Una Navidad algo diferente

Las tradiciones navideñas de nuestro país han evolucionado al compás de la propia sociedad española, enriquecida en estas últimas décadas con la llegada de nuevos compatriotas y vecinos

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Navidad en Barcelona
Navidad en Barcelona - Aj. de Barcelona

 

Cuando la vida nos ha concedido el privilegio de ir acumulando años nos ha dado paralelamente la oportunidad de contemplar el presente teniendo como referencia numerosas experiencias anteriores. Y como estamos en Navidad he dado en pensar cómo había ido evolucionando la celebración de estos días entrañables en el conjunto de la sociedad española.

Todo empezaba a principios de diciembre con el desfile por nuestro domicilio de numerosos servidores que nos recordaban su quehacer con la entrega de unas vistosas tarjetas: el sereno, el vigilante, el cartero, el portero de la finca, el lampista, el basurero, el repartidor, el butanero, el farolero (¡sí, si, el que daba luz a las farolas activando una manivela!) y un largo etcétera y que apelaban a nuestra generosidad interesando el clásico aguinaldo ¿alguno recuerda esta palabra?

Entre amigos y familiares utilizábamos en cambio los famosos christmas, hoy prácticamente desaparecidos. Ahora nos felicitamos tal como nos comunicamos durante todo el año, es decir por WhatsApp o cualquier otro sistema virtual, lo que permite una mayor inmediatez y, sin duda, una economía máxima. ¡Nos hemos librado de pagar tarjetas, sobres y sellos! 

Aspecto sobresaliente es sin duda el del paisaje urbano, es decir, el engalanamiento de las calles de ciudades y pueblos de España con una fastuosa luminosidad que resulta sobresaliente gracias a dos factores: la utilización de herramientas de bajo consumo, entonces desconocidas, y los mayores medios económicos de los ayuntamientos, que no dudan en echar la casa por la ventana para convertir su población en una luminaria (Vigo y Badalona en la delantera) y con finalidades manifiestamente turísticas. Pero esta decoración magnificente se ha vuelto silenciosa ¿quién recuerda aquellos estruendosos villancicos que acompañaban a los viandantes desde la fachada de los grandes almacenes a lo largo de todo el día y hasta la hora de su cierre? Del mismo modo que ha desaparecido también la imagen del guardia urbano con salacot regulando la circulación de los cruces de calles con los regalos que les habían hecho los vecinos a sus pies ¡A quién se le ocurre hoy regalar nada a un guardia urbano!

Las relaciones sociales se han transformado de tal modo que quien más, quien menos, se pasa medio diciembre de cuchipanda. Que si la cena de empresa, la de la asociación tal o cual, la comida con los amigos, el encuentro con la peña, los antiguos alumnos, la fiesta infantil en el colegio de los hijos o nietos, la juerga en el gimnasio... El período de engorde empieza pronto y de hecho no termina -si realmente acaba- hasta después de Reyes. Lo cierto es que actualmente disponemos de una mayor disponibilidad económica y podemos permitirnos algunos lujos que antes eran inalcanzables (el salmón ahumado era desconocido, la piña natural había que irla a comprar a Francia y el foie gras no pasaba del que fabricaba La Piara) Con dos notas relevantes: el cava o vino espumoso, que llamábamos champán antes de que los franceses nos los prohibieran (el de verdad era cosa de minorías muy, muy selectas) y se bebía exclusivamente en este período, ahora se ha convertido en algo habitual durante todo el año. En cuanto a los turrones, entonces limitados a unas selección bastante reducida -Jijona, Alicante, mazapán con fruta confitada, yema, guirlache, quizá chocolate…- ahora ofrecen una variedad casi infinita de sabores, al punto de que en alguna ocasión nos hemos llegado a preguntar si el dulce que estamos degustando responde exactamente al nombre de “turrón”.

Pero la diferencia mayor es la que se refiere al carácter de estas fiestas, antaño estrechamente ligado a su origen religioso: la celebración del Nacimiento de Jesucristo. La Misa del Gallo era su epicentro y el Belén el signo más representativo. El creyente puede ciertamente seguir participando de tales celebraciones, hoy mucho menos multitudinarias, pero el factor espiritual ha desaparecido casi enteramente, al menos en el espacio público en aras del carácter laico propio de una sociedad cada vez más diversa. Lo cual ha traído sus propias consecuencias: en la feria de Santa Llúcia, que tradicionalmente se sitúa cabe la catedral barcelonesa, el personaje más ubicuo en esta última edición ha sido sin duda el caganer, figura excéntrica de los pesebres catalanes que compartía protagonismo tangencial en los pesebres hogareños junto a la castañera y el rector de Vallfogona (un cura con sombrero y paraguas) estos ya desaparecidos. Una figura que, como el cava, podemos encontrar a lo largo de todo el año en tiendas especializadas y no solo en la ciudad condal, porque hemos tropezado con una ¡en la calle Arenal de Madrid! Cualquier día lo veremos al caganer elevado por la UNESCO a la condición de patrimonio de la humanidad…


 

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