Roberto Huezo: artista pintor descomunal
Me repetiré, pero es pertinente. Cuando el fabuloso cartagenero de Indias, Alejandro Obregon, me pidió que le escribiera un texto para su exposición en el Museo de Arte Moderno de la CDMX me negué al principio, diciéndole que no me sentiría cómodo.
Edmundo Font
Mis palabras deberían aparecer a lado de los escritos que Garcia Márquez y Alvaro Mutis ya le habían preparado. Obregon me amenazó con dejarme de hablar si no participaba en su catálogo. Y ya dentro de los textos, dije que había valido la pena vivir en Colombia tan solo por haberlo conocido.
Lo mismo tengo que decir respecto a mis años centroamericanos y a Roberto Huezo. El extraordinario autor, formado en arquitectura y en humanidades, cultiva una vigorosa personalidad, marcada entre otras, por la poderosa tradición del arte japones, gravitando en su trabajo el Tao Te King. La nuestra, es la historia de una amistad invariable, desde 1974. Nació de un encuentro entre el joven diplomático (en su primer encargo oficial que era yo) y la intensa colaboración con el brillante funcionario cultural al que respaldaban figuras descolladas de la intelectualidad y la academia, en el “Pulgarcito de America”, como llamó a ese bellísimo país de volcanes, la Nobel Gabriela Mistral.
En su vertiente fundamental, admiré de inmediato la obra del riguroso y disciplinado artista plástico de Cuzcatlán. Proveniente de una familia de grandes ebanistas, Huezo, desde niño, se abocó a la aplicación minuciosa de barnices y lacas, traducidas en esfumaduras y pigmentaciones sobre texturas que más tarde aparecerían en una fase de su pintura, la de sus caseríos en deliciosos paisajes. No obstante su valía, me atreví a criticar esa fase. Claro que no por su buena factura y la evocación del alma salvadoreña que significaba, si no porque se había convertido en la obsesión de una rancia burguesía que disputaba los cuadros y los acaparaba, antes aún de que la exposición fuera abierta al público.
Y de pronto, como el misterio del “Huevo de Colón”, surgió la epifanía de unos “huevos” extraordinariamente concebidos, en su dimensión figurativa, sobre un fecundo espacio de abstracciones matéricas. La primera tela de la serie de esos huevos con promesa de volar un día, me ha seguido por los cuatro continentes donde he vivido. La historia de esa génesis creativa es parte de la generosidad de su autor. Un día Roberto me pidió que fuera a su atelier (éramos vecinos en Santa Tecla) y que le diera mi opinión sobre su nuevo impulso creativo. Al ver que me entusiasmaba —y vivamente— con su nuevo camino pictórico, descolgó la tela del caballete y me la regaló.
En una secuencia fundamental comenzaron a “caer” gotas de transparencia luminosa en superficies de colores de intenso contraste, desatando felicidad cromática. Era una suerte de captura de uno de los elementos imprescindibles de la naturaleza, actuando como prisma de los pigmentos, desafiando perspectivas combadas en planos deslumbrantes. Y también tengo la fortuna de tener una tela —ésta sin llegar a la perfección de las transparencias posteriores— pero la presagiaba ya, como otra promesa del arte de Roberto, convertida en una firma reconocible más del autor, una suerte de heterónimo a lo Pessoa: los Huezos que habitan su propio artífice platónico.
En tono más personal debo recordar que en 1984 le compartí a Roberto una colección de poemas y de traducciones mías de Vinicius de Morais. Me la devolvió con un regalo singular: una serie de desnudos que acabarían ilustrando la edición brasileña de la editorial “Anima”, en Río de Janeiro; y allí los exhibí, durante el lanzamiento de mi libro en una de las más prestigiosas librerías cariocas, ante un público formado por figuras de la talla de la actriz Fernanda Montenegro y su marido el actor Fernando Torres, de los escritores Antonio Houaiss, Nélida Piñon, Manuel Puig, y del pintor Rubem Gerschman.
II
Hasta ahora, he recorrido algunos de los ámbitos estilísticos de la obra del brillante creador salvadoreño. La perspectiva figurativa de sus caseríos y paisajes volcánicos; sus telas de papeles perfectamente ajados; y la mezcla de elementos sorprendentes, como los huevos y las gotas, con sostén de composiciones abstractas. Y todo ello, elaborado bajo un diapasón estético similar, de impecable factura, que apunta a la identidad de un artista que pareciera caminar al margen del mundo real, de la problemática de su pueblo y de la tragedia de la violencia institucional que lo ha golpeado, como a tantos países de Latinoamérica, con sucesivos golpes de Estado.
Pero no. Roberto, tal vez con la inercia de Goya, desata otro elemento de la transformación y la pasión, como es el fuego, con un VIACRUCIS del dolor de su gente masacrada, torturada. Detiene pinceles, lápiz, carboncillos y sanguínas, que colindan con la belleza de sus conceptos plasmados, y nos entrega, con crudeza dramática —como lo haría en su momento el portentoso boliviano Guzman de Rojas con la guerra del Chaco— una serie imponente de dibujos que deja en la capilla “Jesucristo Liberador”, dedicada a Monseñor Romero, del campus de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Transcribo lo que firma al respecto el maestro Bradley Hilgert, en un revelador ensayo sobre Huezo: “…la colección de las 14 caídas lleva el título de “La Vía Crucis del pueblo salvadoreño” y reemplaza el Viacrucis o “Estaciones de la Cruz”, que tradicionalmente se encuentra dentro de las iglesias católicas como una parte importante —pero frecuentemente olvidada— de la espiritualidad católica…”.
No es un recurso retórico mío, pero requiero decir que abarcar la obra de Roberto Huezo, reitero, grabador espectacular e impresor de litografías y xilografías, ceramista, acuarelista, ilustrador, pintor y escultor, en unos cuantos párrafos, es una empresa impracticable. Sin embargo, en estas líneas sí vislumbro los ángulos de una tarea creativa que me conduce a aventurar una rotundidad: su tarea representa al más destacado y prolífico artista de su país, y tal vez, al más importante de Centroamérica, hoy en día. Todo ello, genio y figura incluidos, inscritos en la modernidad, gracias a su vocación renacentista…
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