domingo, 17 de noviembre de 2019

​Una democracia falta de valores

José Molina Molina
Doctor en Economía y Sociólogo. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y de Transparencia Internacional y Presidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia

Democracia


Han pasado cinco años desde que nos incorporamos a los Estados de la Unión con una Ley de Transparencia (Ley 19/2013) tímida que entró en nuestro ordenamiento por la vía de los archivos y registros del derecho a saber del artículo 105-b de nuestra CE. Y desde esa fecha muchos estamos buscando cómo ejercitamos ese derecho haciéndolo comprensible a la ciudadanía para que las instituciones sean más transparentes. Pero más transparencia requiere más democracia y desarrollar la ética y la participación. Porque buscamos valores y más eficiencia para practicar una rendición de cuentas que instituya gobiernos abiertos con una ética pública que se viva desde una democracia participativa, y no una feria de datos abiertos.


Sin embargo, pretenden que nos quedemos con una visión de indicadores y cumplimientos de las obligaciones de la publicidad activa, la apertura de datos y los portales de transparencia, olvidando que lo importante son los valores, no los indicadores, para poder encajar bien las piezas de nuestra obsoleta estructura institucional, que no consigue una organización eficiente de la política, de la economía, o de la vida social. Es como dice Innerarity una democracia de incompetentes, por la desconfianza existente, y la obsesión de controlar y monitorizar, hasta el poder, según Reane.


Ha llegado el momento ejercitar la crítica, la rendición de cuentas y contar realidades sin un falso criterio de prudencia oficial que impide conocer la verdad. Se ponen obstáculos para incrementar una opinión pública competente que impulse un debate de las contradicciones del sistema.


La red de Consejos de Transparencia reunidos en Cádiz, hicimos un llamamiento denunciando que no podemos ejercer y velar por el cumplimiento de nuestros objetivos. Somos instituciones independientes y no estamos preparados, y se nos impide compartir el poder. Somos instituciones nacientes, que padecemos la misma enfermedad que otros que nacieron hace décadas, y también con la misión de controlar el poder, pero es el poder, el que no permite que se le controle. Por eso hablar hoy de gobiernos abiertos es un insulto a la inteligencia democrática, porque la ciudadanía no observa ni el más mínimo paso de apertura de sus instituciones, porque todo lo que se publicita desde el poder queda tan protegido que no se siente como instituciones abiertas, y esas contradicciones están produciendo desencanto en unos y falsas ilusiones en otros, y son un magnifico caldo de cultivo para ofrecer a los desencantados un refugio fácil en los populismos.


El miedo se ha apoderado de la ciudadanía y, por un lado, están los que desde el poder incitan al pánico y, por otro lado, los que temen a perderlo. Esta forma de entender la política es la que lleva a muchos a pensar que es más un problema que la solución. Ese déficit cognitivo es urgente acometerlo y se precisa dar una batalla para que no se acepte como inevitable el desastre y la corrupción. La ineficiencia en la gestión de lo público, la privatización como solución y el regreso a visiones ya superadas del pasado, son la peor fórmula. Wehner nos alertaba que cuando la política se convierte en un diletantismo organizado, es un camino fácil para resurgir el escenario patrimonialista conservador que convierte todo en un auténtico sin sentido.


Los padres de la democracia, desde los orígenes hasta la sociología moderna, nos recomiendan construir la democracia y la vida social a través del conocimiento mutuo, idea que ha sido muy asumida en la literatura y en la política, como nos explica Rosanvallon. Pero sin perder la visibilidad social, porque a medida que se pierde visión, se incrementa la crisis porque nos alejamos de las funciones básicas, y se trasmite en los mensajes no inclusivos de los proyectos políticos, y a partir de ese momento se inicia una caída libre en un vacío político que nos lleva al fracaso, así por lo menos nos lo describen Acemoglu y Robinson.


El compromiso de la ciudadanía es estar presente en los procesos, ejercer su función de control de alimentar el desarrollo del gobierno de las instituciones públicas, fortalecer las instituciones de control y no hay que dejar de opinar, interpelar, criticar, denunciar y alertar. Es el momento de participar, de controlar y ejercer tu derecho a saber para emitir juicios críticos sobre todos los asuntos públicos, para que desde esa acción critica seamos capaces de poder explicar y transformar a las instituciones, antes de que queden bloqueadas por otros impulsos de regresar a ideas del pasado.


Si somos capaces de entender y explicar esta nueva complejidad de la democracia, la habremos enriquecido y sabremos llegar a una gobernanza compartida e inclusiva, y de esta forma lograr antes que se rompa, una sociedad innovadora, generadora de un bienestar que sea capaz de fortalecer una vida con desarrollo sostenible. Mi mensaje para este año que comenzamos es un deseo de que juntos encontremos soluciones porque tenemos el reto de comprender el difícil tiempo que vivimos, y que el camino democrático es saber compartir un futuro inclusivo, menos desigual y más sostenible.

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