Trump, en estado crítico
Su estado de salud empeora a ritmo acelerado
El congreso de los EEUU tardará más o menos tiempo en dar una respuesta a la situación en la que se encuentra el actual presidente Donald Trump. La enfermedad que sufre que en un principio parecía controlable, como suele suceder en la mayoría de los mortales, ha evolucionado hacia un estado crítico que no permite pensar que pueda salir airoso de ella.
En estos momentos, desde el balcón de la Casa Blanca, contempla impasible como en uno u otro lugar de este mundo, plagado de lacayos y otros viandantes, se le adelantan en ese camino que conduce al más allá como resultado de los actos generados por su gravísima enfermedad. Desconcertados, nos vamos a la cama cada noche intentando comprender la deriva de su salud y las consecuencias que ello comporta. Y nos preguntamos, ¿qué enfermedad es esa que padece Trump que tiene al mudo en ascuas?
Por los numerosos síntomas que presenta, y cada día que pasa hay menos opciones para la duda, se trata de un grave trastorno de la personalidad conocido con el nombre de narcisismo patológico. Y uno pensará, bueno, yo también me miro en el espejo, me creo mejor que los demás, me gusta que me admiren… y todo ello nos conduce a concluir con la conocida frase de que «a quién le amarga un dulce». Yo diría, que no le amarga a nadie, siempre que no se atiborre con ellos.
Ese es el caso de Trump. Se ha atiborrado, desde el destete, de tanto esplendor, real y fantasioso, hasta que su cerebro ha quedado empachado. El querer tener arrodillado a todo el mundo alabándole y aplaudiendo sus procederes ha llegado a extremos inimaginables. La falta de empatía, de compasión, de humildad, de respeto… son síntomas evidentes de su deterioro que, en el común de los mortales, conducen a un tratamiento de urgencia, tanto por su propio bien como por el de los demás.
Me temo que en el gravísimo caso que comentamos, la mejor solución sería la de internarle en alguna institución de gran prestigio, a la altura de su patología y de su arrogante personalidad. Si persistiese en su infantil pataleta enfocada a descuartizar a los demás, una sesión de electrochock no le iría nada mal. No debería demorarse mucho su internamiento porque cada vez es más probable que, de seguir en el despacho oval, acabe metiéndonos a todos en una cámara de gas. Me atrevo a asegurar que este sería nuestro dramático final, porque , el que empieza gaseando con la palabra acaba haciéndolo con Zyklon B.
Voy concluyendo. Recomendaría a todos aquellos que le ríen sus gracias, siguen o aplauden sus excentricidades, que es bastante probable que les haya contagiado y que, cuando dispongan de un momento, abandonen el papel adulador, se pongan en pie y pidan hora en el CAP. La humanidad lo agradecerá.
Escribe tu comentario