David Abadías escribe una historia de los concilios de la Iglesia católica

La Iglesia católica ha celebrado a lo largo de sus 2.000 años de historia veintiuna grandes asambleas denominadas concilios, el último de los cuales fue el Vaticano II. En todos ellos se adoptaron importantes decisiones teológicas, organizativas y disciplinarias.

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Todavía resuena en los ambientes eclesiales el eco de la celebración del último concilio celebrado por la Iglesia católica que, convocado por Juan XXIII, finalizó Pablo VI y tuvo lugar entre 1962 y 1965. Fue el vigésimo primero de los celebrados en sus algo más de 2.000 años de existencia y cada uno de ellos marcó un hito en su evolución doctrinal, organizativa y disciplinaria. El presbítero David Abadías los ha estudiado en “Historia de los concilios. La Iglesia a través de los concilios ecuménicos” (Sekotia), una obra enciclopédica de extraordinario interés, pues no solo constituye una descripción pormenorizada de cada una del desarrollo y conclusiones de estas magnas asambleas, sino también del contexto histórico en que tuvieron lugar por lo que el texto principal está enriquecido con numerosísimas notas a pie de página que constituyen, en muchos casos, verdaderos artículos sobre temas y cuestiones paralelas, complementaria so tangenciales.

 

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Abadías subraya que, según algunos autores, concilios “universales” propiamente dichos solo lo fueron los ocho primeros, llamados también “orientales”, porque se celebraron en localidades bizantinas y antes de la división de la Iglesia a causa del cisma de Oriente, mientras que el resto más bien deberían ser considerados “generales”.

 

En esa primera etapa llama la atención de que desde el primero de Nicea fueron convocados por decreto imperial y no por el Papa, aunque el obispo de Roma solía estar representado y refrendaba sus acuerdos. Son concilios en los que se debatieron cuestiones esenciales de la fe: se fijó el símbolo del Credo -reafirmando la tercera persona de la Trinidad: el Espíritu Santo- y la fecha de celebración de la Pascua, se trató de la doble naturaleza de Cristo, humana y divina, lo dio lugar a la separación de ciertas Iglesias locales (Egipto y Siria) y  la condena de diversas herejías, se fue afirmando progresivamente el primado romano, se produjo la terrible y a veces violenta polémica iconoclasta sobre el valor y culto de las imágenes y finalmente se suscitó la discusión sobre el “filioque”, es decir, sobre si el Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo” o “del Padre a través del Hijo”, una cuestión que parece baladí pero que fue una de las causas principales del cisma de las Iglesias orientales.

 

Por otra parte, la coronación de Carlomagno por el obispo de Roma indignó en Bizancio y supuso “de facto” un cambio en la relación de dependencia de la Iglesia que a partir de entonces estuvo más progresivamente vinculada al imperio centroeuropeo y todos los concilios que tuvieron lugar a partir del siglo XII lo fueron en Occidente. En esta nueva etapa surgieron otros problemas: el de las investiduras, la reforma gregoriana, la lucha contra la herejía cátara, el apoyo a las cruzadas para la recuperación de Tierra Santa, la disolución de la Orden del Temple, la definición de la Encarnación y la Transubstanciación (en Lateranense IV), los proyectos de reunificación de las dos Iglesias -siempre efímeros- o el intento de evitar los períodos largos de sede vacante, cosa que ocurría con frecuencia. También en esta etapa se produjeron convocatorias de origen imperial, como la del concilio de Constanza por Segismundo y a muchas de ellas asistieron dignatarios civiles (Jaime I de Aragón estuvo en Lyon II).

 

Con el nacimiento de Edad Moderna la Iglesia tuvo que enfrentarse a la Reforma protestante y lo hizo con el concilio de Trento que se desarrolló en tres etapas y enfrentó a un sector más proclive al entendimiento para evitar la ruptura y otro más intransigente que creía la fractura irreversible y deseaba fortalecer la identidad propia. Todo ello para resolver problemas como el de la justificación por la fe, las Escrituras como inspiración única o compartida con el Magisterio y la Tradición y la adopción de la Vulgata (con la subsiguiente prohibición de su traducción a las lenguas locales) Así mismo se definieron los siete sacramentos, el purgatorio, el valor de las indulgencias y el culto de santos, imágenes y reliquias. Trento fue “la respuesta la reforma luterana y la realización posible, que no perfecta, del deseo de renovación interna de la Iglesia”.

 

Y, en fin, en la época contemporánea hay que registrar los dos últimos concilios: el Vaticano I, en el que se debatió sobre el primado pontificio y la infalibilidad papal (con la constitución “Pater Aternus”, que contó con notable oposición) todo ello bajo el primado de Pio IX que había aprobado el Syllabus contra los “errores de la modernidad” y proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción. El Vaticano II fue, en cambio el concilio de la “positividad”. Se celebró con la participación de otras Iglesias y trató sobre la Revelación divina, la Iglesia en el mundo, el ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad episcopal. Reformó además la liturgia -con la incorporación de las lenguas locales-, así como el derecho canónico y el catecismo.

 

A destacar que si bien la mayoría del concilios se celebraron de forma más o menos seguida, ininterrumpida y con cierta rapidez, los hubo que tardaron años en concluirse: el de Basilea-Ferrara-Florencia, nada menos que catorce. Trento se desarrolló en varias etapas. Claro que el caso más anómalo fue el del Vaticano I, que suspendió su sesiones a consecuencia de la ocupación de Roma por las tropas italianas, con la desaparición de los Estados Pontificios, y no fue clausurado formalmente hasta la celebración del Vaticano II en 1962.

 

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