Refundar la esperanza
“Lasciate ogne speranza, voi ch’entrate”. Abandonad toda esperanza. La siniestra admonición, grabada sobre las puertas del infierno de Dante, aparece hoy en el frontispicio de esa inquietante modernidad tardía que encarnan Trump, Putin, Netanyahu o Xi Jinping.
Abandonad toda esperanza acerca del futuro de Ucrania o de la martirizada Palestina. Olvidaos del mundo que conocisteis. Comienza una era de disputas imperiales, un tiempo en que la libertad se inclina ante la fuerza y el conocimiento humano se rinde al dictado de un nuevo oscurantismo tecnificado.
En los albores de lo que se vislumbra como una regresión civilizatoria, la socióloga y ensayista Eva Illouz nos invita a reflexionar sobre los entresijos de ese cambio de rasante de la historia, aprehendiendo las poderosas fuerzas telúricas que empujan nuestras sociedades a semejante salto hacia lo desconocido. A lo largo de un denso trabajo (“Modernidad explosiva”, Ed. Katz) que combina la sociología de la cultura y las emociones con la teoría crítica, Illouz nos brinda un enfoque esclarecedor sobre el actual estadio del capitalismo, sumergiéndonos en la subjetividad contemporánea. En su día, “Freud explicaba el clima cada vez más violento de Europa considerando la sociedad como actuada por mecanismos psíquicos – nos dice -, yo leo en las emociones mecanismos sociales”.
¿Pero, cómo puede ayudarnos a entender el mundo ese viaje por la ira, el miedo, la nostalgia o el amor que nos propone la autora? “Las emociones se transforman en la realidad a través de la cual los individuos se aprehenden a sí mismos y a gran parte de su mundo social, convirtiendo las emociones en el fundamento y el objeto de las relaciones sociales, impregnándolas de una realidad objetiva”.
La vida política se ha transformado en una lucha denodada por imponer un marco mental, una determinada percepción de la realidad. Y en esa lucha, reconozcámoslo, la emotividad sumerge con frecuencia al debate racional. La eclosión de las narrativas populistas, en las que la extrema derecha se mueve con la mayor soltura, da fe de ello. “Cuando una narrativa está anclada en emociones poderosas como la ira y el resentimiento, se vuelve pegajosa, confiere a los sentimientos una realidad de la resulta difícil desprenderse”.
Pero es sin duda el destino de la esperanza, hoy más que nunca maltrecha y amenazada, el que nos brinda una clave fundamental para descifrar el enigma de nuestro tiempo. Esta emoción puede tener una función social ambivalente. La confianza en un más allá reparador, en una vida eterna, es propicia a la resignación ante los sufrimientos e injusticias del orden social existente. Por el contrario. la esperanza en el progreso material y cultural de la sociedad puede actuar como un irresistible impulso transformador. Justamente, ese ha sido el mensaje fundamental de la Ilustración: la secularización de la esperanza. “Las democracias han abolido las castas y los elementos formales y han ofrecido vías políticas y económicas que prometen movilidad social a los individuos mediante la igualdad formal de todos”.
Ejemplo paradigmático de ello es “el sueño americano”, cuya frustración y – a pesar de todo – su promesa perenne, ayudan a entender la crisis de la democracia americana y la capacidad de arrastre del populismo autoritario que personifica Trump. “El sueño americano estructuró simultáneamente el yo privado y el colectivo, la vida íntima y la economía mediante el uso de ideales de democracia, Estado de Derecho, libertades civiles, oportunidad e igualdad y tomando la libertad como su contexto. Es tan fundamental para la identidad nacional estadounidense que se ha convertido en el ‘ethos nacional de Estados Unidos’…”
Pero, como bien recuerda Eva Illouz, “el capitalismo es la forma más dramática que ha adoptado el poder económico en la historia”. Bajo su orden social, “las instituciones despiertan y halagan la pasión de la igualdad… sin lograr jamás satisfacerla por completo”. Tanto más cuanto que la globalización ha dejado tras de sí legiones de perdedores – como la clase obrera blanca del “cinturón del óxido”, cuya nostalgia de tiempos pasados de esplendor industrial impulsó la primera victoria de Trump – y que las nuevas configuraciones del tecno-capitalismo desestabilizan a las clases medias y exacerban la polarización social. Sin embargo, los mitos fundadores no se desvanecen con facilidad. En realidad, mientras las personas puedan esperar una mejora de sus condiciones de vida y las de sus hijos, tolerarán muchas desigualdades. El movimiento MAGA (Make America Great Again) representa en cierto modo un intento de revitalizar el sueño americano. Pero esta vez, como veremos, a caballo de otras emociones como el miedo, la envidia, el resentimiento y la ira. La resiliencia del mito tiene que ver con una idea que sigue latiendo con fuerza en el corazón de la sociedad americana: dado que “el destino social no estaría decidido por el privilegio hereditario, sino por un principio moral de recompensa del talento y del trabajo, la meritocracia compite con el ideal de igualdad”.
