¿Son conscientes los políticos de la desafección política de la ciudadanía?

Desde hace unos años, unos cuantos, la confianza en los partidos políticos por parte de la ciudadanía ha ido bajando hasta cuotas realmente preocupantes. 

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Decenas de personas protestan en la sede del PSOE - Archivo - Europa Press

 

Desde hace unos años, unos cuantos, la confianza en los partidos políticos por parte de la ciudadanía ha ido bajando hasta cuotas realmente preocupantes. Un estudio de la Fundación BBVA, del pasado año, sobre la confianza en España, indica que las instituciones políticas están en la cola de la confianza ciudadana. En una escala del 0 al 10, los partidos políticos obtienen una nota del 2,5; el Gobierno de España, un 3,5; los parlamentos, un 3,8; y los gobiernos autonómicos no llegan al 4. Lo que significa que ninguna de estas instituciones aprueba. Con estos datos, que conoce perfectamente la clase política, pocas son las cosas que hacen para cambiar esta deriva preocupante: la desconfianza hacia las instituciones democráticas genera, según los expertos, una sociedad cínica, propensa al populismo y a las soluciones autoritarias. La ciudadanía tiene la impresión de que las instituciones que deben representar y proteger el bien común son vistas por una buena parte de la ciudadanía como un problema más que como una solución.

 

Pese a esta situación, los partidos políticos y sus líderes viven en las nubes, como si no pasara nada o el tema no fuera con ellos. Los espectáculos diarios afianzan más esa desconfianza social, viendo cómo los enfrentamientos que se protagonizan en los parlamentos, que parecen peleas vecinales, con descalificaciones que dan vergüenza, degradan el debate político. Eso demuestra, entre otras cosas, que la política se vacía de contenido y la desconfianza ciudadana crece más.

 

Mientras los políticos no se enteran, el esfuerzo fiscal de las clases medias sube como la espuma. Según datos de la Oficina Estadística de la Unión Europea (Eurostat), entre 2018 y 2023, España fue el tercer país de la Unión Europea donde más creció la presión fiscal, solo superada por Chipre y Lituania. En estos momentos, el esfuerzo fiscal medio roza ya el 55 % del salario bruto. Una situación que ha puesto en peligro a la clase media, motor económico de este país.

 

Con esta situación, los populismos de algunos partidos políticos están haciendo temblar los pilares de la democracia: las nuevas generaciones y barrios obreros están apoyando a VOX en sus subidas electorales. Algunos no entienden los cambios, pero hablando con un expolítico de izquierdas me comentaba, sobre este tema, que está claro por qué sube la ultraderecha: sencillamente porque la izquierda no resuelve los problemas reales que tienen. La culpa es de los partidos, no de la gente, que lo único que hace es buscar otra opción política nueva que le solucione sus problemas cuando a los que han votado no lo hacen ni cumplen con lo prometido en las campañas electorales. Más los objetivos internos de los partidos, que se centran solo en deshacerse del contrario (exteriormente también), la política se está empobreciendo a pasos agigantados.

 

La sensación de los votantes es que los partidos políticos solo piensan en conseguir o mantener un sillón que les reporte un buen salario, poder y bienestar. Con esos objetivos se olvidan de lo que realmente deben hacer. El bien común se circunscribe a ellos y su entorno. Ahora tenemos un ejemplo: hay 14 formaciones de izquierda que están intentando ir juntas a las elecciones para “frenar a la ultraderecha”. La pregunta es: ¿Por qué 14 y no 2? Una cifra realmente incomprensible. De ese número, Podemos no se quiere unir a esa propuesta y está dando respuestas que no se aguantan, cuando la respuesta es simple: porque tienen un “negocio montado de tres” con estómagos agradecidos a su alrededor que no les llevan la contraria; son sumisos a lo que mandan. Lo que viene a demostrar que tanto partido no es un tema ideológico, sino de vanidades, de controlar un partido para asegurarse un cargo.

 

Con la desafección de la ciudadanía hacia la política, los gobiernos con tics “narcisistas”, que no cuentan con la gente, a la que consideran que no deben tenerla en cuenta ni dotarla de instrumentos participativos reales (no una pantalla de imagen falsa), las cosas se ponen cada vez peor, con riesgo de cargarse la democracia, aunque algunos vendan que no es así. Muchos se preguntan: ¿Tiene solución este panorama gris? Puede ser posible, evidentemente con una regeneración política que debe producirse fuera de los partidos políticos. No lo pueden hacer los mismos que han generado la situación, sencillamente porque hay demasiados intereses creados, demasiada complacencia, demasiada prepotencia y ausencia total de crítica interna, por miedo a no “salir en la foto”, que decía Alfonso Guerra.

 

La ciudadanía no debe dejar solos a los políticos que deciden; han de reaccionar, puede abrir el camino hacia una verdadera regeneración democrática. Mientras eso no ocurra, siga en su mundo individual, resignado, todo seguirá así. No vale que algunos vayan pregonando que vienen esos y hay que impedir que la ultraderecha gobierne, como si la culpa fuera de la gente y ellos no tuvieran nada que ver con lo que está sucediendo. Las cosas no son así, y esa coacción para que los voten no va de eso, porque lo único que ocurre es que no se vaya a votar. El progreso político no está a la par del progreso moral. Decía Antonio Machado que “En política solo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire".

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