Un pueblo con memoria de pez

Manuel Fernando González Iglesias

La Abogacía del Estado acaba de enseñar a los ciudadanos, sin luz ni taquígrafos que expliquen su decisión, el escrito que ayer anunciábamos en nuestro diario siguiendo la estela de la primicia de los compañeros de la SER, que ya conocía Esquerra Republicana antes de que este lunes del agonizante diciembre fuera publicado oficialmente.


Somos pocos los medios que ayer domingo nos escandalizamos por el hecho del "chivatazo" a la "parte contratante de la primera parte", dicho en lenguaje grouchiano. Es una inmoralidad de tal calibre, que puesta en el saco sin fondo de los trágalas del 'procés', apenas va a tener recorrido, salvo que el Constitucional le dé cancha o que la "mayoría silenciosa" de los actuales dirigentes socialistas arme una gorda a su Señorito de la Moncloa, cosa bastante improbable en los tiempos que corren.


La posverdad y el populismo se han hecho los "putos amos" del negocio político en España. Los mensajes cambian cada nanosegundo y nosotros, los presuntos receptores de los mismos, damos muestra, por agotamiento social, de poseer una memoria de pez incapaz de almacenar tantos datos contrapuestos de un presidente cuya indecencia moral ha alcanzado las más altas cotas de la historia del que todavía es nuestro país y se sigue llamando España, aunque nadie sabe ya por cuánto tiempo.


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Y si el Señor Pedro Sánchez Pérez-Castejon se las tiene tiesas con una parte muy importante de los periodistas, la derecha popular también se está trabajando concienzudamente un desolador futuro manteniendo una estrategia de encefalograma plano, al pretender que lo que quede del post-sanchismo les va a favorecer desde el desgobierno que surja, tras la muy larga legislatura que se adivina en el horizonte.


Para demostrarles que lo de la memoria de pez que padecemos no es una coña, quisiera señalarles la escandalera, ya olvidada por cierto, que se montó hace solo unos días con lo que algunos diarios titularon como el "aquelarre del Palau", acto independentista en el que se exaltó con fervor y vehemencia extremos el ideario de la Catalunya independiente en un marco incomparable como lo es y lo seguirá siendo el Palau de la Música Catalana. Una venerable institución generosamente subvencionada por la Generalitat de todos, el Gobierno de España y no digamos las marcas y empresas que trabajan en la, de momento, Comunidad Autónoma. Ninguno de los que se sintieron ofendidos por tanto derroche de patriotismo catalán se acordó, al ver las imágenes, de otras mucho mas sombrías y vergonzosas para el Reino de España y para la propia sociedad civil catalana como lo fueron aquellas en las que los jueces emitieron, el 15 de enero del 2008, la llamada Sentencia del Caso Palau, en la que se detallaba minuciosamente el expolio de 23,2 millones a la joya de la cultura catalana perpetrada por distinguidos patriotas catalanes que con sus familias y la permisividad del gobierno nacionalista de entonces robaron a manos llenas de los dineros que solo iban destinados a la cultura, provocando la vergüenza y el estupor de todos, independentistas y no independentistas. A día de hoy, esos señores y señoras no han pisado la cárcel y ninguno o ninguna de los que manosean esteladas por el procés y los presos han salido a la calle para protestar quemando contenedores. ¿Por qué? Porque la memoria de pez nos afecta a todos.


Dejémoslo en este punto, que lo que nos viene en enero dará para muchas palabras, incluso más gruesas. A los Abogados del Estado --que nunca podrían perder su puesto de trabajo por mucho Gobierno que lo pretendiera, porque su plaza es segura tras una muy dura oposición-- solo les digo después de leer su nota de prensa: dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Leído  lo que piden en su escrito oficial, nadie se va a creer hoy lunes que no han sucumbido a las presiones de la gente de la Moncloa, a su vez orientadas por su irrefrenable deseo de seguir en la Moncloa. Con ese cuento a otro sitio, letrados.


Que sean Vds., amigos de la prensa digital, felices en el 2020 y no se crean aquello de que si no hay gobierno se acaba el mundo mundial. No solo no es cierto, sino que sería extraordinariamente saludable, no para el Señor Sánchez y Pérez Castejón por supuesto, que la Providencia nos permitiera poder cambiar nuestro voto en unas nuevas elecciones. Por desgracia no va a poder ser y bien que lo vamos a lamentar. ¡Ay el populismo!

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