Que la esperanza esté en cuestión en Occidente no es, pues, baladí; nos está revelando un dato crucial: el propio corazón del sistema da señales de arritmia, avisando de un riesgo de infarto. Y es que “para ser tolerable, el presente debe tener un sentido de apertura. Esto también es cierto a nivel colectivo: incluso la noción de crisis – central para la economía o la política – contiene en sí misma la expectativa de que se resuelva. (…) Una gran parte de la humanidad vive en la miseria y no se suicida porque parece en cierto modo resignada a la pobreza. Pero en los ‘países de ensueño’, como Estados Unidos, la esperanza es un rasgo fundamental de lo que significa tener un yo socialmente competente. (…) Las muertes por desesperación demuestran que la esperanza se ha entretejido tan firmemente en la trama de la subjetividad moderna que su ausencia o déficit puede convertir la vida en intolerable. Carecer de esperanza es carecer de un atributo fundamental de lo que significa ser ciudadano en una sociedad moderna”.
La deriva autoritaria
El auge de la extrema derecha en las viejas naciones industriales precede a esa crisis sistémica, movilizando a su vez emociones de alto poder desestabilizador, teñidas por la decepción de las esperanzas – y, por el desapego de las instituciones democráticas que las formalizan, sin colmarlas, en todos los órdenes de la vida. “El mercado capitalista, nos recuerda Eva Illouz, institucionalizó la envidia”. Las convulsiones de ese mercado, con sus impactos sobre las clases trabajadoras y medias, han desatado el resentimiento, esa “envidia a gran escala que, afirmaba Friedrich Nietzsche, se disfraza de reivindicaciones de igualdad y justicia. (…) En sus versiones populistas contemporáneas, la envidia resentida quiere negar a las minorías sus logros y a la educación y ‘expertise’ su pretensión de autoridad…”. Los varones blancos son así conminados a dirigir sus frustración contra las mujeres y contra las minorías que se benefician de las políticas redistributivas, de los servicios públicos universales o de la discriminación positiva.
El cuestionamiento de la democracia y del derecho internacional se corresponden asimismo con la voluntad de desplazamiento de las élites tradicionales por parte de una casta capitalista disruptiva, liderada por los gurús de las grandes corporaciones tecnológicas, embebidos de delirios transhumanistas y ansiosos por desembarazarse de cualquier obstáculo a su desenfreno. Esa camarilla ha propiciado el retorno de Trump a la Casa Blanca en una segunda versión aún más agresiva. Pero ello hubiese sido imposible sin la habilidosa manipulación de emociones arrebatadoras, compartidas por millones de personas. En primer lugar, la amarga decepción por tantos sueños frustrados. Y fluyendo a raudales de esa herida, la ira, el miedo y una emponzoñada nostalgia.
El descrédito de Europa ante el Sur Global, llamando a sostener Ucrania pero tolerando el martirio de Gaza, pone de manifiesto la crisis del compromiso emancipador de la modernidad. “La globalización de la Ilustración occidental, unida al colonialismo que explotó a tantas poblaciones alrededor del mundo y las dejó posteriormente huérfanas de las promesas de libertad, ha sido el principal combustible de la ira contra Occidente”. Al mismo tiempo en esas metrópolis, decadentes o inquietas ante la pujanza económica de los gigantes asiáticos, “la promesa incumplida de la modernidad democrática se ha convertido en una rabia ardiente en los corazones de los hombres”.
Pero, si la ira, teñida de indignación, constituye un acicate necesario para alzarse contra los abusos de los poderosos, desembridada, puede ser fácilmente manipulada por estos. “Sin ira el mundo podría convertirse en un mundo de resignación pasiva ante la injusticia y la opresión. Pero un mundo de personas obsesionadas con la compensación y la justicia, cuya única identidad se convierte en la de víctimas airadas y vengativas, deviene un mundo de marionetas, actuadas desde fuera, de madera por dentro”. “La ira es a la justicia – concluye Eva Illouz – lo que los celos feroces al amor: desea tanto poseer la justicia que está dispuesto a aniquilarla”.
En la política populista – y en todas las políticas de exclusión social, así como en las campañas de odio contra la emigración… – el miedo desempeña un papel decisivo. Miedo a perder una posición social, cada vez más precaria; miedo a perder una identidad nacional percibida como un último refugio ante la vorágine de cambios que se abate sobre el mundo… “Como el miedo tiene una fuerte base ideológica y es la emoción de la pura supervivencia, anula no solo el pensamiento, sino, lo que es más importante, todas las demás emociones, y por tanto domina fácilmente la esfera pública y exige acción. Quien controla el miedo controla toda la arena política”. Es más: “Cuando el miedo se vuelve un rasgo permanente de la sociedad, esta se convierte en teatro de guerra”.
