Eduardo Rabasa revive el paisaje humano de Ciudad de Méjico en “El hotel de los corazones rotos”

Un retrato de la antiguamente denominada capital de Distrito Federal durante los años noventa cuando había “boches” (taxis VW amarillos) y ambulancias ilegales que trasladaban enfermos a salto de mata

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Libros.El hotel de los corazones rotos

 

“Si mis dos novelas anteriores eran más conceptuales, “El hotel de los corazones rotos” (Galaxia Gutemberg) constituye un relato cotidiano” dice el escritor mejicano Eduardo Rabasa de su última obra, inspirada en “Opiniones de un payaso” del escritor alemán Heinrich Böll que la había publicado diez años antes de recibir el premio Nobel de literatura en 1972. “Quise seguir esa misma pauta con un relato aparentemente intrascendente pero bajo el que subyace el microcosmos de toda una época; en mi caso, el de una urbe como Ciudad de Méjico a la que en los años noventa se denominaba capital del Distrito Federal”. Una ciudad por la deambulaban los “boches”, unos taxis típicos caracterizados por su color amarillo que ya han desaparecido y de los que Rabasa guarda mal recuerdo porque le asaltaron el día que cumplía los 18 años mientras viajaba en uno de ellos. 

El autor reconoce que en el texto de esta novela hay muchos guiños personales, pero que no por ello puede ser considerada en absoluto una obra biográfica. Eso sí, quiere ser de alguna forma testimonio de aquella sociedad mejicana de hace tres décadas, por lo que hace girar la trama narrativa en torno a ciertos ejes. Tales la obsesión del protagonista masculino, Bruno por las “botargas”, una suerte de disfraces o mascotas que se utilizaban con fines publicitarios, para fiestas o deportes y en este caso se manifiesta en una réplica de Elvis Presley, mientras que Milena, su contra réplica femenina, refleja el ambiente de la universidad en un tiempo en hubo numerosas huelgas por la imposición de cuotas. Habría también un tercer elemento temático y es el de las falsas ambulancias, que ejercían ilegalmente el transporte de enfermos percibiendo para ello comisiones de los mismos hospitales, un fenómeno que Rabasa recuerda que lo describió muy acertadamente Natalia Beristain en una serie televisiva titulada “Familia de medianoche”. Y también hay un esfuerzo perceptible por utilizar expresiones propias de la jerga local, un detalle que sin duda llamará la atención del lector español e invitará a constatar la riqueza léxica del idioma que compartimos.

A diferencia de sus novelas anteriores, redactadas en tercera persona, en “El hotel de los corazones rotos” es el mismo protagonista el que habla. “No es un capricho, ni un detalle banal, sino mi deseo de reflejar su monólogo interior”. Es, en todo caso, una historia urbana en la que no faltan elementos peculiares como los referidos a ciertas formas alternativas de religiosidad que son fruto del curioso sincretismo religioso del país y que se traduce en la existencia de iglesias a las que acude la gente para someterse a verdaderas terapias. “Un mundo muy curioso al que tuve particular interés en aproximarme y al que trato con mucho respeto”.

Rabasa comenta que también en Méjico se está imponiendo lo “políticamente correcto”, al punto de “todo el mundo está acojonado, sobre todo los escritores, puesto que es muy fácil que cualquier lector malinterprete lo que escribimos, nuestras ideas, personajes o situaciones”. Pese a ello, es optimista y cree que la literatura mejicana está viviendo un buen momento, en particular por lo que atañe a la autoría femenina con nombres como los de Fernanda Melchor, Valeria Luiselli o Brenda Navarro. “En un país que ha sido machista al 100 % se ha producido una verdadera revolución de género en la literatura”. Lo que no evita el temor de que no se corresponda con una realidad global. “Solo hay que ver lo ocurrido en Estados Unidos donde emerge una derecha en la que los hombres expresan su enojo porque dicen sentirse marginados”. Una actitud del vecino del norte particularmente sentida en Méjico, país que ha tenido que lidiar además con el discurso anti inmigratorio que llega del norte del río Bravo.  


 

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