Elena Kostyuchenko describe en ”Amo a Rusia” la tragedia de un país bajo la bota de Putin

Una selección de las mejores crónicas periodísticas de esta periodista cuyo quehacer en Novaya Gazeta dio lugar a la clausura del periódico y a su intento de envenenamiento

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No es fácil ser periodista en casi ninguna parte, pero mucho menos en la Rusia actual donde el ejercicio de la profesión informativa constituye un acto de valentía diario, tal como revela Elena Kosyuchenko en “Amo a Rusia. Crónica de un país perdido” (Capitán Swing). “Cuando decides hacer periodismo independiente en Rusia -dice- esa vida te impone ciertos límites: no puedes tener enemigos, pagar sobornos, ni mentir; discrepar con los colegas no es ninguna nimiedad, porque si mueren y no te has reconciliado, nunca dejarás de arrepentirte; y te sitúan en los márgenes de la profesión y aceptas ser el hazmerreír de todos. En tiempos de paz la gente cree que estamos como una cabra por escribir cosas terribles sobre nuestra maravillosa vida por razones que nadie puede entender”. Bastará con añadir que sus crónicas en Novaya Gazeta le produjeron numerosos sinsabores, persecuciones, detenciones y finalmente la clausura del periódico en el que trabajaba.

Kosyuchenko se caracteriza por dedicarse a un periodismo de denuncia basado sobre un riguroso trabajo de campo que le llevó a conocer el esqueleto del HZB, el hospital que nunca se terminó de construir y quedó convertido en refugio de drogadictos, tribus urbanas varias y presuntos suicidas. También trajo a colación el desequilibrio fiscal ruso según el cual “lo primero que hizo Putin fue reformar el sistema fiscal para que las regiones tuvieran que pagar una serie de impuestos a Moscú y ésta decidía la cantidad que devolvía, que solía ser nada y menos”. Del mismo modo que describe la corrupción, inoperancia y el corporativismo policial. “El compañerismo -dice- reina entre los policías: un compañero hará cualquier cosa por otro: dar la cara por él, sacarle las castañas del fuego ante la administración, firmar un informe falso, conseguir que su hizo vaya a la universidad. Fuera de una comisaría el mundo se divide en delincuentes y víctimas”.

Pero su mayor crítica se dirige a la forma en que las autoridades resolvieron el secuestro terrorista de la escuela de Beslán cuando “se hizo evidente que el propósito del asedio no fue rescatar a los rehenes, sino matar a los terroristas… el asalto al colegio mostró el verdadero rostro de la Rusia de Putin: para destruir al enemigo sacrificar a niños no supone un precio demasiado alto”.

También pone en tela de juicio la marginación de tribus indígenas, como los nganasan, en particular la explotación y consiguiente degradación de su medios y sus recursos naturales, así como la persecución del movimiento LGTBI, del que ella misma, activa militante, fue víctima.

Y a mayor abundamiento, describe con crudeza, si bien también con ternura, la vida de los acogidos minusválidos y discapacitados en centro asistenciales del Estado, en donde son sometidos a un régimen que les humilla y les priva de todos los derechos. Para culminar con una denuncia de la guerra de agresión que el régimen de Putin está llevando a cabo en Ucrania, lo que le valió un intento de envenenamiento, arte en el que la Rusia de Putin supera con notoria ventaja las habilidades de los Borja del Renacimiento.

 

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