​El ‘arco da vella’

Manuel Fernando González Iglesias

Viene lo que viene. Era fácil de prever, porque lo que hemos visto y padecido en los dos últimos años, por poner un ejemplo fácil, nos dice que tenemos un problema político, no solo en Catalunya, sino en el conjunto del Estado. Porque lo de exigir en las calles la independencia es como una mala gripe, que comienza con un estornudo y un ligero picor en la garganta, para luego expandirse a todo el cuerpo y de allí, si continua sin el tratamiento adecuado, pasarse al resto de la familia que convive junta, y por lógica a los compañeros de trabajo o a los espectadores que ven juntos una película hasta llegar a transformarse en una pandemia de consecuencias imprevisibles.


El Gobierno que hemos elegido tiene pues ante sí, no el problema catalán solo, como dicen los ministros sanchistas y podemitas, sino la segunda fase, ya muy avanzada, de la falta del encaje pactado del Estado de las autonomías que, si en la década los setenta del siglo pasado, fue una novedad para la Europa política, ahora, por no haber seguido trabajando con la eficiencia política debida en busca, a mi entender, de un federalismo asimétrico que alumbrara un pacto de convivencia, aunque fuera de mínimos entre todas las partes en conflicto ha devenido en sedición según sentencia del Supremo. ¡Una auténtica catástrofe...!


Estamos así, porque nuestros representantes parlamentarios se han equivocado gravemente, y persisten en el error, pero también porque nuestros jóvenes sin empleo ni futuro, ya pasan de la política, y la calle -que debía ser suya- la ha tomado el independentismo más violento, que solo tiene enfrente a toda clase de policías, por ejemplo a los Mossos y la Guardia Civil, que ni pueden dialogar ni tienen ese cometido.


¿Y hacia dónde nos quieren dirigir los que mandan? Pues, por lo que parece ahora mismo, hacia la reforma del Código Penal, que es un parche más como lo son los que se buscan por la vía judicial, o a través de los pactos de investidura un atajo al verdadero problema real.


Somos tan cojonudamente diversos que nadie es capaz de encajar esa magnífica policromía social en un arco iris de gobernabilidad pactada que aparezca por encima de todos sin que nadie diga, este ‘arco da vella’ -que así se llama en donde nací- es maravilloso. No existe ese consenso, ni creo que por el camino por el que vamos logremos alcanzarlo en un plazo razonable. A mi admirado Castelao su brillante idea sobre el federalismo ibérico le pilló en el exilio bonaerense, donde murió sin poder regresar a la Galicia que tanto idolatró. Seguimos igual, o peor que entonces, porque por mucho que miro a mi alrededor no encuentro estadistas de ese nivel o del de Azaña, al que tanto citan ahora en el Congreso quienes solo son intelectuales mediocres o españoles de escaso fuste. Y en ese mojón del camino nos encontramos discutiendo como en el cuadro de Goya.


Tenemos que reaccionar y buscar urgentemente la forma de entendernos. Despreciar, sí, despreciar, las polémicas estériles como la que ahora tenemos montada en Murcia y en Madrid. Y decirle ‘no’ a los que discursean en nombre de “su patria” para que nos dejen en paz, porque si no lo conseguimos, volveremos a ese lugar en el que nuestros bisabuelos en el 36 se liaron a tiros. Busquemos con firmeza, pero también con serenidad, nuestro ‘arco da vella’ que sigue estando por encima de todas nuestras cabezas para que nos ilumine y nos permita vivir en paz. Solo hay que esperar a que escampe, y vuelva a salir el sol. Así de simple.

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