“El barquer”, un drama de Jez Butterworth sobre la época de los “troubles” de Irlanda del Norte

Julio Manrique dirige un complejo texto teatral con diecinueve intérpretes en el Lliure de Montjuic

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Una escena de El barquer (1)
Una escena de El barquer

 

Estuve hace algo más de diez años en Belfast con motivo del centenario del naufragio del Titanic, el famoso trasatlántico que en su navegación de Gran Bretaña a Estados Unidos colisionó con un iceberg y naufragó causando cientos de víctimas. Tras una asendereada historia reciente, la conocida como Irlanda del Norte vivía, cuando la visité, años de recuperada tranquilidad. El acuerdo de Stormont o de Viernes Santo había puesto fin a los “troubles”, eufemismo que servía para denominar el conjunto de sangrientos incidentes que caracterizaron una verdadera guerra civil durante tres interminables décadas. Como en aquel momento tanto la República de Irlanda como Gran Bretaña pertenecían a la Unión Europea, las fronteras interestatales se habían difuminado y no había problema alguno en pasar de uno a otro territorio. Y aunque el objeto de mi viaje era completamente ajeno a aquel problema político, lo cierto es que era fácil detectar cómo permanecían muy vivas sus huellas en la fisonomía urbana, en la decoración de las viviendas, en los grafitis de las paredes e incluso en la supervivencia de ciertos muros que en su día separaron las respectivas zonas de las dos comunidades enfrentadas.

Este conflicto tuvo su reflejo en la literatura y el teatro como fue el caso del autor inglés Jez Butterworth que le dedicó uno de sus textos dramáticos que Julio Monrqiue ha rescatado y puesto en escena en la Sala Fabià Puigserver del Teatro Lliure de Montjuic. Cuenta Manrique que de hecho este texto es tributario de la propia experiencia personal de su autor cuya mujer, la actriz Laura Donelly, era sobrina de un “desaparecido” durante el conflicto, otro eufemismo que se utilizaba para adjetivar a los reales o supuestos chivatos de los ingleses a los que el IRA secuestraba y/o eliminaba, lo que ocurrió en diecisiete casos.

En unos tiempos en que hemos reducido el teatro habitual a sesiones de noventa minutos y a repartos de no más de cuatro personajes, escribir y, lo que es más arriesgado aún, montar una obra de ¡diecinueve personajes y tres horas y media de duración! nos retrotrae a tiempos ya olvidados. El empeño resulta más notable aún si tenemos en cuenta que Butterworth concibió una trama argumental fiel al principio de las tres unidades teatrales -acción, tiempo y lugar- puesto que la ficción narrativa transcurre a lo largo de veinticuatro horas en mismo espacio y con prácticamente los mismos personajes: la celebración de la fiesta de la cosecha, que da lugar a la reunión de los miembros de la familia Carney -cuyo patriarca había sido militante del ejército republicano irlandés- y de algunos amigos.

Dice Manrique que “El barquer parla de la terra. De la terra com a font de vida. I, també, com a font de conflicte. De violència, de discòrdia i de destrucció. Parla de les arrels i dels ancestres. Parla dels desapareguts. Del dolor que, inevitablement, acompanya l’amor. L’amor a una persona, a una idea, a una pàtria. L’amor que et fa esclatar el cor de vida. I l’amor impossible, l’amor que, tard o d’hora, et farà mal. Parla del desig i de la màgia i de la bellesa del món. I, també, de la guerra i de les ombres del món”. Manrique, que ya había dirigido otra obra del mismo autor, “Jerusalem”, añade que “El barquer” es “una obra gran, en molts sentits. El seu extens repartiment, on es barregen persones de diferents edats i generacions, ha convertit tots i cadascun dels assajos de l’espectacle en una aventura extraordinàriament emocionant. Tot un repte però també, i sobretot, un regal. Una celebració del teatre i de la vida”.

Manrique ha dirigido con notable habilidad este reparto en el que intervienen incluso dos niños y ha enriquecido el texto teatral con la adición de algunas canciones en gaélico irlandés que ayudan a contextualizar muy adecuadamente el drama. Porque “El  barquer” es, un drama o, acaso mejor, una tragedia, en la que no falta la violencia y la muerte en un montaje espectacular con éste, al alcance solo de un teatro público.


 

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