La historia de banderas compartida entre el PP y Junts: de Vox a Aliança Catalana

Los de Puigdemont estan entre las cuerdas: ¿Echarán a la alcaldesa de Ripoll?

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Carles Puigdemont, Sílvia Orriols, Santiago Abascal y Alberto Núñez Feijóo @ep

 

Cuenta la historia que un día en un territorio alguien creó una bandera muy grande, tan grande que no dejaba lugar para ver nada más. Sus vecinos, al ver la inmensidad de ese símbolo, crearon otro del mismo tamaño, y empezaron a competir por ver quién tenía la bandera más grande. Pasaron los años, y esta lucha tan viril entre los dos territorios derivó en enfrentamientos internos: ¿Es suficientemente grande la bandera como para competir con la enemiga?, se preguntaban muchos. Y de golpe salieron disidentes dentro de los movimientos que prometían símbolos aún más grandes, capaces de taparlo todo, incluso a los creadores de las primeras banderas. 

 

Los dos territorios mencionados podrían ser perfectamente Catalunya y España, y los creadores de las primeras banderas inmensas, PP y Junts. Dos partidos que tenían el poder en su espacio político y que, gracias a la deriva nacionalista, han invitado a fuerzas extremistas al ring que ahora se comen su pastel: Vox y Aliança Catalana. 

 

La crisis de la derecha española

 

El PP, intentando rascar votos con el conflicto entre Catalunya y España, consiguió que un tercer actor entrara en el juego, Vox. Es sin duda la respuesta de la población a un discurso basado en las sensaciones, en el miedo al contrario y en la autoreafirmación nacional irracional. Cuando se recurren a estos elementos, la lógica muere y da paso a otras ideas que provienen más del estómago que del cerebro. De este modo, el voto se mueve de las candidaturas más centrales a las extremistas, que son las que tienen más respuestas fáciles a los problemas de la sociedad. Y si se trata de agitar la bandera, saben sacar una mucho mayor, la más grande que se pueda exhibir. 

 

La carrera populista del PP ha tenido efectos muy nocivos para la formación. Ha perdido gran parte de su electorado en favor de un partido que lo tiene prisionero. Los populares, mientras sigan llevando a Vox en la mochila, estarán sometidos a su discurso extremista, y por tanto sin posibilidades de generar sinergias con el resto de fuerzas políticas que lleguen al Congreso español. Es decir, están condenados a ser la eterna oposición a no ser que consigan la mayoría absoluta. Un negocio redondo. 

 

El turno de Catalunya 

 

El camino de zarzas que ha tenido que recorrer el PP empieza a replicarse en el otro lado del tablero, en Catalunya. Tras los acontecimientos del referéndum de independencia de 2017, los partidos procesistas catalanes se dividieron en dos caminos: ERC, en un intento por restaurar la convivencia y demostrar que son posibles los pactos entre las fuerzas de izquierda española, basaron su estrategia en el diálogo con España y, en definitiva, en restaurar puentes con las fuerzas políticas que no construyen su ideario en torno a una bandera. En el otro lado quedó Junts, que continuaron su plan de ganar votos con el choque directo con el Estado, tildando de 'botiflers' a los republicanos por pactar.

 

Y en este contexto ultranacionalista de no poder siquiera hablar con el contrario, los de Puigdemont han cavado su propia tumba - igual que lo hizo el PP en su día-. El contexto político cambia, el Junts antipactista de la anterior legislatura, que señalaba a los catalanes que sí pactaban con el Estado, se ha convertido en uno de los principales socios del PSOE en este mandato. Y si has convencido a los tuyos de que el adversario es el demonio, posiblemente huyan cuando empieces a tejer pactos con él. 

 

Junts agitó demasiado la bandera, y así hizo nacer a Sílvia Orriols, la líder de Aliança Catalana y actual alcaldesa de Ripoll, que ha llegado al escenario político catalán con mástil mucho más alto que el de Puigdemont. Aliança Catalana es la expresión de la xenofobia en una sociedad que lleva demasiados años oyendo que lo propio es lo mejor y lo de fuera es, básicamente, basura. Así, ha llegado a la política catalana una candidata que es xenófoba, a partes iguales, con los españoles y con cualquier extranjero que quiera venir a contaminar la gran patria catalana. Es la expresión del peor nacionalismo, el aislacionista y el que ve a los contrarios como meros enemigos - al más puro estilo Vox-. Un nacionalismo que no había existido en Catalunya y que, por mantener cuatro votos, han conseguido engendrar. 

 

La alcaldesa de Ripoll está consiguiendo fuerza en el mismo sitio que lo hacen todas las ultraderechas: fuera de los medios tradicionales, en las redes sociales. Pero Junts ya nota el aliento de Orriols en la nuca, y ha empezado a realizar una serie de movimientos para frenar su auge. 

 

Alimentar a la ultraderecha

 

El primer acto llegó con la supuesta cesión de competencias de inmigración a Catalunya - que aún está por concretar-, una de las principales peticiones de Aliança Catalana. Con este movimiento, los de Puigdemont querían complacer a todo este nuevo electorado catalán que, de golpe, siente terror hacia una invasión de inmigrantes que comprometan las tradiciones locales. Pero a la ultraderecha no se la puede alimentar, porque siempre tiene una respuesta mucho más bestia y populista hacia todos los problemas. 

 

El movimiento de Junts envalentonó a la 'batllessa' de Ripoll y líder de Aliança Catalana, que decidió dar un paso más y empezar a dificultar el empadronamiento de inmigrantes en el municipio que lidera. Así, los ha dejado fuera del acceso a los servicios básicos como la sanidad y la educación y, de paso, han vuelto a poner a Puigdemont contra las cuerdas: ¿Compran su discurso y convierten a Catalunya en una especie de Hungría o le frenan los pies?

 

Y en este escenario estamos ahora, con una posible moción de censura sobrevolando sobre Sílvia Orriols que solo puede tirar hacia adelante si tiene el apoyo de Junts. "Puede que tenga los días contados como 'batllessa'...", ha publicado Orriols en un mensaje en Twitter, haciendo saltar todas las alarmas. 

 

Ahora Junts deberá decidir sí compra el discurso xenófobo de Orriols o si, por el contrario, la echa de la alcaldía de Ripoll. Si se produjera el ataque de honestidad y los de Puigdemont decidieran dejar de seguir agitando el odio hacia al contrario, Orriols saldrá del Ayuntamiento de Ripoll, tendrá un año para preparar su candidatura a las elecciones del Parlament y para convencer a parte de los posibles votantes de Junts. De este modo, la derecha catalana habrá hecho una jugada maestra - como en su día hizo el PP-. De tanto exhibir bandera, han acabado dividiendo a su electorado. 

 

 

 

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