Unamuno en el desierto del Sáhara

Una iniciativa particular que lucha por la supervivencia de la lengua española en la primera ciudad que España construyó en el Sáhara Occidental y que bien merecería un reconocimiento expreso de nuestro Gobierno

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Brahim Hameyada (1)
Brahim Hameyada

 

A Don Miguel de Unamuno le costó su cargo de rector de Salamanca el enfrentamiento con D. Miguel Primo de Rivera, quien decidió sancionar sus críticas a la Dictadura imponiéndole el destierro a lo que hoy es considerado un paraíso vacacional, pero que hace cien años se reputaba un lugar remoto e incómodo: la isla de Fuerteventura. Y en su capital, Puerto Cabras, hoy Puerto del Rosario, permaneció durante cuatro meses hasta que, indultado por el Directorio, optó por emigrar a Francia, en este caso a título de exilio voluntario. Fue, por consiguiente, una estancia breve a la que el pensador vasco se llevó tan solo tres libros (el Nuevo Testamento, la Divina Comedia de Dante y los Cantos de Leopardi) y durante la cual se dedicó a escribir algunos artículos y a dejar testimonio de su estancia en otro libro: De Fuerteventura a París.

Fuerteventura está a un tiro de piedra del Sáhara entonces español, de donde llega de tanto en cuando la arena que arrastra el irifi (el siroco del desierto), por lo que su paisaje, mayormente volcánico, es posiblemente el más árido y, por consiguiente, análogo al de su vecino continental. De ahí que siempre haya habido relaciones estrechas entre una y otra orilla desde los lejanos tiempos de la conquista y todo hace pensar que aún antes, al punto que se presume que la población insular originaria pudo llegar de aquellas tierras orientales.

Pese a dicha proximidad, Unamuno no pisó nunca el Sáhara porque atravesar entonces aquellas aguas era empresa poco estimulante y solo navegaban pescadores y funcionarios militares o civiles destinados en la colonia, a la sazón gobernada por el legendario Bens, un militar que permaneció 22 años en el cargo y fue el primer europeo capaz de moverse en aquellos territorios, entonces peligrosos e inhóspitos, como Pedro por su casa. Lo hizo sin armas, sin soldados y sin dinero, pero ejerciendo sus inmensas dotes diplomáticas, gracias a las cuales consiguió hacerse amigo de los saharauis, quienes le decían a título de elogio: “Tú ser moro”. No era moro, pero sí cubano e hijo de madre cubana, nacido en La Habana cuando la mayor de las Antillas era la más preciada perla de la corona española.

Un soneto de Unamuno en una escuela del Su00e1hara
Un soneto de Unamuno en una escuela del Sáhara

Lo que son las cosas de la vida. Pese a que Unamuno no estuvo nunca físicamente en el Sáhara, sí en cambio ha conseguido estarlo ahora en espíritu. Aquel iracundo rector que espetó a Millán Astray en la asendereada jornada del 12 de octubre de 1936 ante una estupefacta Carmen Polo: ”Yo, que soy vasco, os he enseñado la lengua española”, da nombre ahora mismo al único centro docente existente en Río de Oro que enseña español. Se trata de la Academia Unamuno, creada por el inquieto e intrépido Brahim Hameyada en la ciudad que ahora se llama Dajla, pero que fundamos los españoles en 1884 con el nombre de Villa Cisneros.

La Academia Unamuno está capacitada para organizar los exámenes que permiten la obtención del DELE (diploma de español como lengua extranjera) homologado por el Instituto Cervantes y válido en el proceso para la obtención de la nacionalidad española. Es, por consiguiente, la única institución docente de este tenor en la región sur del Sáhara Occidental, un territorio en el que administración ocupante ha hecho todo lo posible para borrar la huella de nuestro país, pero cuyos habitantes autóctonos, que recuerdan el soneto de Unamuno que comienza diciendo “la sangre de mi espíritu es mi lengua”, se empeñan en reivindicar como uno de los elementos esenciales de su personalidad. Y ello ante la ignorancia, la desidia y el olvido de nuestro Gobierno. Doña Milagros Tolón haría un buen debut como ministra de Educación si concediese al fundador de la Academia Unamuno de Villa Cisneros, perdón de Dajla, el ingreso en la Orden de Alfonso X el Sabio. Si Sánchez y Albares se lo permiten, claro.


 

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