El miedo tiene un efecto corrosivo para la democracia. Su apelación constante al recuerdo de los terrores ancestrales es un torpedo a la línea de flotación del pensamiento ilustrado. La autora nos recuerda que, para pensadores como Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, “el impulso que subyacía a la Ilustración era justamente, a través del conocimiento, superar el miedo”. ¡Qué época de explosivas contradicciones la nuestra, en la que los mayores avances tecnológicos conviven con un hondo movimiento de negación de la evidencia científica y el pensamiento crítico! El miedo lleva a optar por la seguridad, renunciando a la libertad. E induce a preferir la mano firme – y presuntamente eficiente – de un liderazgo autoritario a la apuesta incierta a favor de la deliberación democrática. (Es decir, de la elaboración colectiva de soluciones complejas para resolver problemas complejos, algo que se inscribe en un tiempo largo que el miedo no puede admitir). Por eso, “la política del miedo persigue a las democracias liberales desde dentro y se ha convertido en su espectro permanente”.
El miedo ciega la mirada hacia el futuro. Sin embargo, la vida social y la política, al igual que la naturaleza, sienten horror del vacío. La nostalgia viene a llenarlo. “La nostalgia, especialmente en su versión restauradora, opera en la política al ayudar a plantear un hogar inventado como un objetivo plausible y positivo en la contestación del orden actual”. Tanto más cuanto que la globalización neoliberal, desindustrializando regiones enteras de las metrópolis o arrastrando a cientos de millones de campesinos del interior a las pujantes ciudades de China, ha verificado ante la historia que “el capitalismo, tal como lo entendía Marx, es una fuerza existencialmente, profundamente desarraigadora”. Las experiencias del brexit o del procés independentista en Catalunya nos enseñan que “la nostalgia impulsa a los individuos y a las comunidades hacia su propio núcleo imaginario y amenaza peligrosamente con convertir el pasado, y no el presente y el futuro, en el único objeto de la política”.
No cabe, por tanto, subestimar el papel de esta emoción cuando se ampara de un pueblo. Echando la vista atrás, Eva Illouz apunta a que, a lo largo de la historia, los brotes de nostalgia suelen seguir, como un movimiento pendular, a las grandes revoluciones. En cierto modo, el neoliberalismo, que cambió el semblante del planeta en las últimas cuatro décadas, lo fue: una revolución conservadora… de cuyas entrañas ha surgido el caótico panorama actual. El colapso de la URSS y el hundimiento de la economía soviética, sumiendo en la desazón a la ciudadanía, crearon un escenario propicio a la nostalgia. “El único sitio al que esa ciudadanía podía volver la mirada era el recuerdo del imperio soviético, que la protegía de su nueva desnudez social. Ha sido esta promesa de volver al esplendor pasado lo que ha mantenido a Vladimir Putin en el poder”.
Tal es la cartografía de las principales pasiones que han vuelto “explosiva” la modernidad. ¿Quiere eso decir que nuestras sociedades serán irremisiblemente arrastradas por esas pulsiones hacia un futuro distópico cuyos contornos empezamos a vislumbrar? En absoluto. Las emociones, que pesan sobre los acontecimientos, han sido moldeadas por el devenir histórico. Y el futuro no está escrito de antemano. La izquierda, que alcanzó su legitimidad enarbolando la esperanza de culminar con el socialismo la gran promesa emancipatoria aún pendiente – libertad, igualdad, fraternidad -, tiene el desafío de refundar esa esperanza. Hoy nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo. (Eso es cierto incluso para los magnates que deliran con colonizar Marte, dejando atrás, por perdida, a la humanidad y al viejo planeta que la sustenta). La tarea de la izquierda se antoja, pues, titánica. La esperanza que necesitamos no puede apelar a ninguna mística, sino a la convicción, fundamentada, de que hay otro camino posible. Hemos acumulado conocimientos y recursos suficientes para alcanzar una sociedad libre de opresión y miseria. Pero esa perspectiva no se enraizará de nuevo en el corazón de la gente, no se convertirá en una fuerza transformadora, merced a una capacidad discursiva de la izquierda que también está por recomponer. Será necesario el estallido de grandes crisis – ya en gestación – que hagan tambalearse a los actuales liderazgos, desatando una marea de rebeldía y de creatividad. La historia más reciente demuestra que las sociedades más avanzadas, desmoralizadas, pueden sucumbir a la abyección y la barbarie. Pero ha probado también que, desde las filas de los oprimidos, pueden brotar raudales de abnegación, solidaridad y voluntad de progreso. Esa esperanza – ilustrada – es la que definirá a la propia izquierda del siglo XXI.
Lluís Rabell
30/08/2025
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