Nadie saldrá indemne de esta guerra

Cuanto más se prolonga la guerra iniciada por Trump y Netanyahu contra Irán, mayores incertidumbres se acumulan sobre su duración y sus consecuencias. 

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Mapa
Mapa de la guerra - Lluís Rabell

 

Hoy por hoy, en un mundo estrechamente interconectado, sus efectos desestabilizadores se hacen ya sentir por doquier. Sobre la economía mundial, con el peligro de una oleada inflacionista y severos impactos en la producción, en caso de drástica restricción de los flujos de gas y petróleo. No pocos gobiernos podrían tambalearse ante las penurias y el descontento popular que provocaría semejante crisis. Sobre la guerra de Ucrania, acrecentando las dificultades de Kiev frente a Putin, principal beneficiario del curso elevado del petróleo y del levantamiento de las sanciones anunciado por la Casa Blanca.

 

Pero las primeras consecuencias devastadoras las estamos viendo en Oriente Medio, con la amplificación del escenario bélico. Para Irán, resistir es vencer: se trata de arrastrar a Estados Unidos a una guerra prolongada para la que Trump nunca ha tenido escenario de salida, se ha quedado sin el apoyo de Europa y que difícilmente podrá sostener ante la opinión pública norteamericana. La supremacía militar de Estados Unidos e Israel se ahoga en su propia carestía frente a los drones baratos y una balística capaz de incendiar los recursos de las monarquías del Golfo. Esas mismas que, hace apenas unas semanas, pagaron a Trump un alto precio para sumarse al delirio infame de levantar un resort de lujo en Gaza, sobre los escombros de la ciudad mártir palestina. Hoy, los emires no sólo dudan de los beneficios de su alianza tradicional con Washington, sino del futuro de sus propios regímenes, inmersos en una guerra que amenaza directamente todas sus fuentes de riqueza, desde la explotación de los recursos petrolíferos hasta la idoneidad de aquellos países como paraísos fiscales y nodos turísticos y comerciales. Las explosiones de las bombas sacuden de arriba abajo el tablero geoestratégico de Oriente Medio. Putin y Xi Jinping pueden contemplar, desde una cierta distancia, cómo Trump se hunde en un pantano donde se ha metido él solo – animado, eso sí, por Netanyahu, que libra su propia guerra de supervivencia. Pero el mundo contiene su aliento ante el crescendo de un conflicto que nadie parece capaz de detener.

 

El número de víctimas – civiles en su mayoría – crece día tras día. Más de mil muertos y un millón de desplazados tan solo en el Líbano, objeto de los devastadores ataques israelís. Israel, se dice, sí tiene claros sus objetivos. Es cierto que, a través de la destrucción de Gaza, del proceso de anexión de la Cisjordania ocupada, del pretendido establecimiento de una “zona tampón” en el sur del Líbano y de la propia ofensiva contra Irán, se perfila la ensoñación de un “Gran Israel” de cartografía bíblica, como potencia hegemónica de un Oriente Medio convertido en un mosaico de Estados fallidos y regímenes amedrentados. Esa es la visión que mueve los designios de la coalición derechista y mesiánica que conforma el gobierno de Netanyahu. Pero nadie va a salir indemne de esta guerra. Tampoco Israel, por mucho que sus fuerzas armadas se proclamen invencibles. La perspectiva a la que ese gobierno arrastra a la sociedad israelí es la de una guerra infinita, en la que nunca podrá proclamarse una victoria definitiva, una certeza irreversible. Sin embargo, a pesar de toda la evolución del Estado de Israel en las últimas décadas; a pesar de la deshumanización del “otro” que está en las raíces de su lógica colonial y que la ocupación de los territorios palestinos no ha dejado de inocular en la mentalidad de la ciudadanía; a pesar de que, reviviendo en bucle el trauma del 7 de octubre, haya permanecido tetanizada y aparentemente impasible ante el genocidio de Gaza… a pesar de todo eso y más, la sociedad israelí empieza a percibir el engaño: cada “éxito” militar acaba con el resurgir del enemigo y sitúa a Israel ante la urgencia de una nueva contienda existencial. Finalmente, la guerra se ha convertido en una finalidad en sí misma: la razón de ser de un dirigente que sólo puede sobrevivir acentuando su deriva autoritaria y barriendo los últimos resortes democráticos que aún conserva el país. El artículo de la escritora israelí Zeruya Shalev – que se reproduce a continuación – da cuenta de esa evolución de las mentalidades, bajo la inapelable crueldad de un conflicto que no ahorra sufrimientos a ningún pueblo. Falta que ese cambio en la percepción de las cosas, hoy en ciernes, encuentre – ¡y eso será lo más difícil! – una expresión política adecuada, no sólo capaz de descabalgar a Netanyahu y a la extrema derecha mesiánica, sino de imprimir un rumbo radicalmente distinto al que emprendió Israel, cuando fue abandonando cualquier perspectiva de diálogo con la Autoridad Nacional palestina y optó por el juego de suma cero que ha conducido a la actual tragedia.

 

No, nadie saldrá indemne de esta guerra. Una guerra que, bajo los auspicios de una presidencia americana bendecida por las iglesias evangelistas supremacistas, la desesperada resistencia de la teocracia de Teherán y la furia de los supuestos herederos de las tierras bíblicas, adquiere los contornos de una guerra de religión a ojos de un agudo observador como Enric Juliana. Por supuesto, no lo es en sus raíces y motivaciones, determinada por la necesidad de Estados Unidos de hacerse con el control de materias primas estratégicas y de contener la proyección mundial de China. Pero no es baladí que las confrontaciones que de ello se derivan adquieran la forma que señala Juliana, con unos liderazgos radicalizados, particularmente inaptos a la conciliación e ínclitos a toda clase de aventuras. Cada época escoge a los dirigentes que encarnan sus tendencias más profundas. El declive de un imperio, el agotamiento del neoliberalismo y las nuevas mutaciones del capitalismo, han propulsado al poder a toda una pléyade de autócratas y a una cohorte de nihilistas que fantasean con el Armagedón.

 

Por eso deviene crucial la batalla por Europa, por su integración en un proyecto federal que aúne el potencial de sus naciones alrededor de unos valores democráticos sólidos y de un nuevo impulso social y medioambiental. Empujando en ese sentido desde el “No a la guerra”, la izquierda necesita afianzarse en toda Europa frente a las fuerzas que tratan de disgregar ese proyecto, detestado y combatido por Putin y por Trump. La UE – más exactamente, la promesa de futuro que aún encierra, y que florecerá si avanza hacia su plena autonomía estratégica – es el auténtico Anticristo que Peter Thiel, gurú de Silicon Valley, querría exorcizar en Roma. Este fin de semana, un gran encuentro federalista, celebrado en Barcelona, ha marcado un hito en la unificación de fuerzas militantes, comprometidas en esa tarea. Los días 16 y 17 de abril, al llamado de la Internacional Socialista y del Partido Socialista Europeo, y bajo la presidencia de Pedro Sánchez, la ciudad condal acogerá un encuentro mundial de líderes progresistas frente a las crisis que amenazan a la humanidad. Ese es el camino que puede abrir una ventana de esperanza a los pueblos.

 

Lluís Rabell

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