“Hong Kong no es ciudad para lentos”: una ciudad cada vez más lejos de China

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La retrocesión de la colonia de Hong Kong a la soberanía de la República Popular China pactada entre Londres y Pekín supuso el establecimiento, durante medio siglo, de un régimen peculiar para dicho enclave distinto al del resto del país y que permite el mantenimiento de un abanico de libertades, un sistema económico de libre mercado y una estructura política relativamente democrática. Todo ello con vistas a hacer una transición suave entre las formas de vida existentes durante la colonización británica y las propias de un régimen comunista tan peculiar como el chino.


Pero ocurre que la experiencia colonizadora habida durante siglo y medio ha dejado una huella que está resultando mucho más profunda de lo que hubiera podido imaginarse y que está haciendo que los hongkoneses, y muy particularmente entre la gente joven, se sientan cada vez más diferentes de sus teóricos compatriotas continentales. Incluso hasta en el idioma, porque estos emplean el mandarín y los habitantes de Hong Kong en cantonés. La indisimulable presión de Pekín por ir reconduciendo la situación en favor de una mayor integración de la antigua colonia en la nueva metrópoli, con el consiguiente recorte de sus peculiaridades, está motivando la creciente resistencia de la población hongkonesa, con numerosas y multitudinarias manifestaciones que han derivado en expresiones de clara oposición e incluso en episodios de violencia.


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Jason Y. Ng es un hongkonés de nacimiento que ama su ciudad y que, aun cuando ha vivido en Italia, Estados Unidos y Canadá, se siente unido a ella y trata de explicárnosla en “Hong Kong no es ciudad para lentos” (Península) Su visión no es complaciente y no tiene reparo en afirmar que “no es ciudad ni para pobres, ni para viejos”, que su sociedad “se encuentra dividida entre dos grupos de personas: los que son dueños de una vivienda y los que intentan serlo”, lo que da lugar a la existencia de mafias inmobiliarias y construcciones ilegales (las “casas de cristal”), que “estamos genéticamente programados para sentirnos improductivos a menos que hagamos tres cosas a la vez”, por lo que muchos padecen depresión por culpa del estrés y un tercio de la población sufre alguna enfermedad mental. También debela el mal trato que se da muchos emigrantes, por ejemplo, al personal de servicio de origen filipino. Y desde luego satiriza la visión de muchos occidentales sobre China y el mundo asiático en general, pese a lo cual muchos expatriados occidentales que viven en Hong Kong se aclimatan con facilidad.


Resalta las cada vez más acusadas diferencias que distinguen al ciudadano de Hong Kong del de la China Popular y trata de profundizar en la identidad propia: “Nuestra identidad -dice- siempre ha sido motivo de polémica. La mayoría de nosotros ni siquiera estamos seguros de cómo debemos llamarnos. Si hacemos la pregunta en la calle, las respuestas serán variadas: «hongkonés», «chino de Hong Kong», «hongkonés chino» o simplemente «chino». Estas denominaciones pueden sonar a lo mismo a un oído entrenado, pero no a nosotros. Las tensiones entre Hong Kong y el continente crecen día a día y cada vez rebuscamos más las palabras e hilamos más fino para distanciarnos de la madre patria. Trazamos una línea en la arena y juramos defender nuestra identidad nacional o algo que se le parezca”.


En todo caso, “resulta fácil mostrarse cínico acerca de Hong Kong. El ruido, las multitudes y el estrés le ponen una mala cara permanente a la ciudad. Cualquier día festivo se ha convertido en una excusa para irse, cuanto más lejos mejor. Hacemos la maleta, tomamos el avión y viajamos cinco mil kilómetros hasta una playa para despedirnos del tedio urbano. Sin embargo, ni siquiera las gafas de sol más oscuras pueden ocultar que en fondo todos somos hongkonófilos”. Y es que Hong Kong es también “una ciudad para saborear la vida”.

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