú. Desde luego, lo que oyó, vio y tuvo que asimilar Cabeza de Vaca, no tiene nada que ver con lo que uno se encuentra en la actualidad. Cuentan que, barbacoas aparte, les sorprendió sus habilidades agrícolas, la utilización de platas para elaborar el te o el aprovechamiento de sus propiedades curativas para tratar enfermedades. También les sobresaltó, además de verlos andar en cueros, que les ofreciesen una mujer a cambio de una cacerola o un cuchillo, o que quisieran vender a su mujer porque ya no les gustaba. Ante tales hechos, uno no puede sorprenderse de la proliferación del mestizaje. En sus andares por la selva se impuso la abstinencia verbal y no verbal, pero, a su regreso a los poblados, no pensaban en otra cosa que desprenderse de cacerolas, cuchillos y de la armadura que tanto pesaba y restringía.


Guaraníes. Fotografía: J.L. Meneses

Guaraníes. Fotografía: J.L. Meneses


Cumplido el primer objetivo: el descubrimiento, había que abordar el segundo: cristianizar a los guaraníes y educarlos según las costumbres españolas. A partir del siglo XVII, religiosos de la Compañía de Jesús, fueron los encargados de esa labor evangelizadora. Para ello, crearon una serie de misiones jesuíticas o pueblos en los que, además de proteger a los indígenas de los españoles y portugueses que pretendían esclavizarlos , les enseñaban a leer, a escribir, latín y español y, por descontado, los preceptos religiosos imprescindibles para ascender al reino de los cielos y librarse de las llamas del infierno.


Como pasa en las mejores familias sucedió de todo. Si nos fijamos en lo bueno, los guaraníes se beneficiaron de los avances y de los conocimientos de nuestra cultura, que no son moco de pavo; pero si nos fijamos en lo malo, podríamos resumirlo diciendo que desplumamos su cultura a nuestro antojo y, en muchas ocasiones, a golpe de palo por aquello de que «la letra con sangre entra». “La Misión”, es una buena película para acercarnos a las misiones jesuíticas, sobre todo a la de San Carlos en la zona de Iguazú. Por otro lado, tanto Robert de Niro en el papel de Rodrigo de Mendoza, como Jeremy Irons en el del jesuita padre Gabriel y, Ennio Morricone con su impresionante composición musical, están, que Dios me perdone, de lengüetazo. 


Cataratas de Iguazú. Fotografía: J.L. Meneses

Cataratas de Iguazú. Fotografía: J.L. Meneses


Dada la proximidad del poblado guaraní con las cataratas de Iguazú, el lugar se ha convertido en un destino turístico de primera magnitud. Cabaza de Vaca, conquistador español y el primero que puso los pies sobre esas tierras, comentaba en sus escritos en 1542: «…el río da un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más…». De poco le sirvió el descubrimiento y su afán en proteger a los guaraníes aplicando las Leyes de Indias. La mezquindad de los vandálicos colonialistas convenció al Consejo de Indias, vaya usted a saber a cambio de qué, para que expulsasen a Cabeza de Vaca de esas tierras. El insigne descubridor fue obligado a volver a España y murió, pocos años después en Sevilla, al parecer en el silencio de un monasterio.


Este artículo no puede darse por finalizado sin escribir sobre las cataratas de Iguazú. Hacerlo a continuación daría una extensión excesiva a este artículo y, como consecuencia de ello, provocaría el abandono del lector que tiene la santa paciencia de leerme. Es por ello, por lo que, parafraseando al hidalgo Adolfo Suarez, puedo prometer y prometo escribir sobre el tema con diligencia y ponerlo a disposición del lector en una segunda entrega. Hasta entonces, les dejo con esta acertada recomendación guaraní: «Ani remombe'u mba'eve rehecha porâ'ÿre» , que viene a decir: «No cuentes nada sin verlo bien» A veces pienso que no detengo mi vista lo suficiente.





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