jueves, 24 de septiembre de 2020

No te definas

Omar Linares Huertas

Cody davis


Nos gustan las cosas claras, y si hay algo que aclara, eso es una definición. La definición presenta, delimita, estructura. Nos dice qué es lo esencial sobre algo y qué le es ajeno. Lo desvela, lo deja desnudo a nuestro entendimiento. Un concepto incomprensible es como un reto que el pensamiento no puede escudriñar, que lo hace retorcerse ante él, sin poder tocarlo. Su mera presencia es ya una agresión. Frente a lo incomprendido se alza lo definido, lo que se revela sin engaño ni error. Por eso, podemos decir que lo contrario de la incomprensión es la definición, lo que tiene una forma clara. Pero, ¿qué pasa cuando uno se encuentra con algo que no puede definir?


Fíjate en cómo funciona el lenguaje: en la mayoría de sus usos es estrictamente descriptivo. Se limita a especificar, de forma física, aquello que alguien quiere expresar. El lenguaje indica, como un dedo cuando señala un objeto cotidiano. Trata de referenciar. Las palabras son el vehículo que conecta de forma ordinaria la mente con el mundo. Pero las palabras tienen límites, se muestran incapaces a la hora de mostrar ciertos aspectos de la realidad, y lo hacen porque estos espacios van más allá de la racionalidad habitual. Es más fácil describir lo que se ve que lo que se piensa; por eso usamos tantas metáforas, porque nos incomoda pensar sin poder atribuir una forma definida.


Sin perdernos en teorizaciones, podemos preguntarnos cómo afecta el juego de la definición a la pregunta por la identidad personal –es decir, ¿quién o qué soy yo?- y por qué no es posible dar respuesta a ella de forma corriente, como solemos hacer, con una descripción que nos haga sentir satisfechos. Veamos algunos ejemplos de lo descarriados que estamos en éste ámbito.


No eres tu empleo


Si le pides a alguien que se presente frente a un grupo, por lo general dirá su nombre para, justo después, añadir su profesión. Esto es muy interesante, ya que desde pequeños, cuando se nos preguntaba qué queríamos ser de mayores, la respuesta que se esperaba era la de un oficio concreto. No es de extrañar que años después acabemos por identificar ser con empleo. Comprensible, pero erróneo.


Definirnos a través de un oficio nos diferenciará de otros, pero nos diluirá entre compañeros de gremio. Hacerlo tan solo nos devolverá la descripción del entorno en el que lo que somos se expresa -o se inhibe, para aquellos que desgraciadamente no disfrutan en su trabajo- durante equis horas al día. Hagamos lo que hagamos, podríamos habernos dedicado a cualquier otra cosa, luego ahí no puede hallarse nuestro ser, ya que a éste deberíamos poder exigirle que sea más permanente, más firme, o al menos no tan efímero y pasajero.


Un empleo aporta estatus, reconocimiento social -y un salario, a poder ser-, pero nunca una identidad. Seguro que conoces a alguien que tras jubilarse no sabe quién es, no encuentra sentido a nada, pues su vida era su trabajo. Él era su puesto y sin él se siente nada. Lo siente, pero a pesar de ello es, porque nadie es su trabajo.


Tu personalidad no es tu identidad


Es también común que cuando nos piden que nos definamos -esa compleja tarea cuya dificultad tratamos de comprender aquí- solamos responder con una lista de atributos que nos perfilan socialmente. Gustos, tendencias, aficiones... Descripciones de diversos roles que mantenemos en diferentes situaciones.


Más allá de que un rol pueda o no reflejar una manifestación de nuestro ser en base a un contexto concreto, estas máscaras sociales no nos definen en absoluto. Como en el caso del empleo, nuestra forma de actuar podría cambiar radicalmente, y seguiríamos siendo quienes somos, aunque no tengamos forma de explicarlo.


