El Partenón es “la joya más preciosa que existe en el mundo” según Pedro IV de Aragón

La historiadora inglesa Mary Beard describe la asendereada peripecia de la acrópolis de Atenas cuya imagen más representativa es, sin duda, el Partenón

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El Partenón de Mary Beard

 

En el plan de estudios del Bachillerato superior que me correspondió cursar había una asignatura de Historia del Arte que obligaba a los alumnos a reconocer qué monumento era cada uno de los representados en las fotos que se sometían a su discernimiento. Para ello era necesario haber aprendido con anterioridad la citada materia y, como consecuencia del sistema memorístico de aquel tiempo, a recordar no solo nombres y estilos, sino también ubicación. Todavía permanece en mi memoria como aprendí de corrido el paisaje de la acrópolis ateniense, a la que se entraba por los Propíleos para encontrar a continuación el templo de Niké y, más adelante, el Erekteion con las famosas cariátides y reparar finalmente con la gallarda silueta del Partenón que Pedro IV de Aragón, conocido como el Ceremonioso y ostentó el ducado de Atenas y Neopatria, había calificado como “la joya más preciosa que existe en el mundo”.

Todo ello lo he revivido gracias a la lectura del libro “El Partenón” (Crítica) de la historiadora inglesa Mary Beard. Construido en torno a mediados del siglo V aJC, ha logrado superar más de dos milenios de agresiones durante los cuales, sin haber sido inicialmente templo, pese a haber albergado en su interior la desaparecida estatua de Palas Atenea en oro y marfil, se utilizó como iglesia cristiana, mezquita musulmana e incluso más tarde como polvorín otomano, para convertirse luego en -como dice Beard- “barra libre” del saqueo de mármoles. Estuvo a punto de transformarse con el conjunto de la Acrópolis en palacio real y no faltó entre sus desgracias la acción destructiva del terremoto habido en 1894. Pero quizá el hecho más relevante haya sido el saqueo de sus tesoros por expoliadores varios, el más famoso de todos el del diplomático inglés lord Elgin, gracias al cual puede el British Musem exhibir todavía hoy en día partes del frontispicio de dicho monumento y una de las cariátides del Erekteion.

A todo ello habría que sumar las diversas campañas de restauración sufridas que, con todo y según Beard, fueron menos radicales que las de otros monumentos, pese a lo cual “cambiaron de forma significativa el aspecto general del edificio creando una ruina mucho menos ruinosa”.

La necesidad de conservar en mejores condiciones las esculturas de la Acrópolis aconsejaron resguardarlas en una institución cerrada que tuvo sucesivas ubicaciones hasta la construcción de un museo específico en 2009. Con lo cual cabe decir que para tener una visión completa de la Acrópolis es  necesario, además de recorrer el propio lugar donde se asienta, visitar el nuevo museo y… ¡también el Museo Británico de Londres! cuya colección de mármoles atenienses sigue siendo objeto de polémica como consecuencia de la tesis de restitución a los países de origen de los tesoros que fueron expoliados en el pasado (y que los ingleses han tratado de eludir con la teoría del “museo universal” articulada por Neil MacGregor).


 

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