Estos tiempos innecesarios
Hay una opinión que coincide transversalmente y es aquella que afirma que las guerras son horribles. Las muertes y la disrupción que generan son sin duda terribles. No hay batalla o guerra que la registre la historia que no deje un profundo sinsabor.
Hay una opinión que coincide transversalmente y es aquella que afirma que las guerras son horribles. Las muertes y la disrupción que generan son sin duda terribles. No hay batalla o guerra que la registre la historia que no deje un profundo sinsabor. La pregunta que siempre queda en el aire es cuántas fueron realmente necesarias. En el umbral en que nos encontramos en este fin del mes de noviembre del 2025 y para quien sirvió por más de tres décadas en la diplomacia, nunca me imaginé que de verdad me correspondería ver en la puerta de entrada de nuestro país la amenaza, ahora sí real, de que la potencia más grande del planeta en toda su historia estaría tocando la puerta. Bien es cierto que, ya durante más de dos décadas, la narrativa oficial de que Estados Unidos era un enemigo y sería un seguro invasor, generó en la psique del venezolano un acondicionamiento que lo sitúa en una actitud escéptica sobre la viabilidad de acontecimientos de esa naturaleza.
Partamos del principio que nadie quiere la escalada de un conflicto, ni los uniformados, ni los civiles. Pero recordemos también que las guerras no se inician con los primeros tiros, ni comienzan sin causas objetivas. Entendemos que llegó cuando escuchamos el sonido ensordecedor de las bombas, con las primeras fatalidades directas o las víctimas que corresponden a daños colaterales. Solo quienes no han tenido la oportunidad de percibir la dimensión de lo que es una guerra, una bomba que aturda tus sentidos si quedas con vida, pueden pensar que en la guerra existe una oportunidad.
Con cuánta ligereza se habla de militares aprestos para el combate, de invasiones, un segundo Vietnam y una guerra civil. Las guerras no son como las vemos en las películas, ni siquiera en los documentales. Solo quienes han escuchado de cerca la explosión de las bombas, quienes han visto países destruidos, quienes han escuchado el grito de un niño, de una madre o un herido, recuerdan los olores de la descomposición y el sufrimiento, entienden el dolor que produce cualquier conflicto militar.
Pensemos por un minuto en Ucrania y en Gaza. Sin embargo, detrás de cada tragedia universal que conocemos han existido hombres torpes, capaces de ver a sus naciones destruidas o ser responsables de miles de muertes por el empeño de mantenerse a donde ya no pertenecen. Tanto invocaste al lobo que se te apareció con su aullido aterrador.
Remediar un conflicto, que tiene aún espacios para la negociación, es un mérito, no un acto de cobardía.
Lamentablemente, Estados Unidos, para la política interna de Venezuela durante este siglo, fue el perfecto comodín. Ha sido el propio Jolly Joker para generar ruido o para cambiar el estatus quo de la política nacional. Lo han usado magistralmente durante los últimos años, pero lamentablemente para los ideólogos que anunciaban los vientos de guerra se ha convertido en una verdadera opción. Para quienes han seguido la política exterior de Venezuela, poco entienden cómo se llega a la antesala de confrontación con el país que por más de 80 años ha comprado la mayor parte de nuestro petróleo y de donde provienen nuestras principales importaciones. Siempre se resaltó que son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Las tiramos por la borda.
Es bueno recordar que aquí, en Venezuela, nuestros escenarios y experiencias de confrontación han sido limitados. Nuestros militares se han preparado formalmente para ello, particularmente con Colombia o Guyana. Brasil estuvo en el radar de algunas generaciones de militares preocupados por su visión expansionista, especialmente en los tiempos de la dictadura de Castelo Branco. En estos tiempos, el escenario de guerra es distinto y con doctrinas militares que han evolucionado en el tiempo.
Cuando llegó Hugo Chávez al poder, nos insertamos en una nueva geopolítica y se creó una nueva matriz sobre escenarios de guerra. Esta era la segura invasión del imperio norteamericano bajo la premisa de su eminente interés de posesionarse de nuestro petróleo y demás riquezas, petróleo que diligentemente había comprado a precios de mercado por más de ocho décadas. Lo cierto es que el imaginario colectivo comienza a percibir que en algún momento de la historia de este nuevo milenio, la espada implacable del imperio, al igual que lo hicieron otros y en muchas latitudes, se implantaría en nuestro suelo patrio. Tanto lo hemos cantado que nos situaron a los venezolanos ante la fatalidad de una guerra. Millones de dólares se han invertido en pertrechos y preparación.
Las tensiones que existen entre Estados Unidos desde hace más de dos décadas tienen como motivación varios hitos importantes que generaron las causas subyacentes, lo que se denomina la mecha larga de las tensiones, que han ido creciendo por años, generando el terreno fértil para una confrontación. Enumerarlas sería bastante largo.
La diplomacia poco ha servido, la comunidad internacional ha sido difusa y la situación país ha promovido una política de máxima presión y tensión sobre Venezuela. Si en un país se actúa erráticamente y se habla de guerra es porque estamos en situaciones que la literatura determina como escenarios blandos para la iniciación de un conflicto.
Que se imponga la racionalidad y que los responsables de que el país esté sometido en estos tiempos innecesarios a este escenario razonen, que hay tiempos para estar y tiempos para irse.
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