El nuevo y peligroso liderazgo iraní: ¿apertura al diálogo o más conflicto?
Mojtaba Khamenei ha pasado de ser una figura en la sombra a convertirse, en marzo de 2026, por decisión de la “Asamblea de Expertos”, en el tercer Líder Supremo de Irán tras la muerte de su padre, Ali Khamenei.
Se trata de una de las figuras más enigmáticas y poderosas de Irán que pasa ahora a ocupar oficialmente el centro del tablero político, luego de ser herido en el mismo ataque donde murió su padre, su esposa (Zahra Haddad-Adel), su madre y una de sus hermanas.
Hasta hace muy poco, se le conocía como el "poder en las sombras", pero los eventos recientes han forzado su salida definitiva a la luz. Su papel ha sido fundamental para garantizar la continuidad del ala más dura del régimen y mantener la exitosa simbiosis entre el poder clerical, el militar y el económico.
Es la primera vez desde la Revolución de 1979 que el poder pasa de padre a hijo, lo que ha generado intensos debates sobre si la República Islámica está perdiendo su condición de "monarquía clerical", ya que Mojtaba no forma parte de ella.
Antes de su nombramiento, Mojtaba (de 56 años) no ocupaba cargos públicos electos, pero controlaba los hilos del régimen desde la oficina de su padre. Su verdadera base de poder no es, entonces, el clero, sino el estamento militar quien presionó a la Asamblea de Expertos para asegurar su nombramiento.
Al nuevo líder se le atribuye la dirección de la represión contra el Movimiento Verde en 2009. Su perfil es el de un líder duro que prioriza la seguridad y la supervivencia del régimen por encima de cualquier apertura reformista.
No obstante, su legitimidad es cuestionada, pues a diferencia de su padre o de la tradición chiita, Mojtaba no posee el rango de "Ayatollah" de alto nivel, lo que genera fricciones entre los clérigos más tradicionales que ven su ascenso como una imposición política sobre el mérito religioso.
Por otra parte, los conocedores sugieren que Mojtaba es aún más radical que su padre y podría estar más inclinado a desarrollar un programa de armas nucleares activo para garantizar la defensa del país frente a las amenazas externas actuales.
Además, su ascenso ha estado marcado por la tragedia personal y la incertidumbre sobre su estado de salud luego de la acción que lo hirió y mató a su familia.
Históricamente, Mojtaba operó como el guardián de su padre (el poder tras las togas), ya que, aunque no ocupaba un cargo oficial, controlaba el acceso al Líder Supremo (se dice que vigilaba su teléfono) y gestionaba el "Beit" (la oficina del líder), lo que le permitía estar enterado de todo e influir en decisiones estratégicas sin rendir cuentas públicas; pero su mayor activo político es su alianza con el aparato de seguridad, la Guardia Revolucionaria (IRGC) que, como dijimos, forzó su designación.
Adicionalmente, pero no menos importante, es que Mojtaba está vinculado con la gran red que controla los vastos recursos financieros que sostienen la estructura del régimen, a menudo fuera del presupuesto estatal formal. Así, se estima que gestiona, supervisa y mueve activos vinculados a la oficina del líder valorados en aproximadamente 90 mil millones de dólares. Estos fondos provienen de conglomerados como Setad y otras fundaciones (bonyads) que controlan sectores clave como la energía, la construcción y las telecomunicaciones, a través de una red de sociedades y testaferros para mover capitales al exterior y adquirir propiedades de lujo, en España (Madrid, Mallorca y Marbella, principalmente) e Inglaterra, consolidando un "imperio inmobiliario" global que sirve como reserva estratégica para el régimen.
Debido a su rol en la represión interna y su control financiero, Mojtaba ha sido objeto de sanciones por parte del Tesoro de EE. UU. desde 2019. Se le acusa de utilizar este imperio económico para financiar operaciones de la IRGC y mantener la lealtad de las élites militares, como ocurre en Cuba y Venezuela.
Así que lo que comenzó como un “juego de tensiones diplomáticas” terminó derivando en un conflicto armado directo que evoluciona hacia un “estado de guerra híbrida” (ciberataques y desinformación) con implicaciones globales. También cambiaron los objetivos, pues las presiones de Norteamérica e Israel para detener el programa nuclear iraní, derivó, ahora, a una lucha por un “cambio de régimen”.
Mientras tanto, Europa se encuentra en una posición incómoda, caracterizada por la fragmentación de sus opiniones: Bruselas (La Unión Europea) pide el cese de las hostilidades y defiende la diplomacia como única vía para enfrentar el conflicto y reprochan a EE.UU. e Israel, no haber explicado los motivos de la guerra; Reino Unido, Francia y Alemania aunque no han tomado posición oficial, han cooperado permitiendo el uso de sus bases, argumentado “fines defensivos”; por su parte, España ha alzado la voz más crítica dentro del bloque (No a la guerra), insistiendo en la “autonomía estratégica de Europa y el respeto al derecho internacional”; por su parte, la Sra. Von der Leyen atiza la polémica interna al decir que “no se deben derramar lágrimas por Irán”, lo que resulta en un claro apoyo a la ofensiva bélica desde Washington y Tel Aviv.
Estas contradicciones, soslayan el hecho de que: miles de europeos están atrapados en la región debido al cierre de los espacios aéreos; Irán ha advertido que cualquier país europeo que preste apoyo logístico a los EE.UU. será considerado “un objetivo legítimo”; y que la situación en el Estrecho de Ormuz ya está impactando los precios del petróleo y golpeando la economía de muchos países.
Así pues, el futuro inmediato luce oscuro: poco diálogo y diplomacia y mucha acción bélica.
Alex Fergusson
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