Además, en ocasiones nuestra personalidad busca amoldarse a otros, ser incluidos, acogidos, reconocidos: estrategias que poco dicen de lo que somos, aunque ocupen un parte considerable de nuestra vida mental y emocional.


No eres lo que haces


Este apartado pretende reunir todas las modalidades de pseudo-definiciones que acostumbramos a dar de nosotros mismos. Y es que si hay algo en común tanto en los dos ejemplos anteriores como en muchos otros que no mencionaremos es la tesis de que lo que uno es viene dado por lo que hace.


Simplificando: uno es bueno si se porta bien, artista si crea algo denominable como arte y valioso si aporta valor a otros. Peligroso planteamiento, que hace que nos lancemos a la producción frenética, a una actividad constante, pues lo que parece estar en juego es nuestro propio ser, como si debiera ser conseguido. Pareciera que el ser, lo que uno es, es algo que tiene que ganarse; luego si uno no lo alcanza, no es nada. Craso error.


Si no soy mi trabajo, ni mi personalidad, si ni siquiera soy mis actos... Parece que la pregunta que sigue a estas afirmaciones es tan coherente con lo dicho como desesperada: ¿Quién soy?


El objetivo de este artículo no es responder a la pregunta -ningún texto podría hacerlo- sino mostrar la imposibilidad de hacerlo de la forma habitual, es decir, con palabras. No es posible definir lo que uno es, quien es, de la misma forma que se define una silla o un cuadro. No lo es porque no se trata del mismo tipo de objeto. De hecho ni siquiera es un objeto, sino un sujeto lo que pretende ser definido. El reto es diferente aquí.


¿Por qué necesitamos saber quiénes somos? Alguien sin mucha reflexión -o quizá con la reflexión adecuada- podría decirnos que sencillamente seamos, sin más. Si no podemos encarnar este “sin más”, esa sencillez del existir, es porque nos definimos para valorarnos. Quiero saber lo que soy porque necesito ser valorado por ello. Busco ser reconocido, quizá admirado. Necesito poder conocer qué hay de valor en mí. De nuevo demostración, justificación, competición... Discursos, palabras que tratan de llenar un vacío que cada vez duele más.


Hacia una experiencia de lo que soy


Para dejar atrás las etiquetas es necesario un cambio de paradigma: pasar de tomarse como un objeto -descriptible, evaluable- y empezar a verse como un sujeto. En este sentido, subjetivarse no es más que reconocer nuestra condición de sujeto, de seres que van más allá de lo que es posible decir de ellos, para dejar de buscarnos en el discurso. Entendemos mediante conceptos, pero la identidad los supera a todos: por tanto, su comprensión es fruto de una experiencia profunda, un contacto con el propio ser que no será posible mientras se haga desde la herida del reconocimiento o la autoestima.


Uno se encuentra a través del ser, de eso que ya es antes de hacer nada. Se topa consigo mismo cuando comprende que lo que es no se pone en peligro cuando se expone a otros, pues nada de lo que ocurra puede afectarlo.


Conectamos con nuestra identidad cuando sentimos -y subrayo, sentimos, porque no es una intuición teórica sino experiencial- que nuestra acción, cualquier cosa que hagamos, puede ser una expresión de nuestro ser, pero nunca una puesta en juego del mismo. Estamos en nosotros cuando nos percatamos de que todo aquello que queremos llegar a ser ya lo somos desde un principio. Empezamos a percibir que es posible expresar nuestro ser, realizarnos a través de él, plasmándolo en el mundo, sin buscarnos fuera de nosotros mismos. Así es como la pregunta por lo que soy pierde toda desesperación y se nutre de búsqueda, de curiosa plenitud.


Quien eres, lo que te hace único y profundamente valioso no es algo que te venga dado por una etiqueta. No te definas, pues ninguna definición será capaz de albergar todo lo que eres.


Mejor descúbrete y permítete ser quien eres. Ya buscarás palabras después para explicarlo. O no.



Omar Linares es filósofo asesor en thelosconsulta.com

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