Aleix Saló denuncia la banalización del fascismo en “Todos nazis”

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Pese a que las sociedades humanas siguen utilizando un mismo idioma a lo largo de muchos siglos qué duda cabe que el lenguaje va cambiando poco a poco; se incorporan nuevos vocablos, mientras que otros devienen obsoletos. Tengo para mí que una de las transformaciones más evidentes es la que se produce en el ámbito de las descalificaciones del prójimo o, por mejor decir, de los insultos. Hay denuestos que simplemente han desaparecido. Así en la posguerra española, había quien descalificaba a su enemigo tachándolo de “rojo” o de “masón” (recuerdo aquello que decía “¿quién es masón? el que está delante de mí en el escalafón”) Otros, aunque algunos los siguen utilizando, son considerados política o socialmente incorrectos, así los que califican peyorativamente la variedad sexual, las minusvalías o el origen religioso o étnico.


Pero en cambio han resurgido algunos que parecían abandonados en el zaguán de la historia. Es fácil observar la generalización de epítetos como “fascista” o “nazi” (¡escríbase siempre con zeta, por favor!) pronunciados ambos con la fuerza que da la intención descalificadora. Lo más curioso es que los que los emplean contra sus enemigos o contradictores pertenecen a ideologías contrapuestas entre sí, con lo que resulta que todo el mundo es fascista para quien discrepa del que lo dice.


Libros Todos nazis


Aleix Saló construye en torno a esta realidad un divertido relato literario y gráfico, no exento de mala uva, en forma de libro-cómic titulado “Todos nazis. Cómo España se llenó de «fascistas» hasta que llegaron los fascistas” (Reservoir Books). Sugiere que es este un fenómeno reciente que se empieza a detectar poco antes de la recuperación del poder por la izquierda tras el descalabro del PP a consecuencia del atentado de Atocha. Si bien fue la izquierda quien lo empezó a utilizar el término “fascista” conjuntamente con el de “neoliberal”, fue rápidamente asumido por la derecha y cita como precursores a un tal Molina, alcalde de Toledo, al diputado Martínez-Pujalte y al diario El Mundo, seguidos por algunos representantes de partidos centristas (UPyD y Ciudadanos).


A partir de ese momento y bastante rápidamente el término se despatrimonializa y son las izquierdas y los nacionalistas y/o separatistas los que lo utilizan para calificar a las derechas y los partidos de centro, incorporando asimismo el otro vocablo, es decir, el de “nazi”. Todo ello da lugar a una retroproyección de momentos históricos pretéritos, comparando lo que ocurrió entonces con hechos recientes (la toma del poder por los nazis a consecuencia de una victoria electoral o el redescubrimiento de las inquietantes marchas multitudinarias, bien diurnas, que recuerdan la “marcha sobre Roma” o nocturnas con antorchas, que evocan las de las SA) y conducen a disparates tales como el de haber calificado de fascista a Felipe González (también a Joan Manuel Serrat) o a calificar a la España actual como "Estado fascista”.


A Saló no le tiembla pluma y denuncia también la reinvención de la derecha con la aparición de derecha “anti establishment”, el sensacionalismo de la prensa, en especial la inglesa, las evidentes contradicciones de muchos partidos y personajes políticos, que un día afirman una cosa y al siguiente la contraria sin que se les mueva un músculo de la cara, y dedica especial atención al surgimiento de Vox y a sus consecuencias sobre otros partidos más o menos próximos en algunos aspectos a sus posiciones.


Saló ha conseguido hacer una obra divertida y desmitificadora, que pone en la picota a tirios y troyanos, cuya lectura resulta, sin duda, divertida, pero que, además, no deja indiferente a nadie porque invita a pensar tanto en la banalización de las palabras como en su uso incongruente, interesado y, por ende, torticero.

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