​Las Cloacas del Estado apestan

Manuel Fernando González Iglesias

Villarejo


Villarejo Pérez, el Anacleto agente secreto de nuestra Policía, ha ejercido presuntamente sus habilidades como técnico de sonido durante varios gobiernos de distinto matiz ideológico. Por lo que se está comprobando, ha sido "el perejil" de todas las salsas desde su privilegiado status policial durante demasiado tiempo, por lo que las consecuencias -a modo de filtraciones interesadas- pueden llamar la atención de la gente de buena fe, pero sobre todo de quienes aparecen en primera persona en unas escuchas no autorizadas, donde las personas, cargos, o lo que sea, hablan con la sinceridad con la que "todos" nos comportamos en una charla de café.


¿Qué hacer con semejantes regalos envenenados? De momento, lo que hacemos los medios de comunicación, en líneas generales es publicarlos, alegrándole el día al imputado Villarejo que es fácil imaginárselo en prisión disfrutando del espectáculo que la sacrosanta libertad de expresión no frena, aunque en el fondo y en las formas, todos pensamos que cualquiera de nosotros está completamente indefenso ante semejante ataque a la intimidad personal que es zarandeada presuntamente sin ningún tipo de escrúpulos por un ex servidor del Estado.


¿Cómo ha podido este sujeto grabar impunemente a la gente sin que nada le pasase judicial y penalmente durante tanto tiempo? La respuesta hay que buscarla en ese limbo de amnistía permanente que conocemos popularmente como las Cloacas del Estado, una especie de paraíso para los malvados al que no es la primera vez que han acudido algunos periodistas para conseguir sus exclusivas que luego se han vendido como sesudos trabajos de investigación. Ni que decir tiene que los políticos y los que tienen dinero de dudoso origen han utilizado mucho más a los Villarejo de turno que los plumillas, porque solo ellos podían pagar los millonarios sobresueldos con los que han compensado sus servicios. Y como se decía cuando uno era aun un mozalbete, eso "ha pasado aquí y en la China roja".


Por eso, como inocente suplica, yo pregunto: Colegas de la Aldea Digital, ¿no nos toca, tal vez, también a nosotros, poner freno a semejante desvergüenza? Pensémoslo.

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