“Marsella 1940”, cuando la ciudad francesa fue refugio de los perseguidos por los nazis
El periodista alemán Uwe Wittstock recupera la figura de su homólogo Varian Fry que montó en Marsella el Centre Américain de Secours para salvar a escritores e intelectuales que huían de la persecución nazi
Durante la segunda guerra mundial Marsella fue una ciudad que pasó de medio millón de habitantes a más de 900.000 y ello fue debido al flujo de migrantes que recibió como consecuencia de la derrota francesa. Su carácter de importante puerto marítimo y el hecho de haber quedado tras el armisticio en la zona denominada “libre” es decir, no ocupada por el ejército alemán y por tanto bajo la jurisdicción más o menos independiente del Estado francés que encabezaba el mariscal Pétain y abogaba por la “colaboración”, se convirtió en un destino codiciado por muchos perseguidos, principalmente alemanes y austríacos, pero también franceses, españoles republicanos y, en particular, judíos de toda condición. Para atender a muchos de ellos, significados personajes de la cultura de la talla de Hannah Arendt, Walter Benjamin, Heinrich Mann, Anna Seghers, André Breton, Max Ernst, Alma Mahler, Marc Chagall o Franz Werfel, el periodista estadounidense Varian Fray creó una institución denominada “Centre Américan de Secours”.
El también periodista, en este caso alemán, Uwe Wittstock, ha recuperado la actividad desplegada por el citado Centro reconstruyendo la peripecia seguida por algunos de los personajes que se beneficiaron de su actividad en el libro “Marsella 1940. Lo artistas que huyeron del nazismo” (Galaxia Gutemberg. “De alguna manera puede decirse que es la consecuencia de otro libro mío anterior en el que investigué lo que ocurrió durante las primeras semanas de Hitler en el poder el año 1933. A partir de ese momento hubo una serie de individuos del mundo de la cultura que se percataron de que se verían obligados a huir de su país y que uno de los puntos de destino más hospitalarios sería Francia. Establecidos ya en su territorio y una vez iniciado el conflicto, hubieron de unirse a los miles de franceses que también huían del avance alemán y fue entonces cuando encaminaron sus pasos hacia Marsella porque además en la ciudad mediterránea había establecidos muchos consulados en lo que existía la posibilidad de obtener el salvífico visado que les habría de facilitar la salida de Europa en dirección a algún destino lejano”.
Wittstock recuerda la dramática situación de dichos emigrados que, al igual que la población local, estuvieron sometidos a todas las servidumbres propias de aquella situación: cartillas de racionamiento, carencia de combustibles, etc. “Y lo peor de todo -añade, no sin sentido del humor- fue ¡la prohibición de la venta de alcohol durante tres días a la semana, lunes, martes y miércoles!”.
Por otra parte, y habida cuenta de la variedad de orígenes, ideologías y currículos de toda esta gente no pudo evitarse la existencia de rivalidades muy grandes entre ellos, e incluso de facciones enfrentadas entre sí. “Fue una situación muy confusa que dio lugar a un ambiente complejo del que, pese a todo, muchos pudieron salir adelante merced a la colaboración de amigos e incluso de policías y funcionarios franceses que hicieron la vista gorda sobre su situación”.
Todo se complicó cuando los alemanes decidieron ocupar también la “zona libre” y entonces la persecución de judíos y enemigos políticos fue mucho más severa. Cerrada la posibilidad de huir por mar, solo quedó hacerlo por vía terrestre para dirigirse a España. Y recuerda la meritoria acción de dos personajes concretos, la pareja formada por el matrimonio Fittko, ambos comunistas y ella también judía, que organizaron expediciones para atravesar los Pirineos con una cadencia de tres o cuatro semanales. “Lo más digno de admiración era que en muchos casos pusieron a salvo a personas a las que no conocían de nada; les bastaba con saber que eran enemigos de los nazis”.
Comentamos paralelamente el fenómeno, hasta ayer mismo casi oculto, de la complicidad de una gran parte de intelectuales franceses con la ocupación alemana e incluso de ciertos extranjeros que pudieron vivir cómodamente bajo dicho régimen como fue el caso de Picasso, que permaneció durante toda la guerra en París sin que nadie le molestara, aunque, eso sí, sin decir ni mu. Mi contertulio me recuerda la anécdota que se le atribuye sobre la visita que habría recibido de un oficial alemán. Interesado éste por el Guernica que conservaba el artista malagueño en su taller, le preguntó quién lo había hecho y éste le respondió «fueron ustedes»”. Me permito decirle a Uwe Wittstock que dudo mucho de su autenticidad, aunque “se no è vero, è ben trovato”.
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