jueves, 5 de diciembre de 2019

​Xavier Moret ('Tras los pasos de Livingstone'): "En África el camino más corto raramente es el más rápido"

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Libros Tras los pasos de Livingstone

Todavía es posible ver cómo un niño negro llora de puro susto al encontrarse cara a cara con un muzungu, es decir, con una persona blanca, tal cual me ha ocurrido a mí mismo hace unos pocos días en la costa oeste de Madagascar. Y es que África y sus aledaños todavía conserva, pese a la creciente presencia del turismo masivo y a la generalización las nuevas tecnologías, como la telefonía móvil, zonas donde se vive -quizá podríamos decir se sobrevive- como hace más de cien años. Pese a ello, muchas cosas han cambiado en tan sólo dos o tres décadas, como pudo comprobar Xavier Moret en el transcurso del periplo que realizó recientemente por paisajes que ya había conocido y que estaban situados en torno a la región de los grandes lagos y al nacimiento los dos Nilos: Zanzíbar, Tanzania, Kenia -con la isla de Lamu-, Uganda y Congo. Lo relata muy amena y documentadamente en su nuevo libro 'Tras los pasos de Livingston' (Península).


Fue en Ujiji, localidad situada al oeste de Tanzania, cabe la orilla oriental del lago Tanganika, donde en 1871 se produjo en encuentro entre el periodista Henry Stanley y David Livingstone y el primero inquirió al segundo, según quiere la leyenda, si era, tal como presuponía, el misionero y explorador escocés que estaba buscando afanosamente. Pues bien, por allí pasó también Moret en este nuevo recorrido por África Oriental.


El relato del viaje realizado está salpicado de vivencias propias, descripciones apasionadas de paisaje idílicos, apasionantes encuentros humanos, estancias en antiguos hoteles coloniales en los se alojaron ilustres personalidades y numerosas anécdotas. También hay reiteradas y atinadas referencias bibliográficas con las que enriquece su propio testimonio. Y encadenando todo ello, numerosas observaciones sobre las formas de vida de aquellos pagos, tan diferentes de aquellas e incluso contradictorias con aquellas a las que estamos acostumbrados. Como cuando dice que "en África no tardas en darte cuenta de que el tiempo no se mide como en Europa, de que la acumulación de cosas materiales carece de sentido y de cada día puede ser una aventura". 


Advierte que "en estas latitudes, más que la fauna salvaje, el peligro cotidiano suele venir de mosquitos, moscas tse tse, tábanos escorpiones, hormigas, serpientes y escarabajos". A la hora de planificar un viaje hay que tener muy en cuenta que "en África el camino más corto raramente es el más rápido" y que "los viajes raramente se miden por kilómetros, sino por horas; es más realista". Además "hay una leyenda no escrita que establece que todo puede ser mucho más complicado de lo que puede parecer a priori". Pero todo tiene su premio porque "después de un tiempo por África, sabes que, en cuanto llegas a tu país te convertirás en un inadaptado… por lo menos durante unos días hasta que consigas conectar de nuevo con la manera europea de entender la vida, con la extraña visión del mundo que tienen los muzungus".


Dos observaciones tangenciales: Moret atribuye el descubrimiento de las fuentes del Nilo a Burton y Speke y elude citar al fraile español Pedro Páez, quien habría llegado dos siglos antes. Por otra parte, incurre en un error, harto generalizado, de afirmar que fue en la conferencia de Berlín de 1885 donde "se confirmó el reparto de África entre las grandes potencias europeas". En dicha asamblea se establecieron ciertamente los principios a que debía ajustarse la colonización del continente africano, pero no se repartió nada.

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