“Mi carta más larga”: la poligamia denunciada por una escritora senegalesa

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En España existe un enorme desconocimiento de la literatura africana contemporánea y me gustaría saber sin hay muchos conciudadanos nuestros capaces de citar autores de dicho origen en número, como mínimo, igual al de los dedos de una mano. Pruébelo, amigo lector, y luego me cuenta. Por eso resulta muy reconfortante saber que existe una editorial, Wanáfrica ediciones, que tiene su sede en Barcelona y está dedicada a publicar autores y temas vinculados con el continente meridional.


Con el sello de Wanáfrica nos llega “Mi carta más larga” de la escritora senegalesa Mariama Bá. Concebido con la carta que la protagonista, Ramatoulaye, escribe a su amiga Aissatou, es el relato de la peripecia de dos mujeres que se casaron enamoradas de sus respectivos maridos pero que, al cabo del tiempo, descubren que éstos deciden contraer nuevo matrimonio con una segunda esposa. Como cabe suponer, todo ello se desarrolla en el seno de una sociedad musulmana, en la que la poligamia, reconocida como legítima por el Corán, es practicada con normalidad. Lo que ignoramos es la repercusión que tiene tanto en la vida de las mujeres que quedan de la noche al día convertida en coesposas, como en las familias que han formado. Porque además, tanto en el caso de Ramatoulaye, como en el de Aissatou, esta situación se produce en el seno de familias de acomodado nivel social: Mawdo es un médico prestigioso y Modou, destacado sindicalista.


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“Mientras que la mujer obtiene del transcurso de los años la fuerza con la que seguir avanzando a pesar del envejecimiento de su compañero -dice Ramatolaye-, éste retrocede cada vez más en su parcela de ternura. Sus ojos egoístas irán por encima del hombro a su cónyuge. Compara lo que tuvo con lo que ya no tiene y con lo que podría tener”. Pues bien, lo que podría tener en el caso de Mawdo es una tierna jovencita, prima por más señas del médico, colocada en su camino por su propia madre, disgustada del primer matrimonio con Ramatoulaye, que no considera adecuado a la estirpe de nobleza de la familia; y en el de Aissatou, nada menos que una compañera de instituto de su hija mayor, a la que Modou conoce porque la trae a casa para compartir los trabajos escolares. Tanto en un caso como en otro, el segundo matrimonio supone el abandono en la práctica de la familia creada con la primera mujer, lo que para Ramatoulaye supone dejarla a cargo de los doce hijos habidos con ella.


Lo más dramático del caso es el punto de partida que pone Bá en su novela. Porque “Mi carta más larga” se inicia con el fallecimiento de Mawdo y las interminables ceremonias fúnebres que las dos viudas tienen que hacer de consuno, con el consiguiente desembolso económico. Y con una consecuencia adicional: la aparición de numerosos pretendientes dispuestos a consolar a Ramatoulaye con un nuevo matrimonio, desde su cuñado Tamsir, hasta el diputado Douda Dieng, por cierto, ya casado previamente con otra mujer.


Con tales mimbres Mariama Bá articula una terminante denuncia de la poligamia, y la aparición de un incipiente feminismo no exento de contradicciones, porque la protagonista, que reivindica para la mujer un papel más independiente, se manifiesta encantada con su trabajo hogareño, en el que se siente ampliamente gratificada. Y como colofón de cuanto se ha dicho, hay asimismo un lamento implícito por la supervivencia de otras tradiciones que son así mismo rezagos del pasado: los matrimonios forzosos, la “herencia” familiar de la esposa viuda, los embarazos adolescentes -como el Fatumata, la hija de Ramotoulaye, bien que en este caso con un novio digno que no elude sus responsabilidades- , los funerales convertidos en interminables actos sociales, los obligados regalos de dinero en el seno familiar y un largo etcétera.

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