Lola Herrera luce su espléndida madurez en “Camino a La Meca”

La longeva actriz pucelana regresa a Barcelona con una comedia de Athol Fugard que representa la opción de una mujer por la libertad.
 

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Lola Herrera y Natalia Dicenta
Lola Herrera y Natalia Dicenta

 

Si la enciclopedia virtual no miente el próximo 30 de junio Lola Herrera cumplirá 91 años. Una edad respetable en la que se supone que quienes la alcanzan se toman la vida a beneficio de inventario y se dedican a descansar. No es el caso de la actriz pucelana que sigue plenamente operativa y ha dedicado este último año a hacer bolos llevando la comedia “Camino a La Meca” de Athol Fugard por toda España. Con ella regresa ahora a Barcelona donde la representa en el teatro Goya en compañía de Carlos Olalla y de su hija Natalia Dicenta. Una coincidencia familiar que no tiene por qué reflejarse sobre el escenario donde cada cual encarna el papel que le corresponde en la ficción dramática. “Cuando estamos trabajando, dejamos de ser madre e hija, aunque es curioso comprobar que en esta obra hemos conseguido alcanzar una empatía que es más fuerte entre los dos personajes que representamos que en la propia vida real”.

“Camino a La Meca” puede ser calificada como una “obra de mujeres” que el autor sudafricano escribió inspirándose en un personaje real. “Un ser que persiguió el deseo, la luz de la inspiración que no corresponde a ninguna edad, ni a ninguna generación; alguien que prefirió las preguntas a las certezas, que valoró su libertad y su autonomía enfrentándose a su tiempo y al mundo que la rodeaba” en palabras de Claudio Tolcachir, adaptador y del texto y director del montaje.

La obra le viene, desde luego, como anillo al dedo, puesto que se centra en la actitud ante la vida de una mujer que se enfrenta al mundo que le rodea y revindica su derecho a ser y hacer lo que desea y a vivir su ancianidad en toda su plenitud. Rol que Herra ejecuta con la sabiduría de sus muchos años pisando tablas, con esa voz de los actores y actrices de otra época que, sobre resultar inteligible, está bien modulada y surge con espontaneidad y viveza. Una obra en la que, como apuntó Olalla -actor barcelonés que ha regresado a su ciudad natal de la que ha estado alejado durante dieciocho años- es como un espejo que Fugard pone frente a cada espectador para que éste se sienta representado”. 

Con Lola Herrera pasa lo que solo ocurre con las grandes figuras del mundo del espectáculo: que los espectadores acuden para ver a la actriz incluso al margen de la obra en la que participan. Algo muy fácilmente detectable en este caso tanto por el respetuoso silencio con que el público asiste al desarrollo de la función como el entusiasmo con el que a su término, cuando el patio de butacas, puesto en pie, aplaude y lanza piropos a la longeva actriz vallisoletana.

Herrera se manifiesta dentro fuera del escenario con tan enorme vitalidad que, habiendo padecido una caída en el escenario, confiesa que es justamente mientras está actuando cuando no experimenta molestia alguna. Y confiesa, no sin coquetería, que es ahora, a punto de cumplir los 91 años ,“cuando más veces oigo que me piropean llamándome ¡guapa!”.


 

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