jueves, 5 de diciembre de 2019

Se acabó la guerra del agua

Manuel Fernando González Iglesias

Tras una muy dura pelea judicial podemos dar por concluida la llamada Guerra del Agua que finaliza con una sentencia del Supremo razonada y justa. Aquí no solo gana por justicia suprema una empresa de prestigio como lo es AGBAR sino, sobre todo, Barcelona y su área Metropolitana quienes,  encomiendan su presente y su futuro a la gestión públicoprivada del agua que es lo más sensato en una sociedad europea moderna.


Desaladoraagbar


El aplicar "consignas bolivarianas" condenadas tantas veces al fracaso, como pretendía el muy denostado concejal Eloi Badía, puede sonar muy bien en países en vías de desarrollo, pero no son razonables en una metrópoli como lo es Barcelona y su área metropolitana que tiene exigencias técnicas de primerísimo nivel solo al alcance de quien esté tecnológicamente capacitado para poder aplicarlas y, en eso, aunque no le guste a los cupaires y comunes de Agua es Vida y a la misma alcaldesa, la empresa que preside Ángel Simón es una de las mejores del mundo en calidad tecnológica, servicio, precio al cliente y gestión económica  final.


Si a eso añadimos que salvo desdichadas excepciones como la de los señores Badia , Pinyol y Carcolé, por poner algunos ejemplos lamentables que, en todo momento, han sembrado la duda y han incordiado para generar pleitos y líos, mintiendo a la ciudadanía si así lo creían necesario, todo ha seguido funcionando con razonable eficiencia y solo nos queda decir como en el padrenuestro: Amén.


Esta empresa editora, Press Digital Group, siempre ha defendido , incluso cuando los poderosos amigos de la alcaldesa se frotaban las manos a la espera de una sentencia que les iba, sí o sí, a ser favorable, que lo prudente era lo que ahora han dicho los Magistrados del Supremo, que ello era lo mejor para todos, que la gestión profesional de Agbar era lo lógico, y que ello suponía para esta empresa catalana el mantenimiento de sus puestos de trabajo, que con la que cae políticamente,  era una muestra de convivencia ejemplar y de apuesta de éxito, pero que también en ese diseño figuraba el papel controlador de los representantes legítimos de los ciudadanos que no dejarían que nada ni nadie y, nunca mejor dicho, llevase el agua a su particular acequia.


Ya toca pues que la Alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se quite de su entorno a gente equivocada por sus propias fobias y se encomiende a la moderación colectiva que le exigen sus conciudadanos en defensa de los intereses de todos, y especialmente en el  muy ecológico servicio del agua, tan valioso como escaso.


Ojalá lo haga desde su propio convencimiento, y su ejemplo lo sigan aquellos que se han dejado engañar por datos falsos y populismos desacerbados. El agua es de todos y no hay que dejarla solo en manos de iluminatis.  

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