El dolor por no ser quien se quería ser
Francisco de Quevedo, el autor de El Buscón, escribió que la envidia está flaca y amarilla, porque muerde y no come; de modo que no saca provecho.
En psicología se emplea el término alemán Schadenfreude, que significa 'alegría por el mal ajeno'. Ya no es envidia, sino satisfacción porque al 'otro' le vayan mal las cosas. Una satisfacción que puede ser silenciosa o explotar buscando ahondar la humillación del afectado.
En el último y, por desgracia, definitivo libro de artículos de Javier Marías Así que pasen treinta años (recientemente aparecido) uno de ellos, 'El deseo de que todo esté mal', describe una satisfacción plenamente expansiva por lo peor. Dice el gran escritor, que el propósito de ese 'mal deseo' es "silenciar los progresos y la parte buena de la historia, subrayar sólo lo malo y fingir que nada ha cambiado". Y prosigue: "la operación consiste principalmente en tomar unos pocos ejemplos aberrantes de la realidad, poner el foco sobre ellos (la prensa lo hace con deleite) y deducir que la sociedad entera está enferma, contaminada por esos actos, y es partícipe y responsable de ellos". Una situación irrespirable e irremediablemente desesperanzada. Esto es lo que se trata de cultivar y que a los demás nos conviene prevenir.
Otra cosa diferente es el 'dolor del mundo', traducción literal de Weltschmerz, término acuñado hace algo más de dos siglos por el escritor alemán Jean Paul (su nombre completo era Johann Paul Friedrich Richter). Designa la desazón que se experimenta al observar que el mundo real no se corresponde con el deseado. Es lo propio de alguien con conciencia de la realidad. Su significado se puede ampliar en referencia al malestar que causan los males que aquejan al mundo.
Es obvio que conviene que estos impulsos y estados de desánimo se alejen y no se enquisten en la esterilidad. Tenemos claro el 'dolor del mundo' que hay desbocado a nuestro alrededor, es comprobable por cualquiera, día tras otro. En este punto, parece adecuado preguntarse por el dolor que cada uno pueda llegar a tener por no ser quien soñó con ser. ¿Hay algo a hacer?
Podemos evitar instalarnos en un insuperable mal humor, el cual solamente propaga desdicha. Hay una alternativa, la de aceptar lo irremediable, lo irrevocable. Sólo así pueden revertirse, en cierto modo, las cosas. Y distinguir entre situación y condición. Aquella nos disgustará probablemente, lo que interesa es que estemos orgullosos de nuestra condición, de quien somos y queremos ser, de lo que nos afanamos por hacer, aunque no podamos ya ser lo que algún día ambicionamos con alguna posibilidad. Ramón Gómez de la Serna glosaba el poder estar orgullosos de nuestra alma. Por otro lado, es inexorable que los proyectos personales nunca se cumplan plenamente. Es preferible buscar hacer lo mejor posible, sin pretensiones especiales.
En tales circunstancias, nos moveremos en los antípodas no ya de la envidia, sino de la malsana alegría de que a los demás les vaya mal la vida o fracasen en sus proyectos.
Cae en mis manos El arte de concentrarte (Reverté), de la psicóloga estadounidense Zelana Montminy. Desarrolla un profuso plan de concentración de tres semanas para recuperar la atención en tiempos de una epidemia social, como es la distracción compulsiva, incapacitada para enfocar y elegir. Montminy habla de la cultura de la urgencia que nos envuelve a todas horas y que hace difícil no estar siempre activos. La trampa del frenesí y de la falsa necesidad de estar de continuo al día de lo que se hace y dice, con el miedo esnob a perderse algo importante (esto que algunos gustan de denominar FOMO, de Fear of Missing Out). De forma encarrilada, Montminy propone practicar la observación, centrarse en el 'aquí y ahora', reconocer aquello de positivo que tenga un momento de nuestra vida, así como el gusto por aprender y escuchar.
Hace ya unos cuantos años se evaluó que pasamos casi la mitad de nuestras horas despiertas (el 47 por ciento) pensando en cosas distintas a las que estamos haciendo; esto es, se nos pasa el tiempo pensando en las musarañas, desatentos y alienados. Esto habría que intentar modificarlo, naturalmente. Y sacar partido a una concentración renovada.
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