La evidencia del Rey Canuto y la prepotencia del emperador Trump

El rey Canuto emitió una orden contra las olas para demostrar a los de su corte que la verdadera fuente del poder era Dios, a quien las olas obedecen.Volviendo al siglo XXI, el rey actual es Donald Trump.

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Donald Trump - EP

 

Este verano de 2026 se cumplirán 1.026 años de la invasión vikinga a Inglaterra, bajo el mandato de un vikingo valiente llamado Canuto. Ello significó el inicio de su aventura para convertirse en rey de Inglaterra. Tal era su ambición que el vikingo Canuto consiguió ser conocido como el rey Canuto el Grande. Llegó a gobernar un vasto imperio, con dominio sobre Inglaterra, Dinamarca, Noruega y parte de Suecia, hasta que en 1035 le llegó la hora de partir al Valhalla, donde Odín le había llamado, guiado por las valquirias para tenerlo más cerca.

En más de una ocasión, el rey Canuto se había preguntado dónde estaba el verdadero poder, porque él estaba convencido de que lo poseía después de sus grandes conquistas. Según cuenta una antigua leyenda, el rey Canuto estaba caminando por la orilla del mar (este había sido un gran aliado en sus viajes y triunfos en sus conquistas). Su corte lo seguía con una reverencia desacertada (algo pelotas eran), diciéndole que su poder era tan grande que incluso podía dar órdenes a las olas.

Como a nadie le disgustan los halagos, pero tonto no era, pidió que trajeran su trono a la playa, y allí se sentó. Una vez bien asentado, mandó que las olas dejaran de subir, cosa que no sucedió: las olas continuaron arremetiendo contra la playa, la arena y hasta contra los pies del rey. Canuto, viendo lo inútil de su decisión, respondió a los presentes: “Sepan todos los hombres cuán hueco y despreciable es el poder de los reyes. Porque ninguno es digno del nombre sino Dios, a quien obedecen el Cielo, la Tierra y el mar”. El rey Canuto emitió una orden contra las olas para demostrar a los de su corte que la verdadera fuente del poder era Dios, a quien las olas obedecen.

Volviendo al siglo XXI, el rey actual es Donald Trump. En ese afán de quedarse porque lo dice él, con todos los territorios a los que le pueda sacar buenos réditos económicos —bien de manera directa o a través de las “concesiones” a sus amigos ricos, empresarios a los que la avaricia nunca se aleja—, pagando comisiones, ha decidido que eso del cambio climático es mentira; cosa de los izquierdosos, comunistas y demás. Él está por encima de todo, así lo demuestra con las decisiones temerarias que está tomando, con la adulación de los que tiene a su alrededor, convertidos en un coro dudoso.

El presidente Donald Trump presentó hace tan solo unos días su importante y peligrosa reducción de medidas federales sobre el cambio climático como una victoria política sobre la agenda ambiental “radical del Partido Demócrata”. Este anuncio, que solo se entiende en clave de negocio, está siendo uno de los movimientos más significativos de su segundo mandato. Para Trump, afirmó que revocaba “una declaración peligrosa” de la era Obama que mantenía que la contaminación perjudica la salud pública y el medio ambiente.

Durante casi 17 años, Estados Unidos ha utilizado la constatación científica como base legal para establecer políticas dirigidas a reducir las emisiones de los automóviles, centrales eléctricas y fuentes de gases de efecto invernadero que calientan el planeta. Para el presidente, “esta norma radical se convirtió en el fundamento legal de la Nueva Estafa Verde”. El rey Trump ha calificado el cambio climático de “engaño” y estafa y, como un gran sabio, desestimó la base científica que sustenta la norma de la era Obama en cualquier declaración que tiene la oportunidad de hacer, y en más de una ocasión parece una declaración de victoria sobre sus oponentes, los demócratas y los grupos ambientalistas.

Para muchos, la decisión de esta semana es el mayor acto de desregulación en la historia de Estados Unidos. No hay que olvidar que Trump retiró a EE. UU. del Acuerdo de París sobre el Clima, un pacto entre países de todo el mundo para reducir las emisiones y abordar el aumento del nivel del mar, los desastres naturales y otros problemas exacerbados por el calentamiento global, situaciones que se están produciendo cada vez con más asiduidad y magnitud. Pero eso no le importa al rey. No olvidemos que Estados Unidos es el segundo país que más contamina.

Negar la evidencia, aparte de ser necio, es un signo de esa prepotencia que siempre ha mostrado a lo largo de su vida profesional y política.

La diferencia con el rey Canuto (una persona primitiva) es que la evidencia de no parar las olas le hizo recapacitar sobre hasta dónde llega el poder de los gobernantes. Dice un refrán popular que “todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda”.

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