Recordar y olvidar

Esta semana he decidido anotar en la columna de recordar todos y cada uno de los detalles del estudio que la Generalitat encargó al historiador Marcos Robles.

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Tenemos que recordar el pasado para ser conscientes de que nos llevó hasta aquí. Foto de archivo EP

 

Si algo tiene esta maravillosa profesión, a la que tengo el gran privilegio de pertenecer, es la oportunidad de conocer lo mejor y lo peor de nuestra sociedad pasada y presente.

 

Recordar a los olvidados para visibilizarlos

 

Esta semana he decidido anotar en la columna de recordar todos y cada uno de los detalles del estudio que la Generalitat encargó al historiador Marcos Robles, gracias al trabajo inicial de Carles Serret, archivero e historiador del Archivo Histórico Municipal de Sant Boi. Serret, quien, tras detectar unas anomalías en los registros del cementerio, dio origen a esta investigación que nos trae las historias de miles de personas que vivieron la Guerra Civil dentro de los centros psiquiátricos catalanes.

Porque hay muertes que no terminan cuando se apaga la vida. Hay muertes que se prolongan durante décadas vestidas de silencio, de archivos cerrados, de nombres borrados. Eso es lo que ocurrió durante mucho tiempo con miles de personas internadas en los psiquiátricos catalanes entre 1936 y 1939, especialmente en Sant Boi de Llobregat, centro en el que que acabaron sus días personas venidas desde toda Catalunya. Personas que no solo murieron en condiciones extremas, sino que después fueron condenadas a una segunda muerte, la del olvido. Y ante ello, el verbo para restituirlas y reconfortar un poco a sus familiares es recordar. 

El reciente estudio presentado en Sant Boi no es solo una investigación histórica. Es un acto necesario que devuelve identidad a quienes fueron reducidos a cifras, a quienes ni siquiera tuvieron la posibilidad de ser llorados públicamente. En un contexto de guerra, donde la brutalidad se mide en frentes, bombardeos y ejecuciones, estas víctimas quedaron fuera del relato. No encajaban en la épica ni en la narrativa de vencedores y vencidos. Porque fueron simplemente los olvidados.

Y, sin embargo, lo que ocurrió en aquellos centros no fue una tragedia inevitable. Fue el resultado de decisiones —o de la ausencia de ellas— que situaron a estas personas en el último escalón de la prioridad social. El hambre, la falta de higiene y el abandono institucional no son fenómenos abstractos: son consecuencias de una jerarquía que decidió quién merecía ser salvado y quién podía esperar. En aquel momento, las personas con enfermedad mental quedaron al final de esa lista.

Por eso, hablar hoy de reparación no puede limitarse a un ejercicio simbólico, aunque los símbolos sean imprescindibles, necesarios y reconfortantes. Poner nombres y apellidos, levantar un plafón en un cementerio o abrir los archivos es apenas el primer paso. La verdadera reparación implica reconocer que estas vidas importaban —y que su abandono fue una injusticia colectiva. Implica también asumir que el estigma que facilitó aquel olvido no ha desaparecido del todo.

Las familias lo saben bien. Han vivido durante generaciones con preguntas sin respuesta, con duelos interrumpidos, con la sensación de que sus seres queridos no contaban para nadie. Cuando decidieron reclamar información, verdad y dignidad, no estaban mirando solo al pasado. Estaban reclamando un lugar en el presente. Exigiendo que la historia deje de ser una herida abierta. Y lo han hecho sin ansias de venganza, pero sí con ganas de conocer toda la verdad sin paños calientes. Cómo se sabe con la información que se conserva qué sucedió. En una búsqueda de respuestas que a algunos les ha llevado obtener toda su vida, literalmente.

Este tipo de investigaciones cumple una función esencial en una democracia madura como la nuestra: incomodan. Nos obligan a mirar en zonas oscuras que no encajan en relatos simplificados. Nos recuerdan que la vulnerabilidad, cuando no se protege, se convierte en condena. Y, sobre todo, nos interpelan: ¿a quién dejamos hoy en los márgenes?

Porque la memoria no es solo un ejercicio retrospectivo. Es una herramienta para el presente. Recordar a quienes murieron en aquellos psiquiátricos no es un gesto de nostalgia, sino un acto de compromiso colectivo. El compromiso de no volver a aceptar que haya vidas prescindibles.

Si algo nos enseña esta historia es que el olvido también mata. Y que la reparación, aunque llegue tarde, es la única forma de devolver humanidad a quienes nunca debieron perderla. Y ante esto cabe recordar. Recordarlo todo.

 

Y en la balanza de la vida, a veces también es necesario olvidar para seguir avanzando.

 

En la columna del olvido he decidido colocar una palabra: “titis”. Una forma trasnochada, con la que alguien definió una reunión de más de 200 directivas a la que acudí con ilusión y de la que salí con ese regusto amargo que deja un pequeño desprecio disfrazado de comentario inocente. Porque sí, esa reducción simplista no solo me incomodó, sino que me indignó. Y como ni era el momento ni era el lugar, he decidido que aquí sí es el momento y el lugar de expresarlo en voz alta. Aunque solo sea para que entre un poco de luz en las cavernas grises de algunas mentes pensantes masculinas, cada vez menos, ancladas en el pasado por siempre jamás. 

Ante eso, he tomado una decisión consciente: olvidar esa palabra, "titis". No por resignación, sino por estrategia. Porque aquello a lo que prestamos atención crece, y yo me niego a que una palabra pequeña eclipse un momento grande. Prefiero quedarme con lo esencial: las intervenciones brillantes, la inteligencia compartida, la fuerza de tantas mujeres construyendo red. Esa energía contagiosa e infinita que, una vez la percibes, se queda dentro de ti. 

Un “titis” no puede ni debe borrar la satisfacción de haber sido testigo de todo ese talento colectivo. Al contrario, casi invita a resignificarlo. Porque si algo demuestra esa expresión es lo lejos que hemos llegado juntos, hombres y mujeres, mujeres y hombres. Transitanto por un camino que ha sido difícil, sembrado de un esfuerzo acumulado de generaciones enteras y sinceramente ha valido la pena. Por todos y por donde nos encontramos ahora, ha valido la pena y lo vale. 

Por eso, que nadie nos arruine ni el día ni lo conquistado. Hay palabras que no merecen quedarse en nuestra memoria. Hay comentarios que deben ir, sin más, al rincón del olvido. Y desde ahí, seguir avanzando, con más fuerza y más claridad que nunca.

Por eso afirmo en plena Semana Santa: es necesario y sano olvidar a los que no merecen ser recordados y recordar siempre, cada día al levantarse, a los que nos precedieron y fueron injustamente olvidados.

¡Feliz Semana Santa!

 

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