jueves, 24 de septiembre de 2020

Hacer el ridículo en el tercer acto

Joaquín Roy

Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

Hace tiempo, repasaba la oferta de lecturas en internet, como descanso de la búsqueda de fuentes académicas para uno de esos artículos con que cumplir las reglas profesionales, impresionar a colegas y alumnos, y seguir escalando peldaños en la universidad. Topé primero con una entrevista y luego con el repaso raudo de un libro, cuyas ideas me han parecido sumamente útiles para resolver dilemas intelectuales. La entrevista era una rauda conversación entre una periodista novel y una veterana estrella del cinema: Jean Fonda.


Foto de archivo del rey emérito don Juan Carlos I en el acto conmemorativo del 40º aniversario de la Constitución de 1978, en el Congreso (Madrid/España) a 6 de diciembre de 2018.



Ni me he confesado un fan de la actriz norteamericana ni he reconocido a su padre más que como un escueto actor. Pero hace algún tiempo me atrajo la atención el matrimonio (tercero o cuarto) de Jean con el que sería el fundador de una pionera cadena de televisión, modelo nunca bien imitado: CNN, obra de Ted Turner. Con el paso de los años me he convertido en consumidor atrapado de ese invento noticioso, hasta el extremo de que ahora, en medio de la pandemia doble (la del virus y la propinada por Trump), no puedo prescindir de la cadena, aunque sea para evitar a la FOX trumpista.


En esa entrevista (ampliada en su libro, Prime Time) Jane Fonda proponía la vida como una serie de actos teatrales. La primera fase es la de formación, que se puede extender hasta la consolidación profesional y de vida familiar, la segunda etapa. Su propuesta es que la tercera etapa es como un tercer acto de teatro. La evolución de la vida es, en lugar de una curva que sube y luego desciende, es más bien como una escalera ascendiente. Es el tercer tramo o acto cuando se puede ser más productivo, a partir de los sesenta años o incluso después de la jubilación. Es precisamente en esa fase cuando uno ya no se puede permitir cometer los errores de las dos precedentes. En el tercer acto se puede hacer de todo, menos el ridículo.


El ridículo es lo que el rey emérito Juan Carlos I está cometiendo, después de una larga carrera dos actos precedentes en los que la historia le reconocerá pletóricos de logros personales y contribuciones políticas. En el primer acto, coincidiendo con su juventud y asentamiento personal, se concentró en cumplir con un guion dictado por la dura historia de la primera mitad del siglo XX español. El final de la monarquía de su abuelo Alfonso XIII, la Guerra Civil y la dictadura franquista le impusieron las reglas del juego que debía cumplir si quería que su familia regresara al trono, aunque fuera con el sacrificio encomiable de su padre Don Juan. El silencio de Juan Carlos cumpliendo todos los pasos es reconocido como base de los logros del segundo acto iniciado.


Gracias a la connivencia de los “juancarlistas”, que no monárquicos, la democracia se consolidó, culminando con la actuación el 23 F, de la que todavía no se ha demostrado su supuesto doble papel de cómplice y héroe. Lo cierto es que la historia pesó lo suyo en la toma de decisión de la familia: Constantino, el hermano de la Reina Sofía, había perdido el trono de Grecia por su apoyo a los militares. Alfonso XIII había firmado su defenestración retrasada al dejar el mando al general Primo de Rivera. Dejarse llevar por el general Armada, mientras Tejero apuntaba a los diputados equivalía a un harakiri.


Lo cierto es que ese segundo acto aparentemente impecable comenzó a dar señales de defectivo funcionamiento al tiempo que el ya establecido régimen democrático sufría las consecuencias de la renqueante alternancia entre los dos principales partidos. El Partido Socialista (significativamente el puntal fundamental de la monarquía juancarlista) parecía agotado tras la repetición del mandato de Felipe González. La llegada al poder de José María Aznar se vería seguida de una atribulada política exterior inclinada hacia Estados Unidos, afectado por la aventura de Irak.


El poder moderador de Juan Carlos sufrió falta de influencia en el cambio de siglo a causa de la crisis económica. En ese contexto, ya en pleno acto tercero del monarca, se vio cómo la conducta del monarca se tambaleaba. Su hija y yerno fueron acusados de corrupción, y la monarquía toda sufrió un juicio inédito. La boda de su hijo y el ascenso al trono como Felipe VI no consiguieron tapar los destrozos de la deteriorada conducta del padre. La cacería de Bostwana, en compañía de su compañera sentimental, derivó en la abdicación.


El descubrimiento del cobro y blanqueo de comisiones por la construcción del AVE a La Meca ha sido la gota que ha colmado el vaso y que ha culminado con la escapada hacia una innovadora variante del exilio. En su tercer acto, Juan Carlos I puede incluso perder el privilegio de ser rey emérito. Jane Fonda le recordará que en el tercer acto no se pueden tener libertades gratuitas que deriven en el ridículo. Como remedio urgente, con su hijo han adoptado la “distancia social” (no de un metro, sino de kilómetros). Juan Carlos deberá también ponerse la mascarilla para, además de protegerse de la pandemia y evitar contagiar a los españoles, ocultar su ahora desaparecida sonrisa. 


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