Salen a la luz nuevos documentos sobre la relación entre Hitler y Franco

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El 75º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial ha vuelto a suscitar interés por muchos temas referidos a aquella mortífera contienda. Uno de ellos, el del compromiso que pudo adquirir España para participar en el conflicto. Luis E. Togores ofrece una visión muy completa y en buena medida novedosa en su libro Franco frente a Hitler. La historia no contada de España durante la Segunda Guerra Mundial (La Esfera de los Libros) para el que ha pudo consultar archivos como los de la Fundación Nacional Francisco Franco o el del general Agustín Muñoz Grandes, con el consiguiente descubrimiento de algunos documentos que permanecían inéditos.


Libros Franco frente a Hitler


¿Quiso Franco entrar o no en la guerra? Hay que tener en cuenta por una parte el espectacular desarrollo de la contienda durante sus primeros tiempos y por otra, la natural simpatía para con Alemania como consecuencia de la ayuda que los nacionales recibieron durante la guerra civil. Franco “estaba dispuesto a preparar -dice Togores- sin prisa, pero sin pausa, la entrada de España, aunque pensaba retrasar todo lo razonablemente posible la declaración del estado de guerra con el incuestionable objetivo de sufrir los menos daños posibles y lograr los mayores beneficios al coste más bajo”.


Esta tentación tuvo su momento álgido entre junio y septiembre de 1940, pero se fue atenuando progresivamente. Cuando llegó a entrevista de Hendaya el 23 de octubre de ese mismo año ya sabía que los alemanes no podrían ocupar Gran Bretaña y se percató además de que Hitler no estaba dispuesto a conceder a España las reivindicaciones coloniales que le planteó para no enemistarse con la Francia de Vichy. En definitiva, Franco siempre tuvo una duda razonable sobre quién ganaría, aunque es cierto que “las primeras y apabullantes vitorias alemanas en los primeros momentos anularon momentáneamente su capacidad de crítica”. En todo caso, afirma Togores que “a finales de 1942 ya tenía claro que Alemania iba a perder la guerra”.


Otra cuestión debatida es la referida a la germanofilia del cuñado de Franco, algo que Togores no niega, aunque dice que “las simpatías del extremadamente orgulloso Serrano Súñer por el Tercer Reich se le pasaron viajando (a Alemania”) y que, en todo caso, fue “un colaborador estrecho que cumplía las órdenes del caudillo, aunque su egocentrismo llevó a Franco a retirarle su confianza”. Una vez defenestrado y en sus diferentes memorias se vengó del jefe del Estado atribuyéndole la obsesión por entrar en la guerra y se adjudicó a sí mismo el mérito de que no lo hiciera, algo que los documentos relativizan. En cuanto a la comparación de Serrano con su sucesor en Asuntos Exteriores, Jordana, considera que éste no fue menos germanófilo que el anterior.


¿Quiso Franco entrar o no en la guerra? Hay que tener en cuenta por una parte el espectacular desarrollo de la contienda durante sus primeros tiempos y por otra, la natural simpatía para con Alemania como consecuencia de la ayuda que los nacionales recibieron durante la guerra civil.


Togores trata de muchas otras cuestiones interesantes y acaso menos divulgadas. Así el comercio español con Alemania, que se reguló por el sistema de clearing en el convenio suscrito al efecto. Al principio, el saldo fue muy favorable a ésta por la ayuda que prestó durante la guerra civil, pero poco a poco la balanza se fue equilibrando en favor de España hasta convertirse en la verdadera acreedora del Tercer Reich. Se intentó que este saldo favorable se aplicase en un programa secreto llamado Bär de compra de material militar, pero Alemania tuvo problemas para cumplirlo porque lo necesitaba para ella misma, con el resultada de que los suministros pactados no llegaron nunca a entregarse en su totalidad. También trata de la emigración de trabajadores españoles al Reich apara contribuir a paliar la falta de mano de obra (llegó a haber seis millones de extranjeros, entre voluntarios y forzosos) y afirma que “fue siempre muy reducido” y que tuvieron problemas para repatriar sus sueldos.


Denuncia los manejos monárquicos para sustituir a Franco por Don Juan que, dice, “pudo ser un rey Quisling” porque “el pretendiente intentó hasta bien entrado el año 42 acercarse a los alemanes con la finalidad de sustituir a Franco a cambio de la entrada de los españoles en guerra junto a Alemania”. Y es que “a Juan de Borbón y sobre todo a sus más próximos colaboradores, sólo les importaba llegar al trono, sin que el medio o las consecuencias alterasen sus propósitos”. El principal agente de este juego fue Vegas Latapié, con Kindelán y Areilza, pero también Muñoz Grades estuvo “dispuesto a prestarse al juego”.


Hace, además, un análisis de las actitudes de los principales generales hacia uno u otro de los contendientes en la guerra y llega a la curiosa conclusión de que “el desprecio de los alemanes respecto a los españoles fue un factor determinante para el fracaso de los planes nazis sobre España”.

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