domingo, 25 de octubre de 2020

Más se perdió en Lisboa

Joaquín Roy

Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

El desastre del FC Barcelona, conocido como Barça, en los cuartos de final de la Liga de Campeones, que antaño se decía más apropiadamente la Copa de Europa, es de verdad un evento cataclismático, sin precedentes, con consecuencias que se predicen drásticas e hirientes. Muchos años después, replicando el comienzo de Cien años de soledad, frente, sino al pelotón de fusilamiento, el veredicto de la historia, lo condenará, sin absolverlo, a contra de Castro. Los futuros adeptos al Barça, al enfrentarse a las durezas de la vida, aduciendo que "más se perdió en ... no en Cuba ... sino en Lisboa".


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El final del Barcelona en la máxima competición europea tiene todas las características para ser no sólo el cierre de un capítulo de su recorrido deportivo, sino la conclusión de toda una época de un equipo liderado por Messi. El Barça de dos largas décadas, entrenado por técnicos que trataron de superar los esquemas antológicos de Johan Cruiff y Pep Guardiola, traspasó su estilo a la selección española que consiguió dos Eurocopas y un trofeo mundial. Esta estrategia estaba plasmada en la doctrina de Cruiff compuesta por las tres P: posición, posesión y presión. Ahora se predice que el nuevo estilo europeo está basado en la potencia física y la velocidad, adoptadas por el Bayern Múnich, que ha destrozado al Barça.


Lo que también puede quedar difuminado en el futuro Barça es un conjunto de señales de identidad que lo habían convertido en emblemático. El Barça ha sido el refugio de los foráneos que eligieron en diferente épocas anidar en Cataluña. Fue fundado a finales de siglo XIX por un puñado de alemanes e ingleses, liderados por el suizo Hans Gamper. Se presentaba con un nombre que no cuadraba con las reglas académicas: Football Club Barcelona, que sólo el franquismo consiguió por la fuerza españolizar en Club de Fútbol Barcelona.


Este insertado externo en la Barcelona de entonces, que ya había sobrepasado sus límites medievales con la cuadrícula del Plan Cerdà, enviaba un mensaje global que recibió la respuesta "nacional" de un sector que se hizo llamar Club Deportivo Español, después aderezado como Real. Así nacería una rivalidad generalmente resuelta en favor del Barça, que no escondería sus inclinaciones foráneas.


Como muestra, sus "culés", en un partido amistoso de 1925 abuchearon la Marcha Real española, himno nacional, y aplaudieron el God Save the King, interpretada por una banda de la Marina inglesa que había recalado en el puerto de Barcelona . Este capricho le costaría al Barcelona cinco años de clausura decretada por el General Primo de Rivera, hombre fuerte de Alfonso XIII. Aturdido por deudas económicas, Gamper se vio obligado a exiliarse ya su regreso su salud se deterioró hasta el extremo que se suicidó.


La política continuó entrelazada con la vida de club, y al principio de la Guerra Civil, con Cataluña aliada en el bando republicano, uno de sus presidentes, Josep Sunyol, del partido independentista ERC, fue fusilado por las tropas de Franco. Al terminar el conflicto, un grupo de sus jugadores, que se habían trasladado a América Latina en busca de ingresos que se habían evaporado durante la guerra, optaron por el exilio y su regreso fue prohibido por Franco. Aunque el Barça consiguió recuperarse y ganar varias competiciones nacionales, gracias en parte por el liderazgo del húngaro Kubala, sólo bajo la dirección del "Dream Team" de Cruiff consiguió capturar la ansiada primera Copa de Europa en 1992 en Wembley con el gol de Koeman.


De acuerdo con el renacimiento de la democracia, el Barça construyó una imagen nacionalista, aunque no independentista, ya que la mayoría de su masa era socialmente conservadora en sus sectores altos, y moderadamente izquierdista en sus bases. Algunos presidentes contribuyeron a reclamar que el Barça superaba unos límites deportivos. Narcís de Carreras forjó un eslogan emblemático: "El Barça és més que un club". Su camiseta incorporó la bandera catalana en su cuello y espalda. Su capitán, posición a la que Messi fue elevado, llevaba, además del brazalete reglamentario, otro con la "senyera".


La lenta transformación del nacionalismo catalán en independentismo, que aumentó los porcentajes de votos radicales a casi la mitad del electorado, coincidió con la elevación del Barça en las alturas del fútbol europeo, sin llegar a contaminar peligrosamente la imagen colectiva del club. El estilo internacional se reforzó por la incorporación de jóvenes productos de La Masía, la escuela de jugadores. Los inmigrantes hispanohablantes usaban el apoyo al Barça como remedio de la siempre difícil integración. Incluso fuera de las fronteras españolas, el Barça era reconocido como un producto más de la globalización.


Pero después de la salida de Guardiola varios presidentes, mal recomendados por las estrellas, insertaron una docena larga de jugadores de difícil encaje (como Neymar, Coutinho y Griezmann) y otros con contratos económicamente injustificables. Simultáneamente, los jóvenes de La Masia no lograban insertarse en el equipo. Sólo Sergi Roberto había llegado a la selección española, en contraste con los siete titulares barcelonistas que ganaron el Mundial de Sudáfrica.


Los escasos títulos nacionales y la inasequible Champions League no hacían más que maquillar el vacío triunfante de antes. Los mosqueteros que antaño habían forjado la supremacía de Messi habían envejecido. Se olía el declive. Fracasos futuros se relativiza con un reconfortante suspiro de "más se perdió en Lisboa".

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