Tratar los sufrimientos

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Juego en línea. Europa Press

 

Coordinados por los profesores universitarios Eduardo Fonseca-Pedrero y Susana Al-Halabi, cerca de cuarenta psicólogos han articulado un libro de dos volúmenes que suman unas mil páginas. En él se propone una unificación flexible de las distintas líneas de psicoterapia, una integración práctica que enriquezca la comprensión clínica y personalice correctamente su contexto.

Enfoques de psicopatología (Pirámide) es una obra dirigida a especialistas que contiene abundantes planteamientos y análisis terapéuticos (teóricos y prácticos), buscando afrontar los sufrimientos de orden psíquico o mental, modulados por las características de cada ser humano concreto; también por las condiciones materiales y normas sociales del entorno en que vive. Lógicamente, cada caso presenta grados de complejidad diferentes y nos lleva a particularizar estrategias distintas.

Es bien sabido que muy a menudo, rasgos como el de mostrarse inquieto, callado, tímido o sensible llegan a convertirse para muchos en inmediatas sospechas de enfermedad o anomalía. En este ámbito de vagas generalizaciones y de afición obsesiva por las etiquetas proliferan diagnósticos, con frecuencia erróneos y disparatados de arriba a abajo. Y, aun siendo capital construir vínculos de afecto y confianza y consolidarlos, se propagan los estigmas mortificantes. Importa saber captar la tristeza que se genera de forma gratuita y absolutamente evitable, y transmitir comprensión y seguridad; saliendo de este modo del aislamiento social y la apatía. Sólo este objetivo puede conducirnos a lo mejor, como individuos y como sociedad.

Más allá del diagnóstico que pueda darse, hay que entender el sufrimiento humano desde una perspectiva que contemple los grados de atención, memoria, percepción, pensamiento o afectividad que se despliegan en las vivencias. Y no olvidar que, a estos efectos, la sacralizada empatía -palabra talismán en nuestro tiempo- puede resultar traicionera. La empatía cognitiva no deja de ser un "prerrequisito para la crueldad", se recuerda aquí. Y, si se saben detectar los puntos más débiles o sensibles de alguien, la mala índole puede aplicarse con trágico acierto y eficacia.

Una lectura escogida de estas páginas resulta de provecho e interés para los profanos. Echemos una atenta mirada al testimonio de un joven que cuenta aquí su experiencia personal de adicción al juego y cómo fue ayudado terapéuticamente con éxito, hasta ser capaz de reconocer el hábito nocivo que le acuciaba como un intento de evadirse de la pesadilla que le embargaba, pudiendo dejar de pensar que se sentía mal:

"Lo que empezó siendo un entretenimiento se convirtió en una trampa. Cuando las cosas fuera no iban bien (discusiones en casa, exámenes, sentirme perdido con mi futuro) apostar se volvió mi manera de desconectar".

Este muchacho explica que su psicóloga logró cambiar su forma de ver lo que le pasaba, hablándole de aprendizajes: "de cómo el juego, al principio, se mantenía porque ganaba algo (a veces dinero, pero siempre emoción y reconocimiento), y más tarde porque me ayudaba a evitar algo (la ansiedad, la culpa, el aburrimiento). Me explicó que no se trataba de una 'enfermedad' que viviera en mi cabeza, sino de un patrón aprendido y reforzado una y otra vez, también por mi entorno: los amigos, las casas de apuestas en cada esquina, el fútbol presente en todas partes (anuncios, radio, televisión, periódicos, bares)".

Yo creo que apenas tenemos idea de los efectos abrumadores de una propaganda que bombardea de continuo, pero también de la influencia de los amigotes. El joven en cuestión, de quien no se da siquiera un nombre imaginario, llegó finalmente a entender que su historia tenía un sentido inteligible:

"Aprendí que lo importante no es eliminar el impulso, sino entender qué lo activa, qué función cumple en mí y elegir algo distinto".

En otras palabras, llegó a confesar cómo al focalizar la diferencia que hay entre el diagnóstico y la comprensión de lo que vivía, empezó su cambio liberador. Para él y para todos aquellos que le quisieran bien.

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