El periodista y sociólogo Juan María Calvo analiza el fracaso de la cooperación española en el único país hispanófono de África negra en “Guinea Ecuatorial: la ocasión perdida”

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La descolonización de las antiguas colonias africanas ha sido uno de los más lamentables fracasos de la política exterior española en el siglo XX y ello tanto en África ecuatorial (Guinea), como en la Occidental (Sáhara) En Guinea Ecuatorial todo fue una catarata de desatinos: el gobierno de Madrid se empeñó, siguiendo las recomendaciones de la ONU, en crear un estado unificado y artificial entre etnias que no tenían nada en común y permitir que se celebraran unas elecciones tan libres que las ganó un enfermo mental llamado Francisco Macías. Este antiguo funcionario colonial encumbrado en la jefatura del Estado persiguió con saña a toda persona con estudios e hizo retroceder al país a la época de las cavernas. A los diez años de dictadura feroz, fue depuesto por su pariente Teodoro Obiang, que trató de pasar página a tan siniestra etapa y recuperar la colaboración con la antigua metrópoli. Se abrió entonces una excelente oportunidad para España de recuperar su influencia en aquel lejano país, pero una serie de desaciertos lo hicieron inviable tal como relata el periodista y sociólogo Juan María Calvo Roy en “Guinea Ecuatorial: la ocasión perdida” (Sial/Casa de África).


Libros Guinea ecuatorial, la ocasiu00f3n perdida



Calvo sitúa al lector en los antecedentes históricos de la presencia española en el golfo de Guinea y le lleva hasta el momento en que Obiang, con otros compañeros suyos de milicia, hartos de la situación, dan un golpe de Estado el 3 de agosto de 1979, si bien el autor aclara que el protagonista de este hecho, por cierto, el último de su promoción en la Academia Militar de Zaragoza, “solo se decide a dar el golpe cuando ve su vida en peligro” y añade que “no se le pasó el miedo mientras no se consiguió cazar a Macías en la selva porque creían que tenía poderes sobrenaturales. Por si ello no fuera suficiente, recuerda que, en definitiva, todos los implicados en el operativo fueron de alguna manera cómplices de la sangrienta dictadura y partícipes de una u otra forma del clan de los esangui de Mongomo, un grupo de la etnia fang, mayoritaria en el país y predominante en la región continental.


Es cierto que Obiang se sentía vinculado con la antigua metrópoli y, pese a la resistencia de algunos mongomitas y militares que Macías había enviado a estudiar a la URSS y Corea del Norte, trató de asentar la situación con el apoyo de España, a lo que se mostró propicio el gobierno Suárez, que se apresuró a enviar apoyo y ayuda. Pero las reticencias del PSOE de que se creara una situación neocolonial y el temor de Suárez a enviar tropas españolas, tal como Obiang le había pedido para asegurar el nuevo régimen, hicieron que, desde el principio, las bases de la cooperación fueran precarias. Marruecos, quien no tuvo reparos en enviar hasta 400 militares para asegurar el poder de Obiang (por cierto, muy mal vistos por la población guineana, a la que rápidamente encolerizaron sus reiterados abusos), a cambio de la retirada del reconocimiento de Guinea a la RASD.


Lo cierto es que Obiang, que tuvo una excelente relación con el embajador Graullera enviado por Suárez, trató de implicar a España en la reconstrucción del país, pero por una parte el gobierno de Madrid se negó a respaldar la moneda local, el ekuele y por otra el de Malabo no quiso aceptar la presencia en los Ministerios de asesores ejecutivos españoles. Y aunque hubo una generosa inversión de medios, particularmente en educación y sanidad, lo cierto es que al final quien se llevó el gato al agua fue Francia que nunca había retirado su Embajada ni en los más duros momentos del régimen de Macías y que trató, y consiguió, incorporar al pequeño estado a su zona de influencia en África central a través de la UDEAC y de la imposición de la moneda respaldada por París, el franco CEFA. Las prospecciones petrolíferas de los fondos marinos iniciadas por España acabaron en manos de empresas francesas y norteamericanas.


Aun reconociendo los méritos de la cooperación española, Calvo no es benévolo con sus defectos. “Muchos funcionarios destinados en Guinea mantenían una actitud neocolonialista y un profundo desprecio por el negro” dice, para añadir que “excepto en contadísimas excepciones, los guineanos no se integraron en el proceso productivo y ni siquiera tuvieron papeles destacados en la cooperación… (y) de la cooperación en Guinea sacaron mucho más provecho los cooperantes y España en general que los guineanos y el país africano”. Critica la ceguera del ministro Morán y recuerda que, según Anasagasti fue el culpable de llevó a la colonia española a una situación de UVI.


En definitiva, “la cooperación fue una obra de improvisación voluntariosa más que una acción planificada”, por lo que “España al final se cansó, renunció a organizar el país y apostó por proyectos concretos”. La conclusión del autor es que “jamás se volverá a presentar la posibilidad de organizar la existencia de un país pequeño con recursos suficientes”. Un país, como decimos, tan curioso que la etnia bubi, mayoritaria en la isla de Fernando Poo/Bioko, votó en su día contra la independencia y la de Annobón siempre quiso -como recuerda Calvo Roy- seguir siendo española. El gobierno español, casi siempre cobarde, no fue capaz de hacer en Guinea lo que el de Francia en Comores con la isla de Mayotte….


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