Lola Cabrillana reivindica el derecho de la mujer gitana a decidir su propio futuro (“La maestra gitana”)
Una novela basada en circunstancias reales que trata del derecho de la mujer gitana a decidir su propio futuro, a la vez que describe las virtudes y defectos de una colectividad que es contemplada frecuentemente con prejuicios injustos
El pueblo gitano es un colectivo que forma parte integrante de la sociedad española desde tiempo inmemorial, pero que, aún a pesar de ello, sigue siendo observado por muchos bien bajo el prisma de prejuicios injustificados o desde una perspectiva banal o puramente folklórica. Y sin embargo se trata se trata un grupo social que ocupa ya lugares relevantes en los diversos órdenes de la vida y en el que las mujeres luchan además por adquirir el derecho a decidir su propio futuro, algo que entra en colisión con ciertas costumbres ancestrales. Lo relata Lola Cabrillana en “La maestra gitana” (Grijalbo), novela escrita según experiencias propias -ella misma es maestra, como la protagonista del relato- y en la que engarza con habilidad la ficción imaginada con la descripción de las formas de vida tradicionales en su etnia de origen.
“Yo llevaba toda mi vida luchando para que las mujeres gitanas tuviéramos un futuro” dice Mara, la protagonista, que se incorpora como profesora de un instituto de enseñanza secundaria donde tiene que ejercer de tutora de un grupo de último curso de ESO particularmente conflictivo en el hay, además, dos alumnas de su mismo origen. Estos mimbres permiten a la autora describir situaciones entrelazadas en las que debe enfrentarse a algunos temas importantes: por una parte, la obsolescencia de ciertos métodos educativos, conformistas o por mejor decir inmovilistas, incapaces de responder a las necesidades de la juventud actual, y por otra a la necesidad de resolver situaciones de conflictividad escolar sin temor, pero con imaginación.
Pero con independencia de ello, el eje principal de la narración gira en torno a la urgencia de compatibilizar las tradiciones del pueblo gitano, que Cabrillana describe con viveza y colorido -tales la ceremonia de la “pedía”, cuando se formaliza la situación de noviazgo entre dos jóvenes; la de la muerte, en el que, como en la enfermedad, “ningún gitano está solo”- y la contradicción que ello supone con ciertos aspectos de aquellas. Así la extrema inmadurez de muchos de los adolescentes que formalizan su noviazgo (“no puede ser respetable siendo unos niños tomar decisiones”), la ausencia de consentimiento real, en muchos casos, de la niña-mujer comprometida (“la niña no es propiedad de nadie para ser otorgada” por su padre) o la ceremonia de comprobación de la virginidad de esta última cuando, con ocasión de la boda, tiene lugar la ceremonia del “miramiento” o del pañuelo, a cargo de una “ajuntaora”, algo que le parece humillante.
Paralelamente a la vigencia de tales prácticas, existen otros numerosos aspectos positivos que la autora trae a colación: así la solidaridad, la generosidad, el cumplimiento de la palabra dada, la veneración de la ancianidad, la fuerza de las relaciones de parentesco, la capacidad de negociación en situaciones de conflicto mediante la intervención de “hombres de respeto”, la condena de la violencia -sí, en efecto-, el culto a los muertos y muchos otros rasgos quizá poco advertidos por los extraños. También hay una vibrante descripción de la vida familiar y del espíritu comercial de muchos de ellos como cuando se desarrolla en mercadillos o “baratillos”, donde pueden actuar como modestos vendedores quienes han cursado una carrera universitaria. La otra cara de la moneda es la denuncia del racismo e incomprensión que siguen percibiendo muchos gitanos y que se manifiesta en la desconfianza de según quien por el color de la piel o de los ojos o por el seguimiento cautelar de una mujer por la forma en que va vestida.
En “La maestra gitana” hay también, como en toda novela, un ingrediente romántico que se expresa en la feliz conclusión de la relación de Mara con su pariente y vecino Manuel, un amor durante muchos años imposible precisamente por culpa de prejuicios, en este caso propios. Y que la protagonista consigue culminar sin renunciar por ello a su vida profesional porque “por fortuna las cosas cambian y las mujeres gitanas cada vez tienen más peso en la sociedad”.
Escribe tu comentario