Luis Ribot reivindica a Carlos II, último rey de los Austrias españoles
No fue el hombre enfermizo que la leyenda ha transmitido, sino que pudo llevar una vida normal, se caracterizó por su buena intención, bondad, religiosidad, conciencia exigente y sentido moral, aunque padeció de cierta falta de preparación y desinterés por el gobierno y terminó su reinado gobernando una Monarquía con mayor extensión territorial que la que recibió
Hay personajes históricos a los que acompaña una leyenda pletórica de prejuicios desfavorables que en no pocas ocasiones resulta acientífica y, por ende injustificada. Tal ocurre con el último monarca de los Austrias españoles, el rey Carlos II, que no fue como se nos ha querido contemplar y que el profesor emérito de la Universidad de Valladolid Luis Ribot reivindica en “Carlos II. El final de la España de los Austrias (1665-1700)” (Marcial Pons)
Por de pronto, el autor elogia la actuación de su madre, de la reina regente Mariana de Austria, que gobernó durante su minoría y “ha sido objeto de una pertinaz valoración negativa… la visión de la madre de Carlos II como una reina ignorante, sin formación, ni interés... hunde sus raíces en las duras campañas de memoriales, escritos, panfletos desencadenada contra sus favoritos, que escondía un ataque contra ella y contra los defectos que se atribuían a un gobierno mujeril”, pero fue en realidad “una gobernante capaz y activa que mantuvo en sus manos las riendas del poder y que… logró resultados políticos estimables en diversos terrenos” puesto que actuó en política internacional “con inteligencia y sentido práctico” y en sus reinos facilitó una cierta recuperación económica.
Es cierto que utilizó, si no validos en sentido estricto, sí en cambio privados o favoritos, como el padre Nithard y Valenzuela que suscitaron fuertes resistencias en la corte; el primero, por su origen foráneo y el segundo, por su carácter de advenedizo, lo que no obsta a que Ribot le considere un “hombre de virtud, capacidad, moderación, vigor de mente y de cuerpo, capaz de trabajo y fatiga en el ministerio”.
Ribot no duda en recordar que de Carlos II “se ha dicho que fue imbécil, anormal, retrasado mental, e incluso loco. Nada de ello es cierto”. Muy al contrario, “una de las «sorpresas» que nos ofrecen los diversos testimonios de sus años como rey es el buen estado de salud, que no se corresponde con la idea generalizada de un personaje enfermo que vivía de milagro. No sería fuerte, ni vigoroso -no lo sería nunca- pero los males que padeció en su tierna infancia parecían haberse superado”. Y añade: “todos coinciden en su bondad y religiosidad, y hacen ver que no le faltaba capacidad, aunque también indican su escasa formación, así como la falta de confianza en sí mismo y su escasa inclinación a la actividad”. Más aún, se caracterizó por “su buena intención, así como por su conciencia exigente y su sentido moral”. Trató de estimularle su hermanastro Juan José de Austria, que fue a su vez “activo y trabajador”, pero no le ayudaron en cambio sus mujeres. La primera, María Luisa de Orleans, falleció pronto y de la segunda, Mariana de Neoburgo, dice que “es difícil encontrar en su época juicios favorables a la nueva reina”.
En relación con el problema fundamental de su sucesión, el autor considera que “los derechos «naturales» de la familia Borbón parecen superiores a los de los Habsburgo” aunque estos “tenían la ventaja de la misma casa dinástica que los reyes españoles, concepto de enorme importancia en la época”. Carlos II designó inicialmente como tal en dos testamentos sucesivos a José Fernando de Baviera, candidato que contó con la desafección popular y que en cualquier caso le premurió, por lo que entonces la situación pareció favorecer al archiduque Carlos. Los sucesivos tratados de reparto de los territorios de la monarquía española y en particular el tercero “fue (ron) el detonante de la solución final” en favor del duque de Anjou, fruto de una actitud pragmática y el “único modo de conservar la unidad de la monarquía”.
A Carlos II le gustaba la caza, pero también la música, el teatro y la pintura y fue un generoso mecenas de artistas. Y en lo que se refiere a la valoración de su reinado recuerda que se caracterizó por la inactividad de las cortes de Castilla -principal sostén económico de la Monarquía-, los intentos de reforma monetaria y moderación fiscal, el otorgamiento de numerosos perdones de deudas, una cierta recuperación económica que en el comercio atlántico con América fue muy notable, aunque continuó la venta de oficios, si bien en proporción menor a reinados anteriores. Y, en fin, “desde un punto de vista geográfico y dejando de lado la pérdida de Portugal y sus colonias, la Monarquía era más grande a la muerte de Carlos II que cuando subió al trono en 1665” por lo que “pese a sus dificultades, la España de Carlos II seguía siendo una potencia de primer orden”